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Relato: El regalo


 


Relato: El regalo

  




Cuando terminé de quitar la envoltura, abrí la caja y me sorprendí al
encontrar aquel objeto que nunca me imaginé que fuera el regalo que mi amiga
bernardita me regalaría. A ella la había conocido en la tienda de mi padrino,
donde estaba trabajando mientras duraban mis vacaciones de verano. bernardita es
sobrina de mi tía Amelia, y tenía 23 años, cuatro más que yo, y a pesar de la
diferencia de edad nos frecuentábamos mucho.



La caja contenía un objeto alargado, color semejante a la piel, de un material
suave y un tanto flexible, y su forma era lo más cercano a un miembro masculino,
con unas gruesas venas y poros. Incluso tenia una parte que era como una base,
que tenía la forma de un escroto muy bien logrado, con pliegues y todo.



Lo tomé con mis manos. Debería medir unos 23x7 centímetros.



No entendí por qué Alejandra me había mandado eso, y pensé qué bueno que había
abierto el regalo en mi recámara. Si lo hubiera abierto delante de mis invitados
me hubiera muerto de vergüenza. Una comida para celebrar mi cumpleaños. se había
terminado hacía algunos minutos. No hubiera sabido qué hacer pero sí habría
sabido qué hubieran pensado de mí.



Entonces, en mi mente apareció la idea de una broma. Sí, ella era tenía un
carácter tan jovial que seguramente lo había hecho para ponerme en ridículo
delante de toda la gente cuando abriera la caja. Lo que no contaba es que yo no
estoy acostumbrada a abrir mis regalos delante de todos. Así que le había
estropeado la trampa. Seguramente lo había conseguido en una sex shop, donde
venden ese tipo de artículos como para bromas de despedidas de soltera.



El llamado de mi padre en el pasillo me hizo guardar rápidamente el objeto en la
caja, y cuando entró solo le dije que estaba viendo mis regalos. Bajé a cenar, y
mi regalo se quedó encima de mi cama, junto a una ropa.



La cena transcurrió sin novedad alguna. Pero en la noche, me retiré a mi
habitación, y recogí las dos blusas que me habían obsequiado mis familiares, el
estuche con los aretes que me había regalado mi papá, el un CD y junto estaban
con los boletos para ver a mi cantante favorito en concierto.



Y también estaba la caja con el regalo de bernardita. Entonces empecé a pensar
qué diablos iba a hacer con eso?. ¿Dónde lo iba a esconder? Si lo veía mi padre
ya sabía el lío que iba a armar. Tomé el teléfono y marqué el número de
bernardita, sin embargo no estaba. Seguramente ese había ido con su padre a
algún lado después de mi fiesta.



Estaba cansada, así que me quité el pantalón de mezclilla, los tenis, y me
acosté en la cama, con mi camiseta que tenía al personaje de ricki martín
estampado. Saqué nuevamente el objeto de su caja, y ésta cayó sobre la alfombra.
A la luz de suave luz de la lámpara, los detalles del consolador se volvían más
dramáticos. Los bordes y formas producían penumbras que contrastaban con las
brillantes venas y pliegues. Viéndolo bien, era casi una obra de arte. No creo
que le hubieran sacado un molde a un pené real, pero quién sabe. Se veía con
tantos detalles. Comencé a imaginar cómo sería tener en mis manos el de Omán.
Nunca había visto más que el de mi primo menor, eso había sido cuando era yo una
niña, y él un bebé, por eso no contaba. Con las yemas de mis dedos dibujé cada
sus contornos. Si bernardita supiera que su regalo no había funcionado qué
pensaría? Seguro no se imaginaba que ahora lo tuviera tranquilamente junto a mí.
Continué acariciando la suave textura. Se sentía rico. Comencé a sentirme
húmeda, y esa sensación era placentera. El pené flexible tenía un olor peculiar,
de goma pero con un aromatizante. Era algo delicioso, y así se sentía. Así, que
lo dirigí hacia mi labio superior, que es tan sensible. Lo pasé varias veces en
mi piel, y sentí sus caricias, como si él también me correspondiera.



Entonces me llegó ese pensamiento contra el que no ejercí ninguna fuerza para
oponerme. Lo dirigí hacia mi pubis. Lo pasé suavemente sobre mi vulva, sobre mi
mojada pantaleta, acariciándome como nunca antes lo había sentido. El objeto se
deslizaba fácilmente sobre humedad de la tela, y hacía aparecer la forma de mi
excitada vagina. Mi respiración se había agitado. Toqué mis mejillas que estaban
calientes. Simplemente me bajé las pantaletas y abrí las piernas. Dirigí mi
regalo especial hacia mi vagina, y comencé a acariciar mis labios menores con su
cabeza. Se sentía delicioso. Con los dedos de mi otra mano comencé a acariciar
mi clítoris. El consolador se movía en diferentes direcciones, y cada roce sobre
mis partes íntimas me ponía más caliente aún. Entonces sucedió. Fue como si
cobrara vida, y por tanto tuvo personalidad. El objeto de goma se convirtió en
un amante imaginario, la materialización de los amores que no se habían
realizado. Mi primer pensamiento fue pensar que era Omán, el amigo del que
hablaba mi padre. Imaginé que él penó artificial no terminaba en las bolas, sino
que tenía cuerpo, manos, brazos, boca, que era Omán quien estaba conmigo en mi
cama y quien tocaba mis secretos.




-Quieres entrar papacito? Le dije, mientras abría con dos dedos mi vagina, y vi
cómo comenzaba a introducirse buscando paso entre mis labios vaginales. Sentí
cómo el suave material se comprimía un poco y cómo se doblaba para acomodarse a
la dirección de mi interior. Me resultó bastante excitante ver el alargado
miembro introducirse lentamente, y no pude evitar sonreír, aunque mi sonrisa era
como una mueca debido a que los músculos de mi cara estaban se tensaban de forma
irregular. Lo seguí metiendo aunque comencé a sentir un dolor que me obligó a
detenerme. Volví a las caricias que mis dedos proporcionaban a mi clítoris.



Debo confesar que no tuve el valor de metérmelo completamente esa noche, y creo
que mi umbral de dolor no hubiera estado preparado para soportarlo tampoco. Sin
embargo, aquel objeto se movía insistentemente entrando y saliendo de mi cuerpo.
Recuerdo que lo levanté y besé los falsos testículos, sometiéndome a los deseos
de mi amante imaginario. Fantaseaba con que Omán estaba conmigo y me hacía suya
esa noche, y casi podía ver sus amplios pectorales que rozaban los erectos
pezones de mis senos, que también eran acariciados por el artículo erótico,
gracias a la humedad que estaba impregnada en su superficie.



En un momento, pareció dirigirse hacia mi ano. -Quieres ahí también, mi amor?
Claro que sí - le dije, mientras lo dirigía hacia aquél virginal rincón. Y pude
sentir cómo iba penetrando por ese otro orificio, gracias a la lubricación de mi
vagina, que ahora tenía mojada toda la región. Me pareció que aunque al
principio también tenía dolor, era alguna manera diferente al que había sentido
por adelante.


Digamos que este dolor sí lo podía soportar. Me sentí avergonzada
por lo que estaba sintiendo, sin embargo mis dedos se enfocaron en continuar con
las caricias del área clitórea, y comenzaron a tomar un ritmo frenético. Saqué
el vigoroso pene de mi trasero y lo empapé en mis fluidos que eran abundantes.
Restregaba sus contornos en mis ingles, el interior de mis piernas, y contra mis
labios vaginales, que los sentía rozados. Pero mi cuerpo temblaba, podía sentir
el sudor que mojaba mi almohada. Mis dedos se movieron cada vez más rápido,
dirigí a mi amiguito hacia mi boca y comencé a mamarlo. En mi boca entraba
completamente, aquí no había dolor que me limitara, y pude sentirlo hasta mi
garganta. Lo saqué para lamerle la cabeza, y luego volví a chuparlo. Mis propios
dedos me volvían loca, y en momentos eran ineficientes substitutos de mi amante
de plástico al introducirse entre mis labios vaginales, pero nuevamente
volvieron a mi clítoris para darme uno de los orgasmos más exquisitos de mi vida
mientras yo mamaba y gemía. Finalmente lo extraje de mi boca para llevarlo a su
nuevo hogar: mi vagina. Lentamente me fui relajando, mientras mi inquilino
continuaba moviéndose lentamente sin ningún cansancio, proporcionándome más
minutos de sensaciones placenteras.



De esta forma, poco a poco fui consiguiendo el sueño, aquel consolador compartió
conmigo mi lecho, como un fiel compañero.



A la mañana siguiente, la voz de mi padre me despertó, pues íbamos a salir a La
Marquesa, un parque nacional a unos kilómetros de la ciudad. Al abrir las
cortinas mi padre, la luz iluminó las sábanas y una inseguridad se apoderó de mí
al mirar mis pantaletas tiradas junto a la cama y la caja del regalo sobre la
alfombra. Una vez que mi padre salió de la habitación, levanté las sábanas,
buscando a mi nuevo amante, y una angustia me invadió al no encontrarlo. De
repente me di cuenta que mi regalo no se había despegado de mí, estaba aún
dentro de mi cuerpo, el muy hábil había logrado irse abriendo paso y ahora
estaba metido hasta el fondo.



Todavía conservo aquel regalo como uno de mis más preciados tesoros. Y aún sigue
acompañándome algunas noches. Su aspecto no ha cambiado, ni tampoco su
vitalidad. Aún sigue teniendo las mismas ganas de hacerme mía como aquella noche
inolvidable.



Autor: anna Karina



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