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Relato: Arakarina (23: La balada de Andrea)


 


Relato: Arakarina (23: La balada de Andrea)

  

ARAKARINA XXIII


LA BALADA DE ANDREA


ANDREA




Claro que merece un escarmiento, aunque yo no soy quien para
dárselo. ¿Acaso estoy aquí para eso?, ¿Para cultivar esa clase de sentimientos
estúpidos?. Como decir que estoy arrepentida de llevar las cosas hasta aquí, si
lo piensas es muy probable de que ese sea el principio en que cumplas tus
amenazas, y no me place la amenaza, mucho menos cumplirla. Además todo fue culpa
de mi gran corazón.



¿Cómo imaginar que la amistad con Lulú es la misma?, una cosa
es ver que la posee su marido y otra muy distinta que la posea mi marido. No me
avergüenzo de él de ninguna manera, aunque me ofende pensar que sería feliz con
cualquiera, teniendo caderas y un par de pechos, teniendo una boquita dispuesta.
Hablo como las integrantes del club de las inseguras. Luego veo sus ojos, sólo
me aman a mi, con eso debería estar satisfecha.



Yo creo que es tanta perfección en nuestro amor el que nos
hace cometer tonterías con tal de tener parámetros para poder medir y comprobar
cuan grande es. Un platillo de amor perfecto diariamente puede constituir una
dieta aburrida. Ni siquiera puedo reclamar eso, en nuestra relación la única
constante han sido las sorpresas, ¿A qué quejarse?



Ya le habló a su amigo Samuel que no sólo no es mi tipo de
hombre, sino que además tenemos muchas diferencias. Me sorprende decir eso, ¿Y
qué si fuera mi tipo? De todas formas no haría nada. Mi cuerpo lo doy a quien yo
quiera, y el único que toma todo por el todo conmigo es Josué.



Me termino de vestir y me doy cuenta que el destino o mi
subconsciente me juega bromas escabrosas, pues mientras pienso que no haré nada
que hiera a Josué, me he vestido bastante bien, luzco encantadora y eso lo
podría entender como interés de mi parte por acostarme con su amigo, lo que no
es real. Me dan ganas de afearme un poco, pero termino por no hacerlo porque ya
timbran a la puerta.



Va Josué en dirección a la puerta, va con su espalda
encorvada, una espalda que no es la suya, una espalda abatida en él que nunca se
abate. Como si se diera cuenta que le miro, que no puede ser porque yo le
observo a través de un juego de reflejos de dos espejos, se endereza, dispuesto
a darle una paliza a su mejor amigo si éste llega a tocarme una uña, o dispuesto
a morirse de pena.



Corro en dirección suya y le detengo del brazo. Le digo que
nada es real excepto mi amor por él, que todo lo sucedido ha sido una tontería.
Él no dice nada y se encamina de nuevo, me da miedo y le vuelvo a jalar, le
reitero que le amo, que nunca, ni como sospecha le haría sufrir de nuevo. Él me
mira con los ojos húmedos, conmovidos, no me dice nada, pero todo entero.



Bueno, parece que esta visita será para mi una impaciencia.
Quiero estar a solas con él, y todavía ni siquiera abre la puerta.



Entra Samuel. Bla, bla, bla, bla, bla, bla, bla, y ding dong
otra vez. ¿Quién puede ser?. Es Lourdes, habrá que ver la pinta que se carga. Me
da gusto verla, me abochorna a la vez que ella y Josué se esquiven, pues ambos
son importantes en mi vida y ahora parece que yo les condené a hacerse los
antipáticos el uno con el otro. Me acuerdo de mi amiga debajo de mi esposo y me
irrita que él forzosamente también seguro se acordará. ¿No será mejor olvidarse
y darle su justo valor, lo que fue y ya, sólo una follada amistosa, un gesto
esquimal de mi parte?



Samuel empieza a hablar de un monólogo. Lo hace con tanta
entrega que no cabe duda que se trata de su proyecto personal. No sé porque no
me cae mejor, si en realidad es un gran tipo. Acaso es que siempre deja bien
puntualizado que es amigo de Josué y mío sólo por ser su mujer, pero en realidad
si la mujer de mi marido fuera otra él la trataría igual que a mi, aún si la
cambiase, él simpatizaría más por él que por mí misma, no debería importarme,
aunque me queda un sinsabor injusto, porque yo si lo atiendo a él por él mismo,
y ahí no es reciproca nuestra intención.



Lulú no pierde un segundo. Es bonita e infeliz, lo que podría
sonar paradójico. Durante años ha soportado a su marido insoportable. Por todo
la cela, es casi un gendarme. En vez de hacerle el amor le hace la sentencia, en
vez de pulseras le regala grilletes y estúpidamente quiere sonar convincente al
explicar que son casi lo mismo. Busca que los ojos de ella miren a otro y con
eso excluye su mirada del juego. Creo que sólo cuando cojen son felices, pero
nunca cojen. Él se cree perdido, por lo tanto está perdido. Y ella que no se
acostumbra a esperar, ella que cada noche le pide sexo y él cansado se duerme
para soñar que le hace el amor. Siempre me parece increíble que dos personas se
eviten cuando lo más sencillo es lo contrario. Igual y no es una mujer que, pese
a su gran punch hormonal, arrastre gran cantidad de admiradores. Acaso alguien
quiera de vez en cuando aprovecharse de ella, pero de ahí a que alguien le
quiera proponer algo serio hay mucha distancia. A mi todo eso me abruma, siento
que merece ser feliz, siento que yo merezco una amiga feliz en vez de una amiga
conflictiva que casi siempre me comparte sus problemas. Acaso la veo distinta,
ella que nunca se había atrevido a meterse con nadie se aventuró con Josué, que
no deja de ser una buena alternativa para iniciarse en el adulterio, pues mal
que bien es una máquina de hacer el amor lo cual puede generar un buen
prejuicio, una buena predisposición a pensar que en el mundo uno puede
encontrarse con ricos miembros que sólo están en espera de nuestro
consentimiento para ofrecerse de voluntarios del gozo.



Samuel recita su monólogo y yo les veo a los dos. Lulú y él
podrían simpatizarse. Además no creo que a Lulú le vendría nada mal esa
salchicha enorme que se le nota debajo del pantalón a Samuel, está de bastante
buen tamaño, habría que ver también su uso. Desde luego a Samuel este monólogo
lo pone cachondo, y es un morboso por no traer calzones. Creo que a Lulú también
la pone hot el monólogo.



Lulú se va, ojalá Samuel se marchara también. Le pregunta a
Josué de la llamada y me encantará escuchar la respuesta que éste le dé, pero
eso no ocurre, Samuel sale disparado corriendo tras Lulú, ojalá la alcance, a
los dos les hace falta encontrarse.



Nos quedamos solos y sentados cada uno frente al otro, cada
uno en un sillón individual, mirándonos con deseo, me convenzo de que éste es el
hombre que deseo tener entre mis piernas precisamente ahora, quisiera estar
sintiendo en este preciso momento su cuerpo dentro del mío, eyaculando todo el
amor con que cuenta, sentir la textura de su piel como la de un pez globo
inflado, henchido cada poro en conos volteados, sentir el bautismo de mi matriz
consagrada para él ante todas las leyes, sobre todo ante aquella del amor, la
natural, la única que acata mi corazón. Sonreímos mirándonos, podríamos estar
así horas enteras. Eso si nos lo permitieran, pues el ding dong del timbre suena
de nueva cuenta.



Rompemos nuestro trance y Josué se asoma a la ventana, ve
quién es y me mira alzando las cejas y abre la puerta. ¿Quién iba ser? Me da
risa y ganas de aplaudir de lo que veo, no se qué pasa, lo que si sé es que es
una de esas escenas en la que dos personas se están saliendo con la suya y eso
no puede más que darme gusto. Por alguna razón Samuel lleva cargada a Lulú y
ésta está muy cómoda ahí. Ellos no lo saben, pero se les nota que están haciendo
el amor. Eso los hace lucir más simpáticos. ¿Como negarle a esta pareja que
tanto queremos lo que fuera?, está bien, pasen a la habitación, si, toma esa
vasija, lávala bien, no, no hay alcohol, crema si hay, aunque tiene un poco de
petrolato, evítenla como lubricante si han de usar condón, es cierto tienes
razón, no, desde luego no nos incomoda que cierren la puerta, pueden coger si
gustan, si no importa si rompen el colchón, eso es un halago a ésta su casa, en
el buró hay condones si quieren, si, repito que la puerta se cierra por dentro.



Y la cierran.



Volvemos a nuestros sillones, nos seguimos mirando pero ahora
nos reímos juntos, nuestra risa es común. Queremos carcajearnos, pero es mejor
así, dentro nos reímos más a nuestras anchas. Le miro y el comienza a bromear,
mueve sus ojos en todas direcciones, como si fuese un androide loco que con sus
ojos desea despertar sospechas respecto de lo que sucede en nuestra habitación.
Han prendido el candil, la "curación" ha de ser inaplazable.



Nos miramos unos segundos más y yo no resisto. Me paro de mi
sillón, me descalzo y me dirijo a la puerta, deseo tocar, pero en vez de eso me
entra la curiosidad y bajo mi rostro a la altura de la cerradura. ¿Para que
sirven estas cerraduras antiguas sino para fisgonear? Después de todo existen
chapas mucho más seguras y modernas que esta vieja perilla y el orificio de su
llave por la que bien cabría una barra de chocolate.



La primera vez que me asomo él tiene en su regazo los pies de
ella y le da un masaje con mucha ternura, los está moldeando con sus manos, los
acerca a su boca, los lame. Me retiro.



Me vuelvo a asomar luego de unos minutos y descubro que el
miembro de Samuel es mucho más enorme de lo que pensé, también descubro que la
garganta de Lulú es mucho más profunda de lo que pensé. Ella no se ha
desvestido. Invito a Josué a mirar. Lo hace, pero muy poco, se retira y me toma
de la cabeza para que siga observando. Tomo nota de todo y cuanto pasa dentro de
la habitación y pasado un tiempo siento que el aire helado me toca las piernas,
Josué me está levantando la falda, me toca con sus manos. Le encanta tomar en
cada una de ellas mis dos nalgas, las abre y cierra, las carga como si estuviera
en un harem sopesando si ésta es la esposa que le conviene tomar hoy, y siempre
me elige. Yo abro un poco más mis muslos y él sigue tocándome como sabe que me
gusta. El juego me agrada porque mi sexo comienza a mojarse bastante bien, y yo
que soy una gritona de primera me veo forzada a morderme la boca para no hacer
el más mínimo ruido, pues mal que bien estamos del otro lado de la puerta. Mi
respiración empaña un poco el esmalte de la puerta, aunque es de madera. Hay
silencio en mi cuerpo entero, aunque es un decir, es como pensar que un volcán
está dormido sólo porque no hace ruido. El ejemplo me gusta, porque eso es lo
que descubrirá Josué cuando me meta su carne, descubrirá que esta metiendo su
palo en un volcán, hay lava, hay movimientos telúricos, habrá erupción, habrá
una fuerza arrasadora.



Su lengua viene a investigar y seguro entiende que por la
cerradura Samuel está amartillándole las caderas a Lulú. La muy loca no tiene
empacho de gemir a discreción, y no lo hace por molestar, se la están cojiendo
muy bien. Me dan ganas de aplaudirles. La lengua de Josué me conoce muy bien.



Cuando siento la punta del falo en la entrada de mi cuerpo
siento un temblor y un gusto tan arrebatador que no puedo evitar perder el
equilibrio y le doy un frentazo a la puerta, esto lógicamente la hace sonar y
dentro Samuel y Lulú voltean violentamente, pero nada hacen por cubrir sus
cuerpos, es decir, sólo voltean, pero al ver que no pasa nada siguen en lo suyo.
Y yo en lo mío, siento como mi maridito quiere taponar el volcán con una gruesa
y larga herramienta. ¿Qué pasaría si a un volcán le metes un cilindro, digamos
de forma vergoide, por la hendidura de su cima?, ¿Acaso no sería el principio
del fin, no escurriría lava por todas partes y temblaría la tierra furiosa,
acaso no provocaría un caos y la nublazón de toda razón planetaria? Pues tal
cual la lava caía a chorros, ni siquiera la lava de él, sólo la mía. Es como si
del espacio apareciera un ser intergaláctico de suficiente tamaño como para
hacerle el amor al planeta a través de un orificio volcánico. Así continúa este
ballet, las manos de Josué apartando mis nalgas una de otra para entrar más
profundamente, luego sujetándome de la cintura para moverme a voluntad. Me
encanta su estilo. Podemos coincidir entre hacerlo o no hacerlo, pero ya
haciéndolo son sus reglas las que valen, él manda aquí, y como no habría de
hacerlo si sus instrucciones siempre son las más dulces y placenteras.



Dentro de la habitación Lulú se está viniendo frenéticamente,
ya sin la presión de estarme hiriendo a mi. Aúlla y eso me hace ponerme más
excitada. El miembro de Josué se pone más duro, pero no me molesta, es natural.
Samuel parece estarse vaciando también, debe ser así porque Lulú con una mano le
empuja las caderas para que se la meta más y con la otra le sujeta los
testículos. Supongo que la sensación fue completa, agarró nalga, sintió el
chorro de semen, y el morbo de sujetar las bolsitas que tiemblan como bolsas que
contienen hamsters vivos.



Caen fatigados en nuestra cama y yo me resisto a esperar
siquiera un minuto. aseguro la puerta por fuera con un pasador y nos
encaminamos, sin separarnos, a nuestra sala de piel.



Josué me tiende sobre un sillón individual y me toma con
fuerza, entre cada arremetida me toca el cuello, las orejas, las nalgas, los
pies, los pechos, las axilas, la columna vertebral, los muslos, el ombligo, la
boca, los ojos, el cabello, y siento su gran duda de no saber qué es lo que le
gusta más. Comienzo a venirme después de algún tiempo y no puedo callar mi gozo,
lanzo un grito.



Después de esto disfrutamos de un momento pleno, yo me doy
cuenta cuando Josué va a eyacular, su corazón camina más aprisa y el ritmo de
sus caderas se vuelve más rotundo, decidido, fuerte y energético, tal como si
corriera un auto deportivo y el orgasmo sucediera al caer en un barranco sin
final. En este caso ese dirigirse al orgasmo transcurrió a lo largo de varios
minutos de acercarse, para luego reventar en un chorro tan fuerte que pensé que
no se venía por donde siempre, sino que pensé que se le había zafado la cabeza
del pene y por ahí, por una manguera así de gruesa, hubiera salido la dulce
leche caliente.



Exhaustos, después de ir a la cocina a beber un poco de
limonada de en la tarde, y claro, ya vestidos, quitamos el pasador de la puerta,
intentamos abrir pero estaba cerrado por dentro. Me asomé por la cerradura.




SAMUEL




Desde luego no nos esperaban. ¿Cómo podría este par decirnos
que no éramos bienvenidos, nosotros, sus mejores amigos? Claro que no era algo
usual que yo, después de salir corriendo como lo hice, regresara con ella en
brazos, como un héroe del fin del mundo, como un solitario vagabundo de guerra,
como un sacerdote de algún rito antiguo caníbal, ofrendador de doncellas, y
sobre todo con sangre en la boca, seguro que de esa victima que inocente me
abrazaba, a mi que tan desvergonzadamente aparecía dispuesto a obtener a como
diera lugar un poco de privacidad, el lobo lamiéndole la rodilla a caperucita
para que no se le muera.



Ebrio me conduje hasta colocarla en la cama. Un colchón
delicioso, pude sentir. Pedí una bandeja de agua para enjuagar a Lula. La
trajeron y cerré la puerta. Primero le amé los pies con las manos, disfrazando
todo de masaje. Luego de enjuagarle un poco los pies con saliva acerqué la
bandeja que nos habían prestado. Con esa agua comencé a curarla por la rodilla,
y conforme el agua rodaba hasta su entrepierna alzada, su respiración resultaba
cada vez más profunda. Le baje parte del vestido para descubrirle el pecho.


- Déjame curarte el corazón- Le dije.


- Está del otro lado- replicó complacida por mi gesto y
divertida por mi ignorancia.


- Tan así de mal estás, juraría que tienes el corazón del
lado equivocado. Pero ¡Que suerte! Estoy aquí con el más amplio deseo de hacer
lo que sea.



Me besó en la boca más para callarme que para amarme, pero ya
callados nos comenzamos a amar. Que rico, que perfecto el cuerpo de esta mujer,
que actitud tan ideal, que hechizo. La desnude y me desnude también, y el amor
se hizo a si mismo, empleándonos a nosotros como sus más tiernas marionetas.
Ella olvidó por completo que estábamos de visita y no escatimó el más leve
grito, gimió, maulló y gruñó cada vez que lo deseaba.



El sexo terminó pleno. Después de un intento de salir,
resulta que estábamos encerrados. Nuestros brillantes amigos habían decidido
hacer lo mismo que nosotros. casi no se escuchaban ruidos, pero era obvio. Me
asomé por la cerradura y vi como el buen Josué se tiraba a Andrea a la más
ortodoxa posición perruna. ¡Vaya que la esposa está mucho muy buena, y aunque me
hubiera quedado viendo con interés, fingí que esto me resultaba demasiado normal
y di espacio para que la que mirara fuera Lula.



Ella se empinó para mirar. Sus caras casi me describían qué
posición hacían nuestros amigos. Los gemidos de Andrea y el delicioso culo de
Lula, tan de modo, y ese movimiento suyo como pidiendo más sexo, obraron
maravillas en mi miembro, el cual resucitó de entre los muertos, más duro y
vital que antes.



Ella no esperaba que de repente se le volviera a encallar mi
palo en su cuerpo, pero así fue, y además eso fue maravilloso. Ella empinada y
fisgoneando, yo amándola así, con todas mis ganas. Maravillas de la telepatía,
cada empujón hacia dentro de Lula lo que escuchaba era un gemido de Andrea.
Soñar se vale, y creo que las tomé a las dos en un sólo trasero. Se alzó para
susurrarme - Acabaron.


- Pero nosotros no.


- Claro que no, llévame a la cama.


- Está bien, pero cierra ahí.



Ella atrancó la puerta. Trabajamos en cuatro orgasmos para ella y uno
bastante seco más para mí.


 



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Relato: Arakarina (23: La balada de Andrea)
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