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Relato: Arakarina (20: El bar y Samuel)


 


Relato: Arakarina (20: El bar y Samuel)

  

ARAKARINA XX


EL BAR Y GENEALOGÍA DE SAMUEL


EL BAR



Si bien el amor funcionaba de maravilla dentro de los muros
del grupo, no era lo usual que aun los esposos dentro de la grey se viesen fuera
de las cuatro paredes de la secta. En esto, ni Sara ni Julio eran la excepción.



Por ello cuando Julio le pidió a Sara que salieran a
divertirse, ella no pudo más que sorprenderse. El lugar sería un nuevo bar que
se llamaba "On line". Era un bar concurrido, incluso de moda, en el no podía
entrarse sin reservación previa. Julio lo arregló todo.



El bar partía de un concepto virtual. De hecho el dueño era
un tipo joven, no muy bien parecido, aunque tampoco feo. La idea de su bar le
vino luego de romper una relación sentimental. Le explicaba a un amigo: "Sabes.
Este mundo es más miserable de lo que se puede llegar a suponer. ¿Ves aquél
sujeto?, ¿Es apuesto, no te parece?, Sueno como un envidioso y es que lo estoy.
Mira su chica, mira cómo le ve, ¿Percibes el deseo?, ¿La atracción?. Ese cabrón
es un suertudo de haber nacido tan guapo. A mí las mujeres nunca me tragan a la
primera. Siempre tengo que abrir la boca, prometerles cosas, ser un poco el
amigo, el confidente, el perro fiel e incondicional que mueve su cola gustoso
ante el menor gesto.


No tuve esa suerte de gustar, tal vez tenga la de
convencer, pero no la de gustar. Y eso es realmente patético. Soy de la idea de
que, por más que te esfuerces por convencer, por más que luches por formarte una
imagen atrayente, todo lo que digas son pamplinas, estas hipnotizando a tu chica
para que se crea la ficción de que eres atractivo, si eres hábil te encontrará
más portentoso, más interesante. Creo también que si se presenta un guapo nato,
romperá tu hechizo por fuerte que sea. Ojalá existiera un bar que no estuviera
hecho para gente guapa, bella, cosmopolita. Ojalá hubiera un bar donde la gente
primero tuviera la oportunidad de conversar y luego de verse, y no viceversa.
Ojalá existiera ese lugar, donde tuvieras la opción de poner sobre la mesa tus
cartas, tus virtudes, tus ideales, para que cuando la chica te viese, te
encontrara ya envuelta en el hechizo, o si eres hombre vayas predispuesto a
admitir un cuerpo imperfecto.


Se me ocurre lo siguiente, un bar en el que se
distribuyan un gran número de mesas, las mesas estarán iluminadas por luces
taciturnas, cálidas, tenues, sobre cada mesita habrá una esfera con un número
anotado, este número identificará la mesa en la que estás. Los muros tendrán
espejos estratégicamente acomodados a manera que desde cualquier punto del bar
puedas divisar a quién quieras que te pudiera llegar a interesar, y sobre todo,
a quién quieras interesarle. Sobre cada mesita habrá un teléfono, cada teléfono
será una extensión, y el número de extensión será el número de mesa. Habrá
también una operadora cerebro que distribuya y envíe los telefonazos. Si una
chica te gusta, marcas el cero y te contesta la operadora, le dices a quién
quieres contactar y ella canaliza tu llamada. Los teléfonos no sonarán, tendrán
focos, el verde te dirá que tienes una llamada. Tu podrás tomar la llamada o
apretar el siete para cancelar la llamada. La operadora podrá cancelar la
comunicación con mesas indeseables, o detener toda llamada si ya encontraste lo
que buscabas. Sé que suena complicado, pero la gente con un poco de seso
entenderá el procedimiento, de hecho es un procedimiento para gente lista. Ya lo
imagino, recibes la llamada y te tienes que entender con una voz, la voz puede
darte buena o mala espina, puedes hablar, jugar, acercarte, seducir, hacer
magia, luego planear el contacto, la invitación a la mesa. Me parece perfecto"



Sara se arregló con un vestido corto que resaltaba su cuerpo
en forma muy agradable. Pintó sus ojos un poco a la manera egipcia y su boca la
tiño de un rojo muy vivo. Su imagen entera despertaba el apetito. Cuando entró
al bar le pareció un buen lugar. Hacía mucho que no se paraba en un sitio
nocturno. No dejó de maldecir la idea de Julio de llegar separados, pues
sinceramente le parecía estúpida la explicación de que podían verles entrar
juntos al sitio, pues en su calidad de mujer casada era igual de censurable que
la viesen entrar sola. Además nada le importaba.



Le asignaron una mesa y un mesero le explicó rápidamente el
procedimiento de los teléfonos. Sara no prestó mucha atención, pues no iba ahí a
ligar, sino a una cita formal. No habían transcurrido ni tres minutos cuando
empezó a sentirse desesperada de estar sola y a la expectativa de que Julio
llegara. Comenzó a mirarse las manos, sacó de su bolsa un cigarrillo y empezó a
fumar con mucha desgana. Miraba el teléfono. Todo parecía callarse. El teléfono
parecía ser su acompañante, pues éste parecía bastante inquieto, su foquito
verde parpadeaba incesantemente. Ella se sentía halagada y a la vez molesta de
tanto repiqueteo en el foco. De haber puesto atención al mesero, sabría que le
podía decir a la operadora que deshabilitara su línea, pero no fue así. Sentía
un dolor en la muñeca, y un alivio de saberse provocativa.



Foco verde. Su mano indecisa opta por levantar el auricular.
La bocina le dice en voz varonil "¿Quieres acción?", la respuesta fue el
colgonazo del teléfono. Foco verde. La voz le dice "Me recuerdas a alguien",
ella contesta "No soy yo", "¿Cómo lo sabes preciosa, si ni me conoces todavía?",
"Porque sé que no me gusta ser recuerdo", la voz le dice "Podrías no serlo",
igual cuelga.



Foco verde, una idiotez. Foco verde, otra idiotez. Foco
verde, "Te barreno lo que quieras", un colgonazo. Cada verde y colgonazo iba
acompañado por una majadería que Sara dedicaba a Julio por meterla en ese sitio.
¿Y si se trataba de un juego de seducción?, tal vez Julio quería conquistarla
como un perfecto extraño, hacerse pasar por un desconocido. Eso no le parecía
mal, le agradaba que alguien jugara con ella al juego de intimar, por un lado
pensaba que merecía todo tipo de atenciones, por otro que cualquier atención
sería buena para ella que nunca las recibe, luego se reprochaba el conformismo y
concluía que no estaría a expensas de un amor falto de talento, lo merecía todo.



Luego de un rato de despreciar todas las llamadas la
insistencia de los focos verdes fue menor, e incluso llegó a desaparecer por
cerca de cinco minutos, los últimos cinco de los dieciocho que ya llevaba en la
pequeña sillita de terciopelo. Había cosas que Sara no podía evitar al estar en
medio de ese juego telefónico, primero, en cuanto aparecía un foco verde, sus
ser entero se paralizaba, la bocina se volvía un misterio, ¿qué me dirá ese
espejo mágico?, alguna peladez, o palabras dulces, de amor, insinuaciones. La
bocina era como un dado con muchos resultados, los cuales no podrían conocerse a
menos que consintieras prestarles atención. Segundo, entre foco y foco las manos
le sudaban, deseaba que el foco prendiera, pues en su luminoso silencio ella
recibía una flor eléctrica que tocaba con sus pétalos filosos su cuello.
Mordería su labio y dejaría el foco titubear tres o cuatro veces, y entre una y
otra se haría mil preguntas.



Quien pudiera adentrarse a esos segundos de preguntas que
llovían en su cabeza tendría el secreto absoluto para hacerla feliz, ahí se
retrataba la mujer apasionada, frágil, entregada, valiente, entera y ansiosa de
siempre, en ese espejismo mágico que resultaba ser el estúpido foco verde
aparecía ella desnuda, pero desnuda sólo ante los ojos de quien pudiera tener la
sabiduría suficiente en las retinas para ver en su espalda las alas.



El foco verde llegó justo tres segundos antes que su
desesperación. Repiqueteó tres, cinco, siete veces. Quien estuviera llamando la
podría ver desde su mesa, vería la forma tierna e iracunda con que ella miraba
el aparato telefónico. Su mirada estaba perdida, sin fe, con un rostro que no
correspondía al cuerpazo que enfundaba su vestido. Ella estiró su mano, tomó con
firmeza el auricular y lo llevó cerca de su oreja, se le hizo raro ser tan
consciente de lo que se sentía en la piel de su oído al acercar la bocina.



- Tal vez ya has esperado bastante. No ha sido mi intención
hacerte esperar. Sé que ha sido doloroso para ti, pero tal vez te reconforte
también saber que el precio de admirarte desde donde estoy ha sido muy alto, por
principio, pensar que cada llamada que recibías era una amenaza potencial, un
abismo cercano. No te enfades, no te muerdas los labios de esa manera en que lo
haces, pues así como yo he pagado un precio tu lo has pagado también. ¿Un precio
de qué? Te preguntarás. El precio de que te haya visto, que tenga en claro que
eres lo que realmente deseo. Lo que vi sobre tu mesa es algo que seguramente
quieres escuchar. ¿Quieres que siga?-


- Sigue


- Veo tus ojos posesos de una virginidad maravillosa. Veo que
están preparados para creer, para merecer lo que han creído. Tus zapatos me
encantan, tus piernas, las medias que elegiste entre todas las que tienes, tu
vestido que es sencillamente atemporal, es decir eterno. Si no fuera anti
higiénico te pediría que no te lo quitaras nunca. Todo ello lo veo a través de
mis ojos, posesos también de una sed de ese algo que reconocí al verte. Te
presagiaba así, arreglada de esa manera, arreglada así para mi. Tu rostro es
cosa aparte. Tu boca sencillamente me llama, es como si intuyera en tus labios
el encierro de miles de palabras, millones de ellas, ni de amor ni de odio, pero
millones de ellas, destinadas a que me cuentes tus pareceres del mundo, de cómo
te parece, de cómo se te parece. Ahí se fabricaría la música. Tu barbilla sería
un direccionador del aliento y el hueco que tienes entre nariz y boca es algo
así como la guarida de mi dedo meñique. Tu nariz es como una flecha a seguir.
Aunque tus ojos. Me cuentan todo, acepto lo que cuentan, lo obedezco, lo abrazo
como tu realidad. -



Sara pensó que era por demás extraño que Julio se expresara
con tanta poesía, pues si bien le agradaba el gesto de propiciar el suspenso,
tenía muy acentuado el sentido de la prisa y de la agenda. Creyó oportuno
aclarar – Agradezco los pormenores de este encuentro, y todo lo que dices de mi,
me llena en gran medida, te lo digo en serio. Pero para serte franca, y no
quiero que pienses que soy una aguafiestas, siento que te expresas en términos
muy absolutos, tal cual si estuvieras dispuesto a todo, y en realidad ignoras
mucho de mi, vaya, ni siquiera sabes que tengo una hija, ni el tipo de marido
que tengo.



- Sé que no es este lugar el adecuado, ni mucho menos a
través de una bocina, que deba de enamorarme absolutamente. Sé que del total de
hombres que ves aquí, todos sin excepción querrían acostarse contigo. De ellos
la mitad te llevarían a un hotel, te llenarían de halagos, sin embargo se
desvestirían demasiado rápido, ignorarían incluso que las pantaletas que portas
no son accidentales, que las elegiste para gustar, acaso apaguen las luces y tu
seas la oscuridad hecha carne, tan exactamente igual que cualquier mujer. Te
harían bien o mal el sexo, y al acabar con su placer se separarían de ti con
cualquier pretexto, evitarían dormir a tu lado, por el riesgo de tener que
abrazar tus sueños. Si son vanidosos y reconocer tener la más mínima habilidad
para hacer la cama inclusive te dirían lo que yo mismo he llegado a decir en más
de una ocasión, el "no vayas a enamorarte". ¿No crees?



Sara repasaba en su mente las escenas que la voz del
auricular le decía con tono tan íntimo, como si hubiese intervenido los segundos
de después de que ella colgaba el teléfono luego de cada verde infructuoso. Se
miraba a sí misma acudiendo a esa cita de hotel, y se miraba con rostro de
cordero, atada de pies y manos, con una venda en los ojos y otra en la boca,
sentía una extraña excitación y un rezago de autocompasión. ¿Tan pobre era la
visión de Julio de esa mujer que ella era?, ¿Tanto relato era para hacerse el
amplio y disimular que era él quien tendría las directrices de la relación y,
sobre todo, para comunicarle de forma velada la vieja frase "no vayas a
enamorarte"? ¡Qué poco la conocía!



Habría que remontarnos a la casa de Sara para entender su
pensamiento, específicamente habría que pararnos al lado y dentro suyo al
momento en que se arreglaba frente al espejo para su cita. Se miraba en el
espejo de cuerpo entero y se gustaba, igual pensaba en que afortunadamente tenía
el dinero suficiente para una excelente ropa interior que honestamente si ayuda
a la figura, se encontraba hermosa, y sin embargo, al maquillar su rostro, no
podía dejar de advertir la promesa de arrugas que se alojaban en su cuello y en
sus ojos, los cuales se volvían un poco de cristal, y miraban al espejo como un
enemigo. Si se preguntó hasta dónde llevaría las cosas, lo que no hizo fue
contestarse. Le daba risa que había pensado exactamente en la frase "no vayas a
enamorarte" ¿Qué diría si se la echaban en cara?. Podía sencillamente gozar y
hacerse la tonta e ignorar que fue dicha, podía por otro lado enfadarse, pues
¿Qué sabe un hombre de una mujer cuando le dice que no vaya a enamorarse? Nada,
no sabe nada ni de la mujer ni de su corazón. Si la mujer es como Sara está
totalmente extraviado. A Sara no le importa ser lo que el futuro, sino sólo el
presente. Nadie podría asegurarle que la relación, prohibida como era, tuviera
algún futuro, y en ello nada tenía que ver lo que ambos llegaran a pensar de la
misma. Lo cierto es que al entrar a un hotel, lo único que llevarían como ropa
sería las circunstancias en que cada cual estuviera inmerso, es decir su
realidad, y como cuerpo desnudo el amor que pudieran brindarse, así, no habría
más noche que esa en que ella y él se penetran, y por el contrario, había que
enamorarse, enamorarse profundamente y desde el contexto en que cada quién es.
Tal vez y enloquecen de amor dentro de un cuartucho de hotel, se exprimen, se
gozan, se entregan, sabiendo que ella es casada, que él técnicamente no lo es y
es más joven, que es quizá nada responsable o que no es capaz de cargar con la
cruz que implica la mujer que posee, tal vez ese pánico de ambos los ubica en un
amor extraño, más lo único cierto es que no hay fuerza en el mundo que supla esa
pasión de las veces iniciales, de los comienzos, tan es así que había que
beberse los comienzos de una forma abierta, sin ataduras, enteramente, pues aun
suponiendo que el destino quisiese unirlos a Julio y a ella para siempre, aun y
cuando en un futuro él se casara con ella, que sería la aceptación social más
gráfica, nada les garantiza que sus mentes no volaran, a lo largo de los años, a
evocar no su estabilidad y su solidez como pareja, sino aquel cuartucho que un
día inundaron con olor a sexo, el cual saturaron de calor, del cual no querían
salir, acabarían de todas formas volviendo a aquella mirada de descubridor, al
recuerdo de la silueta descubierta, el gesto del pezón la primera vez que se le
ve, la confianza de tocarle el culo al otro, el sonido de aquél "si" de antes,
la cercanía del latir ajeno, la sorpresa de saberse oliendo al otro, la belleza
de conocerse, conocer y dejarse conocer. Por ello no le importaba el futuro,
sino el inicio del futuro, y en esa medida, no habría peor blasfemia para Sara
que escuchar que se le diga que no se enamore, pues el hombre que se lo dice se
suicida en el corazón, pues le pide que no se entregue totalmente, y eso es algo
que ella decide, que ella vigila. En veces pensaba que no sería tan descabellado
tomar muchos hombres, pero no prosperar con ellos nunca, siempre demoler las
relaciones antes de que el conocerse terminara, vivir siempre en la magia, nunca
conocer cosa distinta. Luego pensaba que sólo el trato continuo hace perfecto el
entendimiento sensual.



Volviendo al bar, Sara iba a comenzar a reprocharle a su
interlocutor, de hecho le habló como a un extraño, le habló de usted.



- Discúlpeme señor, ¿Está usted presumiéndome que es bastante
capaz de decirle a una mujer que no se enamore de Usted, de ese Súper Usted que
Usted es?


- De ninguna manera. Lo que quiero decirle es que la
estadística me importa un bledo, un soberano comino. Si la mitad de los hombres
de aquí la desean, es algo que tampoco me importa. Lo de tu hija es algo que lo
acepto plenamente, la belleza que veo en tu cara no sería la misma sin ese brote
tuyo, sin esa flor. Tu hija se ha escrito en tu piel y como tal ya siento
adorarla, ya siento el deseo de enseñarle cosas, de cuidarla, de señalarle
caminos de bien, de mostrarle que su madre es una mujer amada y respetada, y que
ello sea un pilar en su vida, y una caricia a su niñez o adolescencia. Lo de tu
marido, ahí si tenemos un problema. Te diré que nunca he sido bueno como amante.
Es decir, nunca he admitido dicha posición. Es extraño, pero piensa si al
tenerme tienes un amante o en realidad tienes dos hombres. Yo sé que es raro que
admitas tener dos hombres porque en este país la mujer ha sido educada bajo la
idea de que deben de tener un solo hombre, y hablar de tener dos ya te etiqueta
como escoria, casi te definiría como la gran puta, aunque nada hay más falso.
Sin embargo piensa. A mi puedes llegar a amarme en forma desmedida, y si lo
haces hasta ahora es porque hasta ahora me has conocido, digamos que yo no
existía en tu vida, antes era la nada y sin embargo aparezco con toda la
intención de llenarte, de amarte, posiblemente aproveches esa situación ya sea
porque tu marido no tenga la misma devoción que yo o bien porque sin
proponértelo te surge una inclinación por mi que no puedes o no quieres evitar,
pero lo cierto es que el hecho de que me quieras no exige que el otro, con quien
te has casado por la causa que gustes, con quien has tenido hijos, tenga que ser
exterminado en amor, puede que tengas que admitir que lo quieres todavía, que te
conmueve de vez en cuando, que es un eco de recuerdos, que de vez en vez procura
seriamente tu felicidad. Mi amor no debe ser una razón para que la hostilidad
nazca respecto de tu marido, pues no soy yo quien inventó que el amor deba ser
único. Claro que tu madre nunca te lo aceptaría, y de hecho muchos te verían
como una vulva voraz, pero la verdad es esa, tendrías dos hombres, y uno de esos
sería yo, y ese hombre que soy vería la forma de que internamente me prefieras,
y por que no, un día decidas que el único hombre en tu vida sea este servidor.
Sábete que no me interesa ser tanto tu marido, sino ser el hombre de tu vida, el
que más amas, el que te despierta mayor fe por la vida, el que mueve tus células
al máximo, el que está contigo siempre, al que no puedes traicionar porque te
comprende tanto que aun cosas tan graves como la infidelidad te perdonaría, por
ser parte de ti, por ser tu decisión, aunque no la desee. No sería la primera
vez que una mujer no está casada con el hombre de su vida, lo cual además no sé
si sea lo ideal, aunque así a primera vista si me suena perfecto.-


- En otras palabras lo que usted me pide es que quiere
convertirse en el hombre de mi vida -


- Eso es absoluto. Cualquier otro plan no me llamaría la
atención, no porque su cuerpo no merezca la pena de disfrutarse aunque fuese una
sola vez, ¡que va!, si sería el éxtasis supremo, sin embargo la consecuencia,
trágica por cierto, sería una nostalgia imborrable que acabaría con mi vitalidad
completa, además, me declaro como el más ferviente enemigo del amor en su
modalidad imposible. Todo esto suena demasiado teórico, déjame reducirlo a dos o
tres opiniones, me sentiría como un idiota, te echaría de menos y me invadiría
un vacío inllevable, las tres cosas para el resto de mi vida.


- No conocía que tuvieras tanta intención y perseverancia
Julio. Dime dónde estas, dime todas esas cosas a la cara, considero una trampa
todo lo que dices si no va de por medio una apuesta que esgrimen las miradas.
Dicho de frente suena muy bello, por teléfono suena muy cobarde.


- Sólo en una cosa que dijiste no tienes razón, pero no lo
discutiré por teléfono, voy a tu mesa.



Sara se quedó sentada y apuró el trago que ya había dejado
bastante olvidado sobre la mesa. Disimuladamente levantaba el cuello como una
avestruz para ver venir a Julio, no quería perderse esa mirada de cuando se
estuviera acercando, no quería perder detalle si se rascaba la nuca o la
barbilla, si las piernas le temblaban, si se hacía el casual o si bien se
acercaba como un tigre decidido. Todo eso era importante, eran cuestiones de
amor. Tal vez había llegado el momento de dejar a Deodato en un cajón y lustrar
las alas de nuevo .No lo veía acercarse por ningún lado.



Miró a la oscuridad y se movían hombres de aquí para allá,
pero ninguno era Julio. Uno sin embargo se acercaba, sin rascarse ni la nuca ni
la barbilla, con sus piernas que, bajo un pantalón seguramente de lana peinada y
negro con forro interior, disimulaban el temblor inevitable que casi le hacían
resbalar, sus brazos, aunque quietos, terminaban en un par de manos que no
podían callarse, a la vez que intentaban huir de él como arañas frente a una
amenaza de incendio. Su mirada no se acercaba con él, que venía como a veinte
metros todavía, esa ya estaba ahí con ella, la mirada aquella estaba sentada ya
con ella, en su mesa, la traspasaba, y ni siquiera su pantalón negro, camisa
blanca, corbata agresiva y saco negro podían conseguir vestirlo, pues aunque se
echara encima una boutique entera, él venía desnudo. No estaba mal,
definitivamente, pero no era Julio, no era su nuevo esposo. ¿Qué pensaría Julio
si ella prestaba atención a ese sujeto que se acercaba dispuesto a fundirse con
ella? Habría que preguntarle, pues en esos momentos se batían las puertas de
entrada y quién las atravesaba era precisamente Julio, vestido con pantalón saco
camisa y corbata tan buenos como los del otro tipo, y tampoco estaba mal, ni se
rascaba la barbilla y nuca, sus brazos terminaban en un par de manos y sus
piernas iban tan firmes como si fuera sobre zancos. Él, pese a que la ubicó
desde el primer momento, y ella se dio perfecta cuenta, no le miró durante el
camino hacia ella, se hizo el casual. Llegó de inmediato y se disculpó por
llegar tarde mientras que el otro sujeto disminuyó su paso y puso una cara de
abatimiento total que sólo le faltó llorar, cerró sus ojos para tragarse las
lagrimas como si pasase saliva y los abrió con un destello de flamas, hizo dos
especie de piruetas que lo hicieron lucir como un títere que desea caer al suelo
y luego a una mesa vacía para meditar y luego fuese accionado como por un
resorte.



Julio le dijo a Sara "marchémonos" y caminaron rumbo a la
puerta. Rodeándoles, y casi corriendo, avanzó el sujeto por la orilla
accidentada del bar, mientras un mesero le seguía desesperado creyendo que éste
quería irse sin pagar. Sin saber porqué, Sara fingió que uno de sus zapatos de
tacón se torcía, lo que les hizo detenerse. No lo hizo ella, lo hizo su alma que
de alguna forma le dio un jalón, no para enfrentarse con el otro caballero, sino
como una obligación de ver qué sucedía si se llevaban las cosas al borde de
todo. Tal accidente de calzado permitió que el sujeto se posicionara sobre el
pasillo principal que daba a la entrada, lo que daba la impresión que ellos iban
de salida mientras que ese hombre, pareciera que acababa de entrar. Nunca
despegó sus ojos de los de ella, y ella tampoco aunque no le miraba.



El tipo se paró frente a ambos y les atajó el paso. "Hola"
extendió la mano a Julio, quien en un sentido de formalismo social la tomó,
luego de un muy rápido saludo estrechó la mano de ella y completó el hola con
ella, diciendo "Que gusto saludarles. Veo que van de salida y no quisiera
interrumpirlos. Me encantaría una visita. Cuando gusten, mi mujer estará ahí." y
extendió a Sara su tarjeta, la cual fue tomada en forma automática por su mano
izquierda, de hecho la única parte de Sara que no se había paralizado era esa
mano izquierda que tomaba la tarjeta como si fuese un botín, pues todo su ser se
centraba en ver la apariencia del sujeto, acaso tendría tres o cuatro años menos
que ella, y muy bien conservado, su rostro irradiaba una fortaleza tierna que la
conmovió de inmediato, pues podía advertirse que era un sujeto sensible, sin
embargo aventurado y tenaz, acostumbrado al éxito, a no perder, quien entraba a
este juego de quererla ya perdido, vencido desde antes, y que sin embargo, pese
a tenerla frente de él en propiedad de otro, ello no le había desanimado a
intentar un contacto futuro, la tarjeta decía secretamente "te espero", el tipo,
emblema casi de la seguridad, yacía ahí todo inseguro, con labios titubeantes y
parpadeando vigorosamente a la vez que movía su cabeza de un lado para otro, y
ella, que no perdía ni el detalle ni la fe, se dejó absorber por aquellos ojos
inquietos, tal cual si ella fuese un gambucino cósmico que en sus cabellos y
manos sujetara aquellos ojos como un par de bandejas con las cuales se filtra
agua de río en busca de oro, una cribadora espiritual, el iris de él era ese
riachuelo turbulento en que mil cosas ocurrían, un río de emoción, mientras ella
era la secreta fuerza ineludible que agitaba esa bandeja que era el alma del
extraño con dedicación, en el fondo Sara divisó dos enormes vetas de un amor
azul, bellísimo.



Sara guardó en su bolso la tarjeta, aparentemente de manera
instintiva. El se despidió estrechando cálidamente la mano de ella, asumiéndola
en su palma, dejándola recostarse, tomando lectura de sus líneas, buscándose
ahí. La de Julio también la estrechó.


Una vez fuera, Julio le preguntó a Sara:


- ¿Le conoces?-


- No estoy segura-


- Yo tampoco, pero puede ser un cliente, o su esposa puede
ser cliente, ex cliente debo decir. Me pasa muy seguido que me abordan sujetos
en la calle, los cuales supuestamente debería recordar y sin embargo no
recuerdo. No sé, ya recordaré-



Sara en cambió comenzó a tratar otro tema, algo que desviara
la atención fijada sobre aquel extraño.


Ya en la cama Sara volvió a pensar en el hombre del bar, le
sonaron en el pecho sus palabras y quiso aprovecharse del cuerpo de Julio, quiso
besarle las nalgas, los pies, las axilas, todo aquello más como muestra de
declararse a sus ordenes que como placer, pero éste no entendió y cerró sus
nalgas como si le fuesen a poner una inyección de hierro, sus pies los engarruñó
violentamente y las axilas revelaron unas cosquillas enfermizas. En cuento a
ella, sólo sus caderas recibieron la atención debida, y no precisamente con una
lengua. Mientras recibía los vigorosos embistes, su mente no podía dejar de
pensar que era el extraño quien la tomaba en sus manos, sonreía lánguidamente,
mientras se murmuraba "tengo tres hombres".



 


 



SAMUEL




¿Había causas importantes para que Samuel se cortara el
cabello? Posiblemente no. Tal vez sólo se trataba de uno de los innumeraos
parámetros mediante los cuales un Mesías puede poner a prueba a un discípulo. No
importa que le pida, siempre que deje en claro que se trata de una auto negación
por él, por el amor a él, por obediencia a él, por respeto a él, por fe ciega en
él, por fe imbécil a él, si comprueba cualquiera de estas cosas, todo es
razonable.



Pero había razones personales de Samuel para no cortárselo.


Él trabajaba en el departamento de tránsito, pese a su
juventud ya llevaba años trabajando ahí. Sus condiciones de trabajo eran
generalmente buenas aunque un poco exhaustivas. Su categoría en el departamento
había sobrevivido ya varias administraciones municipales, cosa que no era del
todo fácil, y ello en parte se debía a su brillantez. Siempre propositivo e
imaginativo, daba opiniones que después se convertían en soluciones de menor a
mayor escala. Cuando había problemas en tal o cual área, lo asignaban ahí, y eso
bastaba para que las cosas comenzaran a transformarse, pues tenía una poca
intención de quedarse quieto. Estaba contratado bajo un esquema de base
presupuestal del Estado, lo que lo hacía una persona sindicalizada.



En México el concepto del sindicato ha hecho más daño que
provecho, pues pese a que en un inicio este tipo de agrupación sirvió para
obtener logros laborales que beneficiaran a la clase trabajadora, estos han
desvirtuado sus objetivos, por lo que los puestos sindicales son peleados como
puestos políticos, desde los cuales se puede sacar provecho personal. A tal caso
que aquellos que contienden por ser los secretarios generales de los sindicatos
hacen lo imposible por ser electos, pagan a agitadores, reparten dinero,
prometen puestos mejores sólo a quienes aseguren obtener en su nombre más votos,
difaman, chismean, fingen energía y furia frente a los patrones y se auto
proclaman temibles, prometen y prometen cosas que luego no podrán cumplir. Una
vez electos como titulares de un sindicato, visitan a los empresarios para
ponerse a sus ordenes, fijando su tarifa, así tendrán una doble función, espías
del patrón, aplacador de trabajadores, ejecutores de trabajadores, mediadores
con intereses difusos, buscan la forma de negociar con las prestaciones que por
Ley cada trabajador posee, pensiones, vivienda, aumentos, incapacidades, todo se
puede arreglar con billetes o con una buena cogida si se trata de mujeres
guapas. Esto es a nivel sindicato miserable. Luego están las confederaciones de
sindicatos. Estos ya juegan a la política más grande. Estos son los que cuentan
con mayor numero de afiliados forzosos y sus lideres son verdaderos hampones,
estos comprometen los votos de sus agremiados aunque el voto sea secreto de cada
ciudadano y en elecciones, las campañas políticas se ven muy nutridas de asuntos
sindicales, por ejemplo, los hay que convocan a sus agremiados a los mítines, en
los cuales habrá alguien que toma lista, so pena de tomar represalias contra
aquellos que no asistan a los "divertidos discursos políticos de los
candidatos". Y así todo ha vuelto un mugrero. Existen sindicatos que sólo se
dedican a arruinar patrones, otros a arruinar a todo mundo. Por ejemplo, en la
ciudad de Tampico, existe un sindicato de pintores que son capaces de voltearle
los botes de pintura y romperle las escaleras a toda persona que pinte su casa
ella misma, exigiéndole que forzosamente debe ocupar unos pintores para hacerlo,
y si no quiere esta persona contratar pintores, lo de menos es que se inscriba
en el sindicato, pues al pintar se vuelve pintor y por lo tanto debe afiliarse.
Es una estupidez, ¡Y es legal!.



Estas cosas hacen en gran medida que en México se estile cada
vez más contratar trabajadores bajo contratos de servicios personales
independientes, así los corren cuando les de la gana sin tener que responder
ante nadie, para no dar prestaciones de ningún tipo como las médicas, de
pensiones, etc. Es decir, se ha caído en un juego de extremos que han hundido es
poca o gran medida a este país en una fama de haraganería a nivel mundial. En
parte se tiene razón. Pero sólo en una muy mínima razón.



Lo que si es cierto es que los sindicalizados son mas o menos
unos pránganas y unos zánganos. Las condiciones generales de trabajo les
permiten no asistir sábados ni domingos, así se caiga el planeta si no van,
tienen vacaciones extensísimas e inmerecidas, además de dos días que pueden
pedir a discreción por mes, los cuales si se pagan, que distribuyéndose las
vacaciones y días de descanso a lo largo del año, cada semana podría tener sólo
tres días y medio efectivos de trabajo, esto si no pierden el tiempo en sus
horas de trabajo y, claro está, siempre que no se enfermen.



Una secretaria dio las nalgas casi durante un mes para
obtener una plaza en la dirección del registro civil como sindicalizada, con ese
mes de metidas de verga se aseguró el futuro, pues es asmática y vive en paro.
Con una inteligente calendarización de su asma evita que la indemnicen, cotiza
para su pensión, cada quince días va y cobra su jugoso cheque. En suma trabaja
cerca de treinta días al año, habrá que preguntarle al líder sindical si le daba
tos mientras follaban.



Un cabrón sindicalizado se marchó de la ventanilla de
atención al público en atención de multas de tránsito porque le negaron el
permiso a ir a lonchar su medía hora a que tiene derecho diariamente, ¡Habiendo
una fila insufrible! ante esta negativa se fundió un foco encima de su cabeza y
esto le sirvió de pretexto para acogerse al texto de su contrato colectivo de
trabajo que dice que no habrá labores si la iluminación artificial no funcionara
en el área de trabajo, siempre que el inmueble lo requiera. Se marcho bajo ese
pretexto aun y cuando su lugar estaba junto a un ventanal que casi deslumbraba
de lo luminoso, y se tomo el día para lonchar, pagadito.



La exposición crónica a este tipo de derechos laborales va
convirtiendo a los trabajadores en seres ventajosos y haraganes, sin saber que
al declararse ideales para gozar todos esos beneficios, venden su dinamismo y
capacidad de crear, crecer, proponer.



Todo lo anterior sólo se cita para entender que Samuel, pese
a que era de base, es decir, sindicalizado, no se había hecho a esa forma de
ser. Fue de los pocos que decidieron tener horario de nueve a tres y cinco a
siete a cambio de más salario, siendo que ningún soltero lo había hecho, casi no
aprovechaba sus días perezosos y nunca enfermaba. En cierto modo le gustaba su
trabajo, que era atender al público respecto a sus problemas viales, y sentía
que había mucho por hacer desde ahí donde él estaba, además, sentía que el
tiempo que requería para hacer otras cosas lo tenía.



Lo más tortuoso quizá era soportar evidenciar el
desenvolvimiento de sus compañeros, hizo su propia teoría de la miseria.



Tal vez lo único en que se había aprovechado de su calidad de
sindicalizado era que se había dejado crecer el cabello hasta tres centímetros
abajo de sus hombros, lo que en un funcionario, dependiente de banco etc. es
impensable. De cierto siempre la traía peinada en una cola de caballo. Había su
motivo para llevarla.



Samuel había tenido desde chico una afición por la lectura,
siempre había sido muy tímido para preguntarle a los demás acerca de sus
sentimientos. Sin embargo le agradaba darse cuenta, aunque fuera por accidente,
fisgoneando con las orejas bien paradas en charlas de otros, de esos otros que
si guardaban en su pecho la confianza como para hablar de si mismos, cualquier
tipo de afirmación que aclarara un poco su propia existencia. Como a gran
cantidad de mexicanos, fue educado bajo lineamientos católicos y mestizos que
hacen de la religión y el dogma una plasta de temores e inseguridades. Mirarle
de accidente las piernas a una chica era algo cochino y tocarla desde luego era
infectarla con esa cochinez que todo varón encierra, y sólo el matrimonio
convertía en caricias toda aquella caja de intenciones perversas que además se
convertían en necesarias. Por eso, al leer los libros le llenaba de regocijo
saber que los personajes de una u otra manera se entregaban entre si, y el hecho
de que dentro de una novela una mujer le dijera a un sujeto que le diese un beso
era ya un carnaval.



Poco pensó durante muchos años que en su mayoría los libros
eran escritos por hombres, por lo cual podría tratarse de una farsa el cariño,
la necesidad de las mujeres por tener hombres cerca. Su formación le había dicho
siempre que hasta los bikinis eran inmorales. Los libros eran pues un refugio
para él, ahí se plasmaban demasiadas situaciones, si un personaje sentía miedo y
pavor eso era genial, pues él mismo había sentido miedo muchas veces, y al ver
retratado el miedo en un libro, sentía que los autores compartían con él su
miedo, y así era con el resto de los sentimientos, el amor, la amistad. Herman
Hesse le enseñó que los seres humanos pueden formar nexos entre si y
pertenecerse de una u otra manera, y que además no siempre era la relación
sexual lo que definía la profundidad de un lazo, y eso estuvo bien en su
momento, pues permaneciendo el sexo dentro de lo asqueroso y él sin pizca de
posibilidades, ni deseo, de casarse, la opción de compartirse con alguien aunque
fuera sin sexo era estupenda. Luego descubrió que los libros de Herman Hesse no
se apegaban a su realidad, pues, aunque le parecía hermoso eso de contar con
alguien, por más que volteaba a su alrededor nunca encontraba a esa persona
especial que, como él, estuviera necesitada de amor, de afecto, aunque fuese sin
compromiso, hasta que llegó a pensar que sencillamente no existían gentes con la
intensidad de los libros de Hesse, pensando que a todos les importaba un cuerno
sus semejantes y que el plan vital de todos era una carrera rumbo a un infierno
en la tierra, donde perecerían todos de soledad.



Bajo ese sentimiento que le excluía del resto del mundo fue
fácil que se atravesara en su camino un libro de ocultismo: Dogma y Ritual de la
Alta Magia, de Eliphas Levi. El mago le enseñó por principio que ser diferente
no era malo, que al contrario, idiotas eran aquellos que no se preocupaban por
su espíritu, por su alma, por sus sentimientos. Aprendió la palabra vulgo, es
decir, todos aquellos que no profesaran el espíritu. A partir de ahí ya no quiso
verse reflejado en la gente común, situación que seguido le atormentaba. "Este
niño no es normal" le reclamaba su padre a su madre. ¿Para qué parecerse a esa
bola de humanoides que caminan por las calles sin sentido alguno, que se
levantan al amanecer sólo para iniciar el conteo del fin del día, que nacen,
crecen se reproducen y mueren, sintiéndose distintos cada uno del otro y siendo
en el fondo iguales, gente que va al súper y mira el fútbol, gente que engorda
de tanto beber cerveza y que renta películas de acción en los videoclubes, gente
que oye música tonta y que se sorprende por todo aquello que mefistofélicamente
le tienen preparado los amos de las campañas publicitarias pensando en la gente
común, los consumidores, la gente que se asusta de todo lo que no entiende, cuyo
horizonte normal no acepta nada extraño.



Dicho esto, si el objetivo era ser un marginal, qué mejor
libro que el de un viejo gruñón perteneciente a otra época que imitaba todavía
en dirección del medioevo como Eliphas Levi. El mago le adiestró pues en el arte
de ser diferente y encima estar orgulloso de ello. Otra cosa importante era que
nadie manejaba mejor el tema del magnetismo, ya fuere atracción o rechazo, que
Levi. Hablaba de un flujo invisible que éramos capaces de generar, la emoción,
la ira, el amor, el genio, todo cabía dentro de esa cálida corriente de energía
llamada magnetismo o éter. El viejo dominaba además con suma maestría el teorema
de los contrarios, el Jakin y Bohas que después tendría que recitar a las
puertas del lumisial, a orillas del templo, en sus palabras masculino y femenino
eran una cosa muy semejante, y ni siquiera ver los hospitales de obstetricia
reventando de parturientas le convencía tanto de que hombre y mujer se atraían
como lo hacían aquellas sencillas palabras del mago que le indicaban que los
opuestos se atraen irremediablemente, que esa situación es y será pese a que
nosotros lo queramos o no. Casi ninguna línea del libro de Levi trata el tema de
los amantes, sin embargo, las escasas líneas que de ello hablaban eran ley
indiscutible para Samuel.



¿En qué medida leyó Eliphas Levi por morbo?
Desde luego el Mago que Eliphas era
no tiene nada que ver con aquel mago de los chistes, ese que dentro de su
botiquín de hierbas y pócimas guardaba algunas que, revueltas, daban como
resultado un poderoso filtro de amor que hacía que la mujer [u hombre] amada
(o), cayera enamorada de manera fulminante en nuestros brazos, tampoco hablamos
del mago que prescribía tratamientos tan excéntricos como acudir con el
changuito mágico y pedirle un besito seguros de que después de cada negativa
crecería alguna parte desafortunada de nuestra anatomía [que conste que el
changuito operaba mágicamente tanto sobre hombres como mujeres].



Mención aparte lleva imaginar qué tan malo o tan bueno
pudiera ser que existieran tales brujerías, pues el riesgo que correríamos sería
que alguien decidiera echárnoslo en la nuca, que nos enamoráramos de alguien
inconveniente, aunque no nos daríamos cuenta de inconveniente alguno si el
hechizo nos sume en un trance de pasión ciega, seríamos, digo yo,
fundamentalmente felices. Seguro que muchos se verían beneficiados. Lo cierto
que ante estas posibilidades irreales, a Samuel le convenía más un mago
anacoreta, misógino, que no requiere del amor femenino... en teoría.



Luego vio una película que se llama Henry and June, de
Philiph Kaufman, basada en los diarios de Anaïs Nin, y ni siquiera la magia le
salvó del encanto de las imágenes de esa película, de la boca entreabierta de
Uma Thurman que mira vehemente a María de Medeiros, advirtiéndole que la
devoraría y ésta, con sus inmensos ojos de cordero lascivo acepta ser parte del
banquete. De nuevo aparecen ante sus ojos las relaciones intensas, en este caso
la artística. Compró los diarios de Anaïs, luego los libros más accesibles de
Miller, los trópicos, la crucifixión rosa, primavera negra, el Coloso de
Marousi, Opus Pistorum, etc. Y descubrió que no sólo se puede ser diferente
dentro del ascetismo, sino que puede caminarse por veredas más agresivas sin que
el espíritu se corrompa en lo mas mínimo. Miller le enseñó el desdén, y con él
una cosa muy importante, que la obligación de ser siempre diferente puede
resultar una cárcel tan asfixiante como aquella que te obliga guardar las
apariencias y hundirte en el sistema ordinario de las cosas, del Nacer, crecer,
sobretodotrabajarcomoburroparapoder, reproducirse y morir. En parte colaboró Nin
al narrar que llegó un momento en que André Berton definía lo que era
surrealista y lo que no lo era, cortándole las alas a su propio espíritu,
convirtiéndose de ave en juez de pájaros. De Miller aprendió que la miseria
existe y que ésta no siempre es sinónimo de la falta de dinero, sino que
miserable es aquel que tiene carencias, miserable el que teniendo su esposa
desea la novia de juventud, el que comprando un chocolate quiera tener dos, el
que está siempre inconforme, el millonario que sabe que la mujer que le besa en
realidad siente asco por él y amor por su dinero, el que blasfema porque no
puede entender a Dios, el que llora porque perdió una apuesta, en fin.



Luego de Miller vino De Sade a explicarle que en muchas
ocasiones los malos ganan. Eso pasó durante cinco largos años de búsqueda, y
todavía no se encontraba.



¿Cuál era su estado mental cuando apareció en su vida la
autobiografía de Klaus Kinski?. Su vida era un suspirar por una vida distinta a
la que llevaba. Correr despavorido por las calles de la ciudad sabiéndose solo,
incomprendido, sin un Demian, sabiéndose conocedor de la magia pero admitiendo
su falta de aptitud para ser mago, amo y dueño de la naturaleza, alquimista, sin
una June que lo crucificara en el color que fuese, sin una Anaïs que tuviera fe
en él, sin miseria en los zapatos que le permitieran siquiera sentirse una
lacra, sin suficiente maldad como para herir al mundo, vamos, si tan sólo fuese
un hijo de la chingada que gustara de violar catorceañeras tendría al menos una
meta en la vida, o ya de jodido que le tocara ser víctima de una dominatress,
pero ni eso. En pocas palabras, todo lo que había aprendido de sus maestros
Hesse, Levi, Miller y De Sade valía lo que una puta madre, pues de todas formas
era un asistente de la oficina de tránsito y su escritorio era similar al de los
otros ocho asistentes, listo como el que más no dejaba de ser una hormiga en ese
hormiguero, seguía sintiendo envidia de los novios que cachondeaban en los
parques, el deseo de las cuarentonas seguía siendo algo vedado para él porque ni
la más urgida le elegía como amante, su dinero no le alcanzaba, y no había
terminado ninguna de las novelas que había comenzado a escribir, esto con la
sazón de que un cuento que presentó en un concurso quedó en el último lugar,
seguía tocando la guitarra de manera horrible, su cara nunca podía mostrar un
cutis presentable, siempre con barritos y manchitas que no pueden llamarse de
otra forma que manchas de pobreza, seguía bastante flaco y su cabello no era el
de los comerciales a suerte de haber sido lavado durante media infancia con
detergente, luego con jabón normalito para después, quizá demasiado tarde, con
shampoo, los pantalones seguían sentándole mal y cada mañana de los días pares
tenía comezón en un huevo a suerte de su pelambrera rocanrolera que ya excitada
dentro de la erección matinal, que sólo en veces mitigaba con una sana
masturbación, se movía como el centenar de antenas de cucarachas de puerto.



Ese día había recibido un dinero extra por comisiones que le
había cobrado a una línea transportista, por lo que pensó que sería idóneo
comprar unos zapatos que disminuyeran un poco su imagen detestable. En sus
condiciones, el lugar en que podría encontrar unos zapatos no tan feos además de
ver una pléyade de mujeres buenas era ir a la calle Morelos, que por extraños
azares del destino siempre tiene gran cantidad de desvergonzadas caminando sobre
sus adoquines. Le pasó por la mente la secreta idea de ser un adoquín, el
tercero a la derecha partiendo del carrito de elotes, ahí donde las muchachas se
paraban a comprar en sus minifaldas, esa idea se esfumó cuando el elotero
derramó mayonesa con chile sobre él, sobre el tercer adoquín.



Luego volteó a ver como le temblaban las nalgas a una fulana
que tenía como medio de locomoción un caminar que podría sugerir que se salía a
la calle, no sin colocar entre sus piernas un afortunado consolador en forma
vergoide, para entonces si, hacer un placentero paseo, después miró con lascivia
a un par de maniquíes lésbicos que parecían gritarle al genero masculino que
dejarían de serlo si hubiese quien les quitara esa condición a vergatazos. La
situación no pudo ser más profética, pues Samuel venía hechizado por unas tetas
respingonas que se metieron a una librería. Cierto que nada ganaba con seguir a
la chica, pues seguro estaba que ésta, con semejantes pechos no se fijaría en su
humilde persona, además traía unos zapatos de mendigo, pues pensaba tirarlos al
probarse los nuevos, sin embargo tampoco perdía nada. De esta manera ese par de
tetas le fueron indicando el camino, le fueron señalando su destino. Ella alzó
los brazos pretendiendo alcanzar una antología de cuentos de Mario Benedetti y
sus tetas alcanzaron unos niveles de belleza indescriptible. La muchacha, como
muchas de las tetonas mexicanas, son bajitas, por lo que Samuel vio la
posibilidad de acercarse más y acudió a ayudarle, y de paso le veía de cerca el
escote, ella le agradeció como diciéndole "ahora márchate" pero él no sólo no se
marcho, sino que se quedó paralizado. Ella volteó su mirada para tenderle una
emboscada a los ojos de él y sorprenderlos encima de sus tetas, Samuel, que pudo
intuir el pestañeo hizo como que miraba unos libros del estante, y se encontró
con el rostro duro de Klaus Kinski, quien bajo las letras "Yo necesito amor" le
miraba sin empacho las tetas a la fulana, y su boca hacía una especie de mueca
obscena, sin siquiera sonreír, ni sacar la lengua, ni mostrar los dientes,
simplemente evaluaba ese par de ubres que tenía enfrente. La chica se esfumó
molesta pero Samuel se quedó mirando la portada que mostraba a un devorador de
pechos muy seguro de si mismo, más desesperado aún que él, "Yo necesito amor",
decía.



Tomó el libro y lo abrió para leer los comentarios de la
contraportada, y comenzó a atar cabos. ¿Era este el mismo cabrón pelón que tanto
le había asustado de niño cuando pasaron por la televisión Nosferatu?, sí, pero
sólo en esa ocasión lo ubicaba. Por otro lado recordó un recorte que tenía de un
periódico, El Nacional, que durante muchos viernes publicaba dos columnas que le
regocijaban "Garganta Profunda" que hablaba acerca del cine pornográfico, sus
actores, su historia, sus aspectos técnicos, sus estrenos, sus clásicos, las
figuras y en general todo, como el género de cine que es, como la industria
monstruosa que es, todo ello comentado por un sujeto que se declaraba pornófilo
ante la sociedad y le gritaba al mundo que eso era bueno, y más abajo otra
sección que se llamaba (llamaba porque las suspendieron sin previo aviso para
los lectores) "Sangre, Sudor y Lágrimas" que trataba del género gore, es decir
aquél que incluye en su casting a la sangre, las vísceras, vómitos, fluidos,
pellejos y todo lo asqueroso. Entre ambas columnas habían adentrado a Samuel en
estos dos géneros, vio la pornografía clásica, vio a Seka, a Anette Heaven, a
John Holmes, a Jonh Leslie, a Ron Jeremy cuando todavía podía autofelarse, a
Verónica Hart que era su predilecta, cuya aparición en la película "El Espejo de
Pandora" es realmente divina, no sólo porque no es ninguna tonta que no sepa
decir más de diez líneas de guión, no sólo porque su cara entera es de zorra, no
de puta, sino de una zorra magnífica, tan así que si a él le ofrecieran filmar
la película de "El principito", rechazaría la filmación si no otorgaran a
Verónica Hart el papel de la Zorra, y domesticarla y domesticarse, ni siquiera
era genial su actuación porque se la mama a Jerry Butler y a otro de manera
voraz, sino por la intensidad de su mirada cuando se planta frente al espejo y
se adentra a ver las historias que éste mismo cuenta, una luz ilumina su cara,
pero esta no emana del espejo, sino de sus labios finos, de su nariz de catálogo
que a nadie importa y de sus ojazos turbios llenos de encanto. Luego vio a la
segunda generación de actrices, a Aja, a Tracy Lords, a Ginger Lynn, a Cristhy
Canyon, y tuvo sus buenas erecciones. En cuanto al terror, conoció a Dario
Argento, su preferido, a Clive Barker y su sensacional Hellraiser, a George A.
Romero y sus muertos vivientes cuya dieta preferida son los sesos humanos, a
Umberto Lenzi y sus desabridos infiernos caníbales, y gracias a esa sección vio
la película más desesperante que hubiera visto, Texas Chainsaw Massacre, donde
lo único que pidió de rodillas es que, por amor de Dios ya terminaran de matar a
la muchacha que pesca Leather face y familia.



Pero en este instante, su mente revisaba sus archivos de
gargantas profundas y sangres sudores y lágrimas, y recordó que este tal Klaus
Kinski había sido tratado ya en uno de los tirajes de "sangre sudor y lágrimas",
decían que la película Pagannini era un film maldito que ni siquiera aparecía en
las guías más importantes de producciones de cine mundiales, y buscando su
rastro parecía no haber pruebas validas de que en realidad existiese, decía que
Kinski pasaba de la cama al violín, siendo igualmente diabólico en ambas, que en
esa cinta puso a trabajar a toda su familia, asimismo al hablar de Kinski lo
llaman "el llorado Klaus Kinski" ¿porqué llorado?, ¿Tanta es su fama?, ¿porqué
no le he visto nunca en películas? y otra cosa, porqué, siendo Pagannini un film
eminentemente cachondo, según el propio recorte que dice que esta producción
sería el deleite del que escribe Garganta Profunda, ¿Porqué sale en sexo sudor y
lágrimas?



Abrió la página inicial y leyó las primeras cuatro páginas,
Kinski interpretando una obra "Jesucristo en malas compañías", bajando del
escenario, armando revuelo, reventando iracundo contra la idiotez establecida,
reivindicando al Mesías como el más viril e intrépido sujeto, lamentándose
secretamente del mundo asqueroso, elevando la violencia que internamente se
lleva dentro. Reconoció en las palabras de Kinski aquellas palabras que le
hubiera gustado decir, le hubiera gustado armar esa camorra, le hubiera gustado
berrear en defensa de Cristo, le hubiera gustado estar en ese escenario, ser él
diciendo todo aquello.



Fue a la caja y pagó el libro. Sus zapatos fueron
considerablemente de más mala calidad, aunque eso no le importó en lo mas
mínimo, pues el libro lo embebió de tal manera que no tenía fuerzas para prestar
atención en nada que no fuese la infancia y madurez del maestro Kinski. Conforme
más leía el libro se percataba de una divertida libertad, aunque una cosa
pareció llamarle la atención, ni mas ni menos que su alma, que entendía a la
perfección los porqués de Kinski, claro, claro, seguro que Kinski con lo
violento que es le diría "¿Y quién eres tú para creer que entiendes mis
porqués?; Si hubieses vivido cada pasión como yo la viví y aguantado el dolor
tan crudo como tuve que masticarlo, entonces, y sólo entonces estaríamos
hablando en el mismo idioma" o peor aún, ni siquiera le prestaría atención al
idiota que se acerca asegurando semejante cosa, pero pese a lo que Kinski
dijera, Samuel entendía el porqué necesitaba amor, porqué le daba lo mismo
acostarse con cualquiera, pensaba en el amor, el amor.



Muchos han criticado el proceder de Klaus Kinski, le llaman
monstruo, pervertido, degenerado, sin embargo nadie alza la vista y encara a ese
personaje perverso que lo indujo durante toda su vida a actuar de esa manera,
ese enloquecido ente que llamamos amor.



Pues bien, la sonora carcajada de violenciase acalla de una
manera trepidante cuando Samuel comienza a leer el advenimiento del hijo de
Kinski, su babyboy, su Nanhoi. Hasta ahí Kinski era apenas y si un excitado que
sabía aprovecharse de la falta de vitalidad del resto de la humanidad, era un
cojelón sin rumbo fijo, a no ser que dicho rumbo fuera otro culo, otro coño, una
máquina de follar, una máquina de amor. Pero ante la llegada de Nanhoi todo
cambia, los continentes de su corazón se sumergen sin tregua entre ese océano
que es su hijo, cuya agua lo invade absolutamente bautizándole las venas con
amor, dándole un significado. Y a Samuel le parecía sorprendente que un ser tan
aberrante encerrara una pasión tal por su hijo, el cual lo convierte a una nueva
religión. Tan avasallador resulta que Samuel juró llamar Nanhoi a su hijo,
cuando éste naciera.



Era el mismo sujeto el que hablaba de tirarse a una fulana
por el culo y el que se expresaba de su hijo con amor indecible, superando, él,
el monstruo, la ternura de Rabrindanath Tagore, resultando más bella la venida
de Nanhoi que la mismísima "flor de champaca"



Las autobiografías nunca tienen una conclusión, a menos que
el que escriba sepa que va a morirse, digamos de manera crónica, y redacte una
página que sirva de final. En el caso de Kinski, su autobiografía si cuenta con
un final, pero ese final no puede contarse si no se cuenta las dos páginas
anteriores al final, en las cuales Kinski casi muere. Está en un paraje repleto
de mariposas, es la casa de campo donde vacaciona con Nanhoi, aunque su hijo no
lo acompaña en esa ocasión, le parece sin embargo tan falto de color, aunque
flores lo tapicen, aunque le rodeen mil mariposas de distintos colores, todo le
parece gris porque su babyboy no está a su lado, hace referencia que las
mariposas están en todas partes, luego se da cuenta que su corazón hace rato que
no late, su pulso no corre, no retumba nada más que un dolor en la sien, su
respiración no describe ya olor alguno, y le sobreviene el pavor, ¡SU HIJO NO
PUEDE QUEDARSE SIN SU PAPOTE!, sufre sólo de pensar en la separación, y el cielo
e infierno le parecen poca cosa porque desde ahí no podrá abrazar a su
chiquilín, luego, así como ocurre con los frenos que se corren cuando vas a 120
km/h, como el cuerpo que cae del poste cuando la policía corta la soga del
suicida, como la eyaculación deseada, así, como los locos que llegan a su último
instante de lucidez para barrerse su mente y entrar al país de la incoherencia,
así Kinski se abandona a un chorro de luz que viene a pintarle su mundo, su vida
entera. "¡Pero que idiota he sido!" se dice a sí mismo "Si todas las mariposas
son Nanhoi" y éstas hacen un todo con todo y él entiende que la ubicuidad de
todo es lo único que permanece, que no puede separarse jamás de su cariñito. Su
mente se descarrila como un tren sin control, y descubre que el camino tan
ansiado no eran los rieles, sino la inmensidad que les rodea, se siente un tren
que puede andar por donde sea, sin necesidad de ruta, a campo traviesa, sobre
las aguas, sobre el aire, sobre cada célula. Deja de ser cuerdo para siempre, y
la óptica de loco es la única que le permite ver el absoluto que representa a
todas las cosas. Deja de necesitar amor porque se convierte en amor, advierte
que el amor está en todas partes, vestido de un orden muy extraño.



Luego viene la carta, esa carta póstuma que escribe para su
hijo una vez que él haya muerto, emotiva, incandescente, entregada, donde se
abandona absolutamente a la naturaleza, a Dios, es decir, a Nanhoi. "No podremos
separarnos jamás" escribe "pues somos el mar, el aire, las montañas, somos la
tierra", y tenía razón.



Samuel no tenía hijo, ni amaba, muy posiblemente no amaba
nada, sin embargo, reconocía en el Maestro Kinski una virtud muy importante, que
hay que entregarse a lo que uno es, aunque ese algo sea algo ingrato, como el
amor, por ejemplo. No hubo meditación, no hubo restricciones, hubo dolor, mucha
pobreza, riqueza también, pero no era eso lo que importaba, lo indispensable es
que había una intención, y en eso coincidían Kinski y Samuel, esa intención era
el amor.



Samuel cambió. Adquirió lucidez. Cinco veces leyó el libro
antes de pensar que él tenía que escribir un guión acerca de Kinski. Las cosas
que dijo, su mensaje visceral era algo que debía saberse, era algo que deberían
anunciar en la T.V. Comenzó a hacer un monólogo de Klaus.



No obstante su buena voluntad de hacerlo, había un
inconveniente, no había visto ninguna película de Klaus Kinski, es decir, se
forjaba en su cabeza una silueta, la de la foto de la portada de su libro, pero
¿Cómo se desenvolvía?, buscó películas y lo que encontró en los vídeo clubes fue
patético, "La chica del tambor", otra que no recordaría ni el nombre en el que
un imbécil, el estelar con dentadura postiza, observaba una foto de fines del
siglo XIX y descubría que un sujeto portaba una ametralladora, el sujeto era ni
más ni menos que Kinski, un Kinski viajero en el tiempo, gesticulante en exceso,
con una mirada de dolor muy profundo, "La casa de Madame Claude" donde sale de
magnate, y la de "El precio del placer" donde también hace de magnate a lado de
Ornella Mutti. ¿Porqué las caracterizaciones eran tan malas? Es cierto que el
propio Klaus decía que en su mayoría las películas las había rodado por dinero,
era obvio que le interesaba un cuerno hacer un excelente trabajo, y el colmo era
que Samuel sólo veía ese tipo de filmes.



Afortunadamente el centro Cultural Alemán decidió rendir un
homenaje a Werner Herzog, es decir, de cajón tenían que pasar las películas de
más renombre de Kinski. Si bien es cierto Kinski parece aborrecer a Herzog, sus
mejores caracterizaciones las hizo bajo su dirección. Luego de soportar
asquerosidades como "Fata Morgana" o "Los enanos también empezaron desde
pequeños", pudo ver "Fitzcarraldo", "Aguirre o la ira de Dios", "Nosferatu", y
la inusual "Cobra Verde", y fue hasta entonces que Kinski fue percibido en su
tridimensión, además le resultó interesante ver que en Cobra Verde escribía en
una bitácora, pero pudo ver que seguramente así lucía al escribir su
autobiografía.



Esos sábados por la tarde en que proyectaron las películas la
gente se reunía en una salita apenas y adecuada para albergar una cuarentena de
personas, y sorprendía que en ninguna de las funciones se llenaba. Vendían café
y galletas, pues era una especie de café cine, y los asistentes eran por lo
regular gente mamoncita que iba en gran parte para hacerse los culturales, los
hippies o los in. Uno que otro iba a reír con las irreverencias predecibles de
Herzog, las cuales eran de pésimo gusto, por ejemplo una escena de "Los
enanos..." en que crucifican a un mico, o en Aguirre, que coronan a un imbécil,
y sus risotadas eran tan predecibles y tan de mal gusto como los chistes que les
daban origen.



La tipa que coordinaba el ciclo de proyecciones, o el "cine
club" como ostentosamente deseaba llamarle, no tenía idea alguna de lo que era
un cine club, las galletas no hacían un cine club, no se comentaba nada acerca
de la película.


Samuel se le acercó antes de que empezaran las películas de
Kinski y le ofreció su ayuda, obteniendo información de los filmes, con
comentarios, pero la chica, que en realidad era una muchachita temerosa y frágil
que no tenía el valor de consultar nada en lo absoluto, y no sería raro que las
películas de Herzog, incluyendo las de Kinski, le desagradaran por completo, de
ahí que no le interesara saber absol
 



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Relato: Arakarina (20: El bar y Samuel)
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