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Relato: Viejos Conocidos


 


Relato: Viejos Conocidos

  

VIEJOS CONOCIDOS



N. del A.: Este relato sucede en Marán, un mundo medieval
ficticio en el que también se sitúan los cuentos "El Príncipe y el Caballero",
"El Duelo", "Espadas, Traiciones y Vampiros (I y
II)", "Espejo, Espejito",
"Encuentros Húmedos" y "La Caída de Marán (I y
II)". Bueno, sí, ya sé que son
muchos, pero recomiendo leer antes estos relatos para una mejor comprensión de
la historia.


 


I. SUEÑOS



Érase una vez un reino muy grande y próspero, hace varios
cientos de años. Los bosques surcaban su superficie, salpicada ocasionalmente
con algún pequeño lago. La neblina cubría los árboles milenarios que rodeaban
las casas de madera, a los pies del antiguo castillo de piedra. Sus gentes eran
menesterosas y humildes, dedicadas principalmente a la agricultura, y querían y
apreciaban a su Rey, una persona justa y bondadosa, que reinaba sabiamente sobre
todos sus súbditos.


Pero sucedió que una entidad oscura se cernió sobre el reino.
Un hombre de gélida apariencia que decía descender de la estirpe real reclamó el
trono, alegando que le había pertenecido en el pasado y que era justo que
retornase a sus manos. El lenguaje de las amenazas dio paso al lenguaje de las
espadas y los ejércitos entrechocaron sus armas en el campo de batalla, y la
sangre se derramó y cubrió la tierra, como tantas otras veces ha sucedido y como
tantas otras veces sucederá hasta el final de los tiempos.


Pero el lóbrego ser, a pesar de contar con una inmensa hueste
de mercenarios, se vio derrotado por el ejército de caballeros de aquel valiente
reino. Juró venganza y el reino se vio diezmado por una misteriosa plaga que
provocó que la gente enfermase y muriera. Las calles se atestaron de pálidos
cadáveres sin sangre en sus venas, demasiado numerosos para ser enterrados, y se
decía que por las noches se alzaban para visitar a sus semejantes y reclamar su
preciosa esencia.


Pues, como es sabido, la sangre es la vida.


Pero cinco de los caballeros más valientes del Rey se
adentraron en la guarida del ser. Nada se sabe de lo que allí sucedió, puesto
que cuando los dos únicos supervivientes regresaron al castillo se negaron a
hablar de lo ocurrido. Se dice que, horrorizados por lo que contemplaron, esos
hombres fundaron una sociedad secreta para acabar con las amenazas
sobrenaturales que se cernían sobre los humanos. Se denominaron a sí mismo los
Cazadores.


La enfermedad consuntiva que devastaba el reino cesó, mas se
rumoreó que el ser oscuro sobrevivió y logró huir, jurando que, no importaba
cuanto tiempo transcurriese, volvería a sentarse sobre el trono. El trono de
Marán...



Los últimos rayos del sol sucumbieron hasta desvanecerse,
mientras Lord Ythil percibía cómo le abandonaba el letargo que atenazaba sus
miembros. Se levantó temblorosamente, mientras sus rígidos tendones chillaban de
dolor, luchando por no quebrarse en mil pedazos. Presa le aguardaba, sosteniendo
las ropas de su maestro.


-¿Pesadillas, mi señor?


-No, Presa. Recuerdos. –Lord Ythil permaneció pensativo
durante unos instantes antes de comenzar a vestirse. –¿Alguna novedad en el
norte?


-Lo usual, mi señor. Los froslines siguen reagrupándose, pero
se desconoce si pretenden avanzar sobre Marán o proteger sus fronteras.


-No nos arriesgaremos. He tardado más de cinco siglos en
acceder al trono y no voy a tolerar que unos infraseres lo echen todo a perder.
Les aplastaremos. ¿Algo más?


-Mi señor...


-Habla, Presa.


-Magda ha vuelto a escaparse.


-Condenada chiquilla rebelde... En fin, no debemos
preocuparnos. En cuanto pruebe la sangre humana, será una de los nuestros, en
cuerpo y alma. No la busques, Presa. Ella misma vendrá a mí en cuanto acepte en
lo que se ha convertido.


II. CALLEJONES


Los dos ladrones derribaron de una zancadilla al muchacho,
tras una corta persecución. Los callejones de la ciudad de Risga eran oscuros y
estaban completamente desiertos. Siri se maldijo a sí mismo por internarse en
los barrios bajos sin la protección de los siervos de su padre. La aventura que
buscaba podía truncarse en algo muy desagradable. Intentando contener las
lágrimas y con el mayor aplomo que pudo mostrar en su voz, Siri espetó a los
matones:


-¡Basta! Dejadme en paz o si no...


-¿O si no qué? –Respondió uno de los malhechores con voz
burlona.


-Mi padre... Mi padre es el conde de esta región. Si me
hacéis algo, os...


-Fiuuu... ¿Has oído eso, Sileno? Creo que hemos topado con
una buena pieza.


-Eso parece. Ya me parecía que sus ropajes eran demasiado
caros. ¿Cuánto crees que podremos sacar a su viejo por este pendejo?


-Yo que vosotros le soltaría ahora mismo.


Los dos delincuentes se giraron a la vez hacia la persona que
acababa de hablar. Era un hombre que sostenía los arreos de un agotado caballo.
Sus ropas eran resistentes y estaban muy desgastadas, como si hubiesen sido
sometidas a un largo viaje. Su rostro podría haber sido bastante atractivo de no
ser por su sucio cabello, que caía descuidadamente por sus hombros y una
desatendida barba de semanas que cubría su rostro. No estaba armado.


Los dos bandidos, curtidos en muchas disputas callejeras,
observaron los profundos ojos de aquel hombre y retrocedieron lentamente, sin
dejar de observarle. Su mirada indicaba que era un tipo peligroso y que era más
prudente evitar el enfrentamiento. En cuanto doblaron la esquina, pusieron pies
en polvorosa.


El recién llegado tendió una mano al muchacho, para ayudarle
a incorporarse. Siri dudó antes de aceptarla.


-Así que eres el hijo de Darten. Sí. Tienes un cierto
parecido.


-¿Conocéis a mi padre? –Había un tono de incredulidad en la
voz del chico. Aquel hombre parecía un vagabundo.


-Fuimos muy amigos hace ya muchos años, cuando ambos fuimos
caballeros de Marán.


-¿Vos un caballero? –Siri quedó boquiabierto.


-Las apariencias engañan, chaval. –El hombre revolvió
amistosamente el cabello del joven. –Y bien, si fueras tan amable de llevarme
hasta él, te estaría enormemente agradecido.


-Ehhh, yo... Sí, claro. Después de todo me habéis salvado la
vida. Mi nombre es Siri, bueno, Siriaco, pero nadie me llama así, excepto mi
padre. ¿Vos sois...?


-Oicán es mi nombre.


III. REENCUENTROS


Siri había observado en un discreto segundo plano el
reencuentro entre el desconocido y el conde Darten, su padre, una vez que
llegaron hasta la mansión. Por un momento pensó que su progenitor le propinaría
una soberana paliza por haberse escapado de su casa y haberse puesto en peligro,
pero se sorprendió cuando su padre le abrazó, casi llorando. Le había estado
buscando todo el día y estaba muerto de miedo por él. Después se giró hacia el
hombre que le acompañaba. El muchacho no llegó a narrar cómo le había salvado de
aquellos matones. Antes de eso, ambos hombres se fundieron en un efusivo abrazo.
Después se habían encerrado en la habitación de los baños. Siri pensó que aquel
desconocido llamado Oicán necesitaba urgentemente asearse y su progenitor
escuchar su historia.


El muchacho no era un fisgón, pero no pudo evitar pegar la
oreja a la pared cercana. El muro era bastante grueso, pero pudo escuchar
retazos de la conversación. Por lo que pudo entender, aquel caballero había sido
desterrado del reino, por razones que Siri no llegó a escuchar, y según parece
debía llegar hasta la capital para librar al reino de una oscura amenaza que el
chico tampoco pudo dilucidar. Su padre no dudó en invitarle a la cena de aquella
noche, a pesar de contar con la presencia de unos enviados del rey. Oicán
insistió en partir inmediatamente. Su presencia allí, dado que todavía seguía
desterrado, podría poner al conde en un apuro, pero Darten insistió en que
permaneciese allí. Era su huésped y ni siquiera el rey podría decirle a quién
debía hospitalidad y a quién no.


Cuando Oicán salió de los baños, al cabo de una hora, casi
tropezó con Siri, quien no pudo evitar quedar boquiabierto ante la espléndida
figura del hombre. Tras el reparador baño, parecía otra persona completamente
distinta. Su pelo estaba limpio, a diferencia de la primera vez que le vio, y
caía lacio y brillante hasta sus hombros, y su barba, cuidadosamente cortada. Su
cuerpo era recio y atlético, como un arma preparada y a punto para ser
utilizada.


-Uauh. Estáis mucho mejor... Es decir, yo... –Siri se
ruborizó. Sin duda estaba quedando como un perfecto idiota. –Quiero decir... yo
quería agradeceros... que me salvaseis... señor.


Oicán sonrió. –Tranquilo, chico. No me trates como a un señor
feudal. Fue un verdadero placer ayudarte.


Los ojos del muchacho se hallaban clavados en el pecho del
hombre. Su corto vello no podía esconder una espeluznante cicatriz que cruzaba
su musculoso torso. Oicán se cubrió rápidamente con la camisola. Asimismo, y sin
la espesa barba, era perfectamente visible otra cicatriz en su mejilla. Siri
desvió la mirada, nervioso. A pesar de que ese hombre le había salvado la vida,
el muchacho tuvo miedo de él. –Señor, mi padre me envía para acompañaros al
salón. La cena está a punto de empezar. Errr... Señor...


Oicán se dio la vuelta cuando disponía a marcharse. -¿Sí,
Siri?


-Si no hubiesen huido... Esos asaltantes, quiero decir... Si
os hubiesen hecho frente... ¿Los hubieseis...?


-Sí.


 


La comida iba a ser bastante frugal, debido a los rigores de
la guerra. En la sala se hallaban el conde y otros dos comensales pero el
semblante de Oicán quedó petrificado cuando reconoció a uno de ellos. Vestía un
ajustado jubón oscuro, como los utilizados por los soldados de enlace de Marán.
Su cabello era bermejo y su rostro sonreía maliciosamente, indicando que él
también le había reconocido.


-Así que los rumores que os situaban por esta zona eran
ciertos, caballero.


Oicán frunció el ceño hoscamente, mientras el conde Darnet se
dirigía a él enarcando una ceja.


-Iba a presentaros a Derro, mensajero de su majestad
Leopoldo, pero parece que ya os conocíais.


-Sí, ya he tenido el... "placer" de conocer a... "Derro".
¿Ahora sois mensajero del rey, Presa? Cuando os conocí no erais más que un
vulgar ladrón al servicio de un monstruo.


Presa rió con humor. –Oh, vamos, insultamos a nuestro amable
anfitrión con pasadas rencillas. Os propongo una tregua, Oicán. Después de todo,
ahora tenemos un enemigo común: los froslines. Las antiguas desavenencias no son
sino agua pasada...


-¡¿Desavenencias?! ¡¿Rencillas?! ¿Así llamas a lo que ese
asesino de Ythil hizo a...?


Presa dejó de sonreír mientras entornaba los ojos. Oicán se
mordió la lengua. Estaba en un terreno peligroso. Nominalmente estaba desterrado
de Marán. Su sola presencia allí podría costarle la vida. A regañadientes, el
caballero se sentó en la mesa.


-De acuerdo, Presa. Paz... por el momento.


-Me hubiera gustado quedarme más tiempo, pero el deber me
reclama. Tomad el mensaje del que os hablé, mi señor conde. –"Derro" tendió un
sobre lacrado con el sello de la casa real a Darnet antes de incorporarse.


-¿No os quedáis a la cena?


-Sois muy amable, mi señor, pero mi presencia es solicitada
en palacio. Ha sido un placer. Volveremos a vernos. –Pronunció esas palabras
mientras fijaba su mirada en Oicán. A continuación abandonó la estancia.


Darnet desenrolló el pergamino y lo leyó en silencio. Su
rostro se ensombreció.


-Son malas noticias. El rey me conmina a reunir a toda la
guarnición de la zona, reclutar una leva y acudir a la capital para engrosar el
ejército. Todo indica que va a iniciarse en breve una campaña contra los
froslines.


-Excelente. –Dijo el joven que había permanecido de pie junto
al conde desde el principio. Era rubio, de ojos verdes, y tenía el cabello muy
corto. Su rostro era agradable, aunque sumido en un permanente aire melancólico.
Vestía ropas marciales y la espada en su cinto indicó a Oicán que se encontraba
ante otro caballero de la Orden. Darnet le presentó a Oicán.


-El caballero a mi derecha es Oswick. Ha solicitado estancia
en mi morada por esta noche antes de proseguir su camino a Marán. Creo que
conocisteis a su hermano. Se llamaba Tálmer.


Oicán estrechó la mano del otro caballero. Era fuerte.


-Encantado, caballero Oswick. Tuve el honor de combatir junto
a vuestro hermano en más de una ocasión. Era un hombre muy valiente. Lamento su
muerte en la batalla del Norte.


Darnet habló. –Debió ser sin duda una enfrentamiento
terrible.


-Así es, señor. Pero es un tema del que me gustaría no
hablar.


Oicán intuyó el motivo. Había escuchado rumores sobre el
acontecimiento y ser uno de los escasos supervivientes significaba haber huido
del combate, uno de los actos más vergonzosos para un caballero. Darnet habló en
tono conciliador.


-Tranquilizaos, caballero. Nadie os echa nada en cara. El
propio rey fue uno de los supervivientes. No tenéis nada de que avergonzaros.


-Fue algo horrible. Esos bárbaros se nos echaban encima por
todas partes. Que los dioses me perdonen, pero lo único que pude hacer fue
arrojar al suelo mi escudo y huir. Sólo en el último momento me di cuenta de lo
que estaba haciendo y regresé para ayudar a mis compañeros y a mi hermano, pero
ya era demasiado tarde. La lucha había terminado. Me deslicé entre los arbustos
nevados y pude contemplar una escena dantesca. La reina de los froslines, esa
bruja llamada Nereia, decapitó despiadadamente a mi hermano indefenso. No lo
olvidaré mientras viva. Fue en ese momento cuando juré por el alma de mi hermano
que mataría a esa mujer o moriría en el intento.


-Un loable cometido, Sir Oswick, pero demasiado peligroso. Si
por mi fuese dejaríamos que los froslines se pudriesen en sus tundras y sus
páramos. No entiendo por qué tuvimos que invadir sus baldías tierras hace ya
tantos siglos.


-Yo pensaba como vos antes de la batalla, mi señor Darnet,
pero, y con todo el debido respeto, no os hallabais en ese infierno y no sabéis
a qué nos enfrentamos. Los froslines no son sino demonios dementes. No toman
prisioneros. Su ley es matar o morir. Si no tomamos medidas severas, será
nuestro fin.


-¿Acaso sugerís acabar con ellos? ¿Exterminarles a todos?
–Intervino Oicán.


-No negaré que me gustaría, pero no será necesario. Además, y
visto cómo combatieron hace unos meses, no estoy totalmente seguro de nuestra
victoria. Son unos fanáticos muy peligrosos. No obstante, tienen un punto débil:
su monarca. Si acabásemos con él, en este caso, con Nereia, las tribus se
dispersarían y dejarían de ser una amenaza. Los froslines son unos seres
volubles e inconstantes. Consiguieron su victoria al permanecer unidos contra
los caballeros. La caída de su líder significará que muchos de sus clanes y
tribus, desprovistos de liderazgo, se separarían de la horda.


-¿Pretendéis presentaros delante de ella y retarla a un
duelo?


-No. Podría vencerme, a pesar de tratarse de una mujer. Debo
asegurarme de acabar con ella. La promesa a mi hermano fue terminar con su
asesina por cualquier método. Acabar con esa bestia sedienta de sangre nos
proporcionará la victoria, y ahorrará muchas vidas, tanto humanas como
froslines. ¿No estáis de acuerdo?


-Esa reina, Nereia, puede ser un adversario temible.
Seguramente estaríamos mejor sin ella, pero no apruebo vuestros métodos.


-¿Y nuestro honor? Los froslines exterminaron todo un
ejército de caballería, en el cual se hallaban numerosos compañeros nuestros,
incluido mi hermano Tálmer. Debemos hacer todo lo posible para hacérselo pagar
caro a esos salvajes. ¿Acaso estáis sugiriendo no hacer nada?


-No, pero reunir un ejército para aniquilarles no es la
solución. Estamos dejando desprotegida Marán. Los elfos parecen estar tranquilos
por el momento, pero en cualquier momento puede estallar una revuelta. Otros
reinos, como Tholia, podrían aprovechar nuestra repentina debilidad para
invadirnos. Por ahora los froslines no han cruzado la frontera. Deberíamos
esperar hasta ver sus intenciones, no enviar ejército tras ejército inútilmente.


-Exacto, y ahí es donde intervendré yo. Suponed que Nereia
amanece con un puñal en su pecho. La guerra terminaría antes de empezar. Me
gustaría contar con vuestra colaboración.


-Lo siento pero no pienso que el fin justifique los medios.


-Sois un estúpido moralista. Olvidáis quiénes son los buenos
y quiénes los malos.


-¿Los buenos? Supongo que si le preguntaseis a Nereia no
estaría de acuerdo en que los caballeros seamos "los buenos".


Oswick contempló con desprecio a Oicán. –Veo que la vida de
mi hermano así como la de tantos otros no significan nada para vos. No sabéis...
No sabéis...


La voz de Oswick se quebró. Una lágrima caía por su mejilla.
Continuó con voz ronca. –No sabéis el infierno en que he vivido desde entonces.
Muchas noches tengo pesadillas. Vuelvo a verme huyendo, mientras mi hermano me
pide ayuda desesperadamente. Tiendo mi mano hacia él, pero antes de alcanzarle,
su cabeza vuela por los aires, mientras ese demonio con forma de mujer le
decapita de un solo tajo. La cabeza cercenada de mi hermano fija sus ojos en mí
de un modo horrible y entonces dice una sola palabra. "Cobarde".


Oicán permaneció en silencio. Por un momento quiso abrazar a
aquel joven desconsolado y reconfortarle. Decirle que permanecer al lado de
Tálmer sólo hubiese supuesto su propia muerte. Decirle que él también había
perdido en esa batalla a una de las personas más queridas en su vida: Magda, la
chica que fue su escudera y confidente. Decirle a Oswick que su amado Tagor
murió decapitado por un monstruo delante suya sin poder evitarlo y que
comprendía su dolor.


-Escuchadme, Oswick. Esta guerra empezó con la muerte de
Feros, que se convirtió en un mártir para su gente. La sangre sólo conduce a más
derramamiento de sangre. Desistid de vuestra venganza. ¿Quién sabe lo que la
muerte de la rein...?


-¡Basta! Acabaré con Nereia sin vuestra ayuda. Estoy harto de
esta cháchara sin sentido. Disculpadme, conde, pero debo partir hacia Marán sin
perder un segundo.


El caballero abandonó la estancia presurosamente. Oicán y
Dartner quedaron solos, de pie frente a la mesa. El caballero miró con pesar al
conde.


-Lamento haberte estropeado la cena, viejo amigo.


-Bueno, la verdad es que casi lo prefiero. No había
suficiente comida para todos.


Oicán sonrió mientras se sentaba y contempló la copa de vino
ante él con nerviosismo. Con vacilación dio un largo trago. La voz de Dartner le
sobresaltó.


-¿Sabes? Puede que no le falte razón. Nereia es una asesina
brutal y despiadada. Acabó con todos los prisioneros de la batalla sin el menor
atisbo de compasión.


-La costumbre entre los froslines de sacrificar a los
prisioneros surgió mucho antes de que ella naciera. No creo que esa mujer sea
más terrible de lo que fue Feros.


La voz de Dartner adquirió ese tono de voz paternalista que
tanto conocía Oicán. –¿Sabes, Oicán? Te has vuelto demasiado blando. ¿Qué ha
sido de ese escudero que me acompañaba a todas partes ávido de emociones, de
batallas que librar y de honor y gloria?


Oicán sonrió sin humor. –Quizás ya ha tenido demasiadas
emociones y batallas y nada de honor ni gloria. Brindo por ello.


IV. APOSENTOS


Oicán despertó en cuanto escuchó el sonido. Distinguió una
silueta recortada contra el quicio de la ventana, con la luna a sus espaldas y
se maldijo por no hallarse armado. Con un rápido movimiento se incorporó y
agarró uno de los brazos del intruso, doblándolo sobre su espalda para
inmovilizarle. Por fin pudo ver el rostro de éste, levemente iluminado por la
luna.


-¿Intentando deslizarte en silencio para cortarme la
garganta, Presa?


-Creo que en una ocasión ya te dije que no era un asesino,
Oicán. Por cierto, me encanta cómo me doblas el brazo.


Oicán fue súbitamente consciente de la desnudez de su
antagonista. Sin duda, Presa había llegado hasta su habitación transformado en
perro, como le había visto hacerlo hacía ya tanto tiempo. Sin poder evitarlo, el
pene del caballero latió con vida propia y se endureció, aprisionado contra las
nalgas de su adversario. Oicán soltó al cambiante y le observó con dureza.


-¿Qué haces aquí? Déjame adivinarlo, vienes a darme algún
mensaje de tu señor.


-La verdad es que no. He venido porque aquella vez que nos
acostamos hace ya unos años me supo a poco...


Presa sujetó a Oicán por la nuca y le atrajo hacia sí. Sus
labios se juntaron en un húmedo beso.


-...Muy poco...


El caballero inició un amago de resistencia mientras el
cambiaformas le empujaba hacia la cama.


-Espera, Presa... No sé si es buena idea...


-Si tú quieres, me detendré. –Susurró el cambiante mientras
besaba lentamente el pecho de Oicán. Con una de sus manos, mientras, acarició la
entrepierna del caballero. Su verga, agradecida por la atención, se irguió en
toda su extensión. Oicán no pudo evitar gemir.


-No... No te detengas...


Presa sonrió, como un niño travieso que se ha salido con la
suya. Continuó besando el pecho del caballero y mordisqueó las tetillas, hasta
que descubrió la gran cicatriz que surcaba su torso. Oicán se sorprendió durante
un momento de la aguda visión del cambiante, que la había percibido a pesar de
la poca luz. Sin detenerse, siguió su recorrido con su lengua, hasta toparse con
otra algo menor. El cambiante sonrió con sorna.


-Vaya... Desde luego, estás hecho una pena... Menos mal que
no te han herido en cierto sitio...


Liberando la verga de sus ropajes, Presa la engulló con
avidez. Oicán gimió cuando sintió el calor de boca y garganta sobre su grueso
miembro. Así continuaron durante algunos minutos, hasta que llegó un momento en
que Oicán no aguantó más. Empujó suavemente a Presa, obligándole a que dejase de
mamar su verga y le tumbó bocabajo sobre el camastro. Con ambas manos elevó sus
nalgas y las observó a pesar de la poca visibilidad. Eran tan perfectas... Poco
velludas pero muy masculinas. Se las abrió con delicadeza, descubriendo su
orificio. Oicán se detuvo para acariciar las anchas espaldas de Presa, quién
tembló de anticipada excitación. Manteniendo separadas las nalgas, colocó su
glande sobre el ano del cambiante. Oicán, sin poder contemplarlo, se imaginó
cómo su culo tragaba con avidez su recio miembro.


El caballero intentó reprimir sus jadeos, para no despertar a
nadie en la mansión de Dartner, pero no pudo evitar gemir demasiado alto cuando
eyaculó en el interior de su amante. Sin salir de él, mordisqueó su oreja,
siendo recompensado con un gemido de placer. "Ahora te toca a ti" Susurró Oicán
en su oído y se agachó a ciegas hasta la cintura de Presa, dándole la vuelta
hasta quedar enfrente suyo. Sus labios se cerraron sobre su verga y comenzó a
lamer y dar pequeños mordiscos durante varios minutos. A su vez, el cambiaformas
tanteó por la espalda del caballero, bajando su mano sinuosamente hasta
encontrar las nalgas y localizar con exactitud su esfínter. Un dedo lo penetró e
inició unos movimientos circulares. No pudo evitar gemir, pero continuó con su
labor sobre el pene que se erguía ante él.


Oicán estalló.


Su gemido reverberó en mil ecos en las paredes de la
estancia, ajeno al peligro de ser descubiertos. Apenas fue consciente de la
repentina humedad en su boca cuando el cambiante alcanzó el orgasmo. El
caballero palpó la calidez lechosa en su rostro y labios antes de tumbarse al
lado de su amatorio contendiente.


Durante varios minutos sólo se escucharon las respiraciones
de las dos hombres, hasta que Presa rompió el silencio.


-No puedo convencerte para que no intentes matar a Lord
Ythil, ¿verdad?


-No. Tu señor es un monstruo. Es un virus, una gigantesca
sanguijuela que no dudará en alimentarse de Marán y de su gente, como una
enfermedad, hasta dejarlo completamente yermo. Mató al rey Pontus y a Tagor para
logrear sus objetivos. Mientras Ythil exista, nadie descansará tranquilo.


Presa bufó, enfadado, apartando el brazo con el que Oicán le
rodeaba.


-Crees que quiero preservar a mi señor, pero realmente es a
ti a quien intento proteger. Ythil te matará en un parpadeo si te enfrentas a
él. Debes abandonar tus pueriles deseos de venganza. Se avecinan tiempos
terribles para Marán. La gente de las nieves han formado en el norte una horda
casi imparable, liderada por esa salvaje, Nereia. En breve se dirigirá contra
Marán, arrasándolo todo a su paso si nadie lo evita.


-¿Y qué tiene que ver Ythil en todo esto? Leopoldo, nuestro
rey, se encargará de detenerla.


Presa calló durante unos instantes, como si dudase de
proseguir. –No, Oicán. Leopoldo murió en la batalla del Norte. Quien gobierna
ahora es Lord Ythil, suplantándole.


Oicán enmudeció. –No puede ser... No es posible...


-Sí que lo es. Si lograses, por una remota posibilidad,
acabar con él, abocarías al reino a la anarquía. Nadie podría enfrentarse a los
froslines. Mal que te pese, sólo Ythil puede salvar a Marán. Te hago una oferta:
Únete a nosotros. Juntos podemos vencer.


-¡No! ¡Me niego a aceptarlo! Estos años viajé por el mundo,
antes de acabar en Tolia como mercenario. Puede comprobar lo que otras
sanguijuelas provocaron a reinos prósperos. Primero fueron sacudidos por
terribles enfermedades consuntivas, después la gente comenzó a morir como
chinches, y la muerte y la desolación se propagó a los reinos vecinos, como
letales epidemias. ¿Ythil un salvador? ¿Sabes lo que hizo con los habitantes de
las Cinco Ciudades, aquellos que provocaron su humillación y caída hace ya cinco
siglos? Fueron barridos del mapa de un plumazo, empalados sin piedad, hasta
morir, todos, hasta la última mujer y el último niño, sin discriminación. ¿Un
salvador? Mientras siga con su parodia de vida, estaremos condenados.


-Estúpido loco. Mi señor te matará como si fueses una
hormiga, y yo no podré evitarlo.


Presa se incorporó del lecho, mientras se dirigía hacia la
puerta. Oicán le contempló en las tinieblas de la habitación. La luz de la luna
iluminaba fantasmagóricamente su desnudo contorno. El caballero suspiró.


-¿Por qué le apoyas? Es un ser maligno.


-Puede ser que Ythil sea maligno. Pero le debo todo. Salvó mi
vida cuando no era sino un cachorro, perdido en las calles del vecino reino de
Tolia. ¿Sabías que no nací humano? Sí, sí... No me mires así. Fui el cuarto
cachorro de una camada. No todos los cambiaformas nacen de humanos. Al principio
no me di cuenta de ser diferente. Pensaba simplemente que mis hermanos eran más
estúpidos que yo. Pero pronto lo percibí. No era un perro normal, aunque todavía
no supiese lo que es un cambiante. Abandoné a los míos y me convertí en un perro
callejero de Tal, la capital de Tolia. Estaba próximo a morir de hambre, cuando
una noche, un ser extraño se detuvo ante mí. Ambos notamos que cada uno nos
hallábamos frente a una criatura sobrenatural. Me recogió y me cuidó. Me enseñó
cómo cambiar a forma humana y a híbrido. Sí. Creo que le amo. Me sujetaba y
consolaba mientras gritaba, sintiendo cómo cada hueso de mi cuerpo parecía
romperse y rasgarme la carne, mientras se asentaba en su nueva posición. Mi
señor me comentó una vez que si yo no sintiese placer con el dolor, habría
perdido la razón en la primera transformación. Quizás esté ya loco. Quizás todos
lo estemos. ¿Tú qué crees?


El caballero guardó silencio.


-Lo siento, Oicán. Piensa en mis palabras. Si acabases con
Lord Ythil, condenarías a muerte a Marán. Y también tendrías que acabar conmigo,
porque intentaré impedírtelo por todos los medios.


Presa abandonó la estancia, sin molestarse en vestirse. Oicán
admiró por última vez la espléndida figura de su enemigo y sintió un sombrío
pesar. No supo si fue su imaginación, pero le pareció escuchar chasquidos de
hueso, anunciando cómo el cambiante revertía a su forma lupina. El caballero
quedó sumido en un mar de dudas. Hacía unas horas él mismo había intentado
convencer a Oswick, el joven caballero, para que no intentase asesinar a Nereia,
y ahora, Presa había hecho lo mismo con él. Con escasos resultados en ambos
casos. Sin ninguna duda, los dioses reían divertidos contemplándolo todo desde
los cielos.


V. HAMBRE


Magda se llevó las manos al estómago. Estaba famélica. La
noche anterior había matado un gamo, pero su esencia apenas la había saciado.
Una voz oscura en su interior la decía que la sangre de una persona calmaría la
insoportable sed. Pero no podía. Sencillamente, no podía.


Maldita conciencia. Si quería sobrevivir, debía
desembarazarse de sus antiguos moralismos. Pero no era tan fácil. Jamás había
matado a nadie, ni siquiera en combate. La vocecilla en su interior susurraba en
un tono muy bajito: "No te preocupes. Tan sólo cédeme el control. Sólo será un
segundo. Y después serás tan feliz...". Se obligó a pensar en otra cosa.


Fue entonces cuando divisó la granja. Las sucesivas guerras
habían obligado a los distintos ejércitos a requisar los animales, pero aún así
puede que todavía quedase algún cerdo o una vaca. Magda se encasquetó más su
capucha y avanzó con paso decidido. Olió sin dificultad la esencia de dos
personas. Dos varones jóvenes.


La que una vez fue caballero de Marán se dirigió al granero.
El olor se hacía más fuerte allí. Detectó matices de sudor, semen y sexo. Sus
ojos le confirmaron lo que su olfato le había anunciado. Entró con precaución y,
subiendo una escalera de mano, pudo distinguir a una joven pareja desnuda que
hacía el amor en la parte superior del granero. Se acercó con cuidado, mientras
sentía su inexistente pulso latir. Eran dos muchachos que sin duda habían
aprovechado la relativa intimidad del granero para abandonarse al placer.
¿Cuánto hacía desde la última vez que había mantenido sexo? Intentó quitarse de
la cabeza la imagen de Oicán. Nunca pudo sentir sus caricias sobre ella, ni
decirle que le amaba. Se maldijo cuando una tabla crujió bajo sus pies. Estaba
siendo muy descuidada. Magda se acercó más y observó.


Los quedos gemidos, así como la visión ante sus ojos,
comenzaron a enardecer su fría sangre. Postrado de espaldas se hallaba un
muchacho rubio de unos veinte años. No obstante, por la maestría con la que
movía los labios alrededor del miembro de su compañero, aprisionando en su boca
alternativamente pene o testículos, parecía que pese a su juventud poseía una
gran experiencia en las artes amatorias. Sobre él, otro joven moreno igualmente
atractivo tragaba la verga de su compañero mientras simultáneamente acariciaba
con los dedos sus nalgas.


Magda se encontró gimiendo, excitada por la visión, a pesar
de que ya había tenido la ocasión de contemplar otras uniones carnales entre
hombres cuando fue entrenada como caballero en Marán. Ajeno a la fantasmal
espectadora, el muchacho rubio se incorporó, besó a su compañero en la frente y
procedió a introducir muy lentamente su verga en el interior de su moreno
amante, iniciando a continuación una intensa cabalgada. La vampiresa se acarició
con deliberada lentitud su vagina, mientras mordía sus labios y cerraba los
ojos.


Quedaban pocas horas para que el mortífero sol saliese. Le
quedaba poco tiempo si quería actuar. Pensó en matarles y beber su sangre pero
ambos eran tan bellos, tan llenos de vida. Bueno, era su vida o las suyas.
Tendría que hacerlo. ¿No se había convertido en un monstruo? Pues ya era hora de
comportarse como tal. Por lo menos uno de ellos. ¿El muchacho rubio o el moreno?


Magda se maldijo. No podía hacerlo. ¿Quién era ella para
comportarse como una deidad sanguinaria, decidiendo quién podía vivir y quién
debía morir? Decidió que no mataría a ninguno de los dos. Sentía cierto alivio
al haber solucionado sus problemas de conciencia. No asesinaría a nadie si podía
evitarlo. Pero eso no solucionaba el problema del hambre. Era una sensación
parecida a un estómago que ruge, pero, curiosamente, esta vez no le pareció tan
agobiante. De hecho, se hallaba mucho más calmada, casi saciada. No había visto
caballos ni vacas al llegar. ¿Tendrían gallinas?


-Estabas hambrienta, ¿verdad?


La vampiresa se quedó helada mientras contemplaba a la figura
apoyada en la puerta del granero. A pesar de parecer un hombre, el sonriente
rostro del ser poseía un hocico lobuno y unas orejas que confirmaban que no era
totalmente humano.


-¡¿Tú?! –Magda exhibió sus afilados colmillos y siseó,
preparándose para saltar.


-Tranquila, tranquila. Vengo en son de paz. Nuestro señor ni
siquiera sabe que estoy aquí. Tan solo quería saber que tal te iba. Ya sabes, un
poco de compañía entre... entre...


-¿Monstruos?


-Bueno, es una forma de decirlo. De todas formas, veo que te
las arreglas bien. Tagor no llegó a aceptar nunca su condición. En cuanto a
Stephan...


-¿Tagor? ¿Aceptar su condición? ¿Qué estás diciendo?


-Quiero decir que Tagor no llegó nunca a matar para
alimentarse. A diferencia de ti.


-¿Pero qué demonios dices? ¡Yo no he matado a nadie!


Presa enarcó una ceja, sorprendido. En silencio, señaló con
el dedo al segundo piso del granero.


Sólo entonces se preguntó la vampiresa cómo era que los dos
amantes no se habían asomado desde el altillo, alertados por la discusión que
Presa y ella mantenían. La edificación estaba sumida en un silencio sepulcral.
Magda había cesado de captar ningún sonido, incluso con sus desarrollados
sentidos. Tan solo oía... ¿Moscas? Magda se acercó lentamente hacia la escalera.


-Mi señor me habló alguna vez de casos parecidos al tuyo.
¿Cómo los llamaba? Err... Ah, sí. Lagunas traumáticas, creo. Ehhh... Yo que tú
no subiría arriba. No te va a gustar lo que vas a ver.


Magda no le hizo caso. Agarró la escalera con ambas manos.
Gimió al descubrir que sus dedos estaban cubiertos de sangre. Se frotó las manos
contra su indumentaria, pero no consiguió sino enrojecerlas más. Su ropaje había
cambiado de color. Era carmesí. Apenas escuchó las palabras de Presa.


-Bienvenida al reino de los monstruos.


VI. ATRAPADO


Oicán relajó el paso de su montura. Llevaba cabalgando todo
el día y el sol se preparaba para ocultarse en el horizonte. Necesitaba un plan
de acción. Estaba confuso y la envergadura de su tarea le abrumaba. ¿Acabar con
Ythil, sabiendo que ahora era el rey de Marán? ¿Cómo lo conseguiría?


De pronto, una flecha se clavó a los pies de su caballo. Supo
que el disparo no había errado, sino que era un aviso.


-Identificaos, humano, o la próxima irá directa a vuestro
corazón.


El acento no dejaba lugar a dudas. ¡Elfos! Debía tratarse de
rebeldes que luchaban contra la ocupación de Bosquia. Esos grupos llevaban
actuando desde hacía varios años, y sus ataques no habían cesado ni cuando Marán
se anexionó Bosquia. La testarudez de los elfos era sorprendente. Darten le
había advertido que podía toparse con algunos de ellos, pero no había tomado
ningún tipo de precaución. Ahora se maldecía por ello.


-¡No disparéis! Soy... un simple viajero. No tengo nada
contra vosotros.


-Arrojad la espada entonces, desmontad y echaos al suelo.


Oicán, a regañadientes, se desprendió del arma que Darten le
había proporcionado. Por un momento pensó que podía galopar y huir, pero lo más
probable era que acabase ensartado como el alfiletero de un sastre. Pensó a toda
prisa. Si los elfos descubrían que era un caballero de Marán, sus odiados
conquistadores, podía irse despidiendo. Oicán se tumbó bocabajo en el suelo,
mientras sentía cómo dos figuras abandonaban la espesura y le amarraban los
brazos a su espalda. A continuación le vendaron los ojos y le condujeron durante
casi una hora a través del bosque a algún lugar que no pudo distinguir.


A empellones fue conducido hasta algún lugar oculto. Captó
algo de barullo y conversaciones en el idioma élfico. Por último fue encerrado
en algún tipo de sala. Oicán permaneció de pie. ¿Dónde se hallaría? De pronto
fue consciente de que no estaba solo. Pudo captar otra respiración cercana.


-¿Quién sois?


El caballero no obtuvo respuesta. ¿Quizás se trataba de
imaginaciones suyas? Maldita venda. Intentó librarse de sus ataduras. Un
esfuerzo inútil. Súbitamente se quedó helado cuando notó unos fríos dedos que
acariciaban su mejilla. El susto le hizo jadear, mientras permanecía totalmente
quieto.


-Parece que volvemos a encontrarnos, mi querido Oicán.


Esa voz... No podía ser.


-Sois... ¿Miel?


-Tienes buena memoria, a pesar de los años transcurridos.


Una mano le quitó la venda que cubría su visión. Ante sus
atónitos ojos apareció el elfo. No había cambiado en absoluto. Su delgado rostro
era tal y como lo recordaba, aunque su cabello castaño claro había crecido de
nuevo hasta llegar a sus hombros. Llevaba un jubón de cuero oscuro y de su cinto
colgaba una fina espada. Estaba tan adorable como recordaba.


-Mi querido Oicán... Hace tanto, tanto tiempo... No sé si
golpearos o...


Su rostro se acercó lentamente hasta permanecer a escasos
centímetros de la cara de Oicán. En un movimiento fluido, los labios del elfo se
cerraron sobre los suyos. Fue un beso largo, muy largo. Miel atrapó el labio
inferior de Oicán y lo succionó y estiró casi sin piedad, hasta liberarlo
repentinamente. El labio volvió a la posición inicial con un húmedo sonido.


-...O besaros. –Miel se relamió los labios mientras miraba
perversamente al caballero. De nuevo, acarició la mejilla del sorprendido
caballero. –No sabéis ni remotamente las veces que he deseado teneros tal y como
estáis ahora, a mi disposición, completamente indefenso.


Oicán tembló involuntariamente de nuevo.


 



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Relato: Viejos Conocidos
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