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Relato: Perra obsesión (3)


 


Relato: Perra obsesión (3)

  

PERRA OBSESIÓN III



Por: Horny


Querido lector, recomiendo la lectura de "Perra obsesión I" y
"Perra obsesión II" para mejor comprensión de este capítulo.


*******



Resumen Perra obsesión I: Me obsesioné con una
desconocida en la calle, logré que ella fuera al Spa donde trabajo como
masajista y me gané su desprecio gratuitamente.



Resumen Perra obsesión II: Me dediqué a observar a
aquella mujer "Diana" y a su amiga Carmen las cuales tenían una extraña relación
de dominación. Carmen y yo nos volvemos tan amigas que terminamos masturbándonos
mutuamente ante la atónita mirada de Diana.


*******


Mis días en el Spa continuaron sin mayores novedades hasta el
miércoles, día en que Carmen fue a buscarme, sola por primera vez, justo cuatro
días después de lo que había ocurrido entre ambas. Me sorprendió gratamente su
visita, vestía una falda blanca corta y blusa del mismo color, a leguas se veía
que venía de jugar tenis. La recorrí de la cabeza a los pies con la mirada y
ella se acercó a mí y como la cosa mas natural del mundo me saludó con un beso
francés a la vez que me acariciaba las nalgas por encima de la falda.


¿Me das un masaje? – me preguntó guiñándome un ojo.


Yo bien sabía que tras ese masaje había algo más, era más que
obvio así que le dije que mejor fuéramos a uno de los saunas, que ese día y a
esa hora casi nadie iba por esos lados. Agregué además aunque innecesariamente
que un masaje allí sería mucho mejor. Trató de tomarme por la cintura mientras
caminábamos pero yo me separé, no me interesaba para nadie que alguien me viera
y mucho menos mi jefa.


Llegamos al sauna y le di espacio para que entrara primero,
momento que yo aproveché para mirarle el trasero, nada despreciable… se le veía
espectacular con ese falda blanca. Al entrar cerré la puerta y bajé un poco la
temperatura del lugar, coloqué una toalla sobre uno de los páneles de madera
dándole la espalda. Cuando me di vuelta Carmen estaba completamente desnuda, me
sorprendió no solo contemplar de nuevo la belleza de su cuerpo sino su rapidez
para desvestirse y su determinación para hacer las cosas, definitivamente esta
mujer no se lo pensaba mucho antes de hacer lo que se le antojara.


Se acercó a mí, yo permanecía tiesa e impávida, no estaba
acostumbrada a este tipo de cosas, nunca había estado con una mujer, lo máximo
que había hecho era lo de la mutua masturbación con Carmen de días atrás. Desde
que había visto a Diana la idea de acostarme con una mujer me excitaba y al ver
a Carmen desnuda sirviéndose en bandeja de plata para mi mucho más. Ahí me di
cuenta que es verdad que una lesbiana puede oler a kilómetros a una mujer con
ganas y yo tenía muchas, muchas ganas de sexo.


Ese día yo llevaba puesto como siempre una falda y una blusa
blanca ligera, ropa mas cómoda para mi trabajo, una tanga blanca y sostén del
mismo color.


Carmen estaba a escasos centímetros de mi cuerpo, sus pechos
casi rozaban los míos que se movían hacia arriba y hacia abajo casi
imperceptiblemente, producto de mi respiración agitada en ese momento.




Valentina… me gustas muchísimo – me dijo Carmen besando
la comisura de mis labios mientras me apretaba las nalgas piel a piel, las
separaba y amasaba casi con rudeza.


Tu a mi me gustas también – le contesté – me provocas
mucha calentura.


¿Es la primera vez que vas a estar con una mujer? –
preguntó notando mi nerviosismo.




Asentí con la cabeza…. Carmen, experta en esas lides tomó
siempre la iniciativa, yo simplemente me dejé llevar, cerré los ojos y me
dediqué a sentir, también al cerrarlos imaginé que era Diana la que estaba
conmigo, mi musa, mi amor imposible, la mujer que amaba y odiaba a la vez, mi
obsesión….


Con determinación y suavidad me quitó la ropa quedándome solo
en sostén y tanga.




Me encanta como se te marcan los pezones por encima de la
tela, a pesar del calor se adivinan grandes, gordos, exquisitos – me dijo
mientras los lamía con deleite por encima del sostén.




Yo temblaba como una hoja al viento, de temor y placer.
Carmen era de esas mujeres a las cuales no se les puede negar nada, que saben
que el mundo entero se rinde a sus pies solo por su belleza, que son capaces de
llevarte al séptimo cielo con ayuda de unas manos hábiles y una lengua experta.
Y vaya que lengua… se enrollaba como una víbora alrededor de mis pezones cada
vez mas marcados. Luego me bajó un poco el sostén dejándolo justo bajo mis
tetas, elevándolas y juntándolas como si fuera una sola teta enorme. Las tomó
con ambas manos y comenzó a alternar sus besos de un pezón a otro con una
velocidad y con unas ganas impresionantes. Sentí que me iba a correr ahí mismo,
las piernas me flaqueaban y ella como adivinándolo me agarró por la cintura con
una de sus manos mientras con la otra me tomó por la barbilla casi con rudeza, y
es que esta mujer en verdad era ruda, pero me gustaba esa forma dominante que
tenía de tratarme, me gustaba sentirme poseída por ella, dominada de esa manera.


Su boca se juntó con la mía, nos mordíamos como si nos
fuéramos a arrancar los labios la una a la otra, los sentía calientes,
inflamados, sentía casi como si estuvieran ocupando por completo la boca de
Carmen, me dolían y a la vez me gustaba, no quería que dejara de besarme de esa
manera tan agresiva como si estuviera marcando su territorio.


Unos segundos después me acostó boca arriba sobre la toalla
que yacía sobre uno de los páneles de madera. Sin demora me separó las piernas a
todo lo que daban, a lado y lado de la estera, me corrió la tanga húmeda, por el
calor y mis flujos y tumbándose boca abajo con su cabeza sobre mi concha
depilada comenzó a darse un buen banquete.


Al minuto yo ya estaba en la fase de pre-orgasmo. Esta mujer
tenía una lengua de oro, que habilidad para hurgar, recorrer y explorar. Me
sentía en la gloria, como si el lugar entero hubiera desaparecido y solo
existieran coño y lengua… y mucho calor… me sentía mareada, con ganas de reír y
llorar. Mis largos días de abstinencia habían terminado, tantos días
masturbándome por culpa de mis naturales necesidades físicas y ahora tenía a una
de las mujeres más hermosas que había visto pegada de mi coño como si fuera su
postre favorito, gimiendo, untándose de hasta el último de mis flujos,
bebiéndoselos por completo, relamiéndose como una gatita golosa, haciéndome
gemir primero, ronronear y luego gritar como una loca… ya no me importaba que me
escuchara el Spa entero, que me oyeran hasta en la China, quería liberar mi
cuerpo, mi piel, mi sensualidad de mujer….


Los temblores de ese primer orgasmo estaban cesando y ella se
retiró un poco para observarme. Le producía mucho placer haberme visto tan
desencajada, le fascinaba que me hubiera dejado llevar sin ningún pudor, que
hubiera gemido como una cualquiera… se sentía satisfecha aunque a medias… ahora
me tocaba mi turno de hacerle cositas. Carmen no era de las mujeres que se
quedara con ganas, a las buenas o a las malas.


Se acostó encima de mí. No había lugar a dudas, quería que
hiciéramos el 69. Cuando tuve su conchita a escasos centímetros de mi cara no
dudé un minuto, la tomé de las caderas y comencé a besarla. Ya ella me había
dado una buena lección de cómo debía hacerlo, era toda una maestra y yo una
buena alumna. Me aprendí su coño de memoria, sus formas, sus olores y sabores,
hundí mi lengua y mi nariz en el. Era el primero que probaba en mi vida y me
encantó, le hice lo que a mi me gustaba y sus gemidos fueron mi mejor
recompensa. A la vez sentía como mi clítoris aún sensible por el orgasmo
anterior comenzaba a latir primero suavemente y luego con violencia. Cuando me
veía así ella se detenía un poco, yo aumentaba la velocidad de mis lametones
mientras Carmen se ayudaba moviendo sus caderas, clavándose en mi lengua que la
recibía cálida y más que dispuesta. Luego volvía a besarme… yo me retorcía, me
movía en círculos contra su boca. Ambas estallamos casi al tiempo, extenuadas
nos tumbamos de medio lado de modo que al abrir los ojos nos encontramos con el
hermoso espectáculo de la concha de la otra completamente húmeda, con una
humedad que nuestras lenguas habían provocado.




Diana debe llegar en cualquier momento – me dijo – le
puse una cita en este lugar, no debe tardar.




Mis ojos se abrieron como platos. Al parecer a Carmen le
estaba gustando el juego de serle infiel a Diana conmigo y delante de sus
propias narices, le parecía una divertida manera de humillarla. No le dije nada,
allá ellas y sus cosas. Sin embargo todo eso me estaba dando una idea para tener
a Diana, solo debía redondearla, día a día mis planes con respecto a Diana
cambiaban pero este plan que tenía en la cabeza al parecer era el definitivo. El
próximo paso a seguir era que Diana se diera cuenta que Carmen y yo habíamos
estado juntas.


Nos vestimos aunque intencionalmente me dejé la blusa al
revés de modo que las costuras se veían claramente, aunque en realidad no había
necesidad de eso. Salimos del sauna sudorosas, con el cabello húmedo y revuelto,
nos veíamos realmente hermosas, no hay nada como un orgasmo para hacerte
sonreír, para que tu piel y tus ojos brillen.


Caminamos juntas hacia mi lugar de trabajo y allí estaba
Diana esperando a Carmen. Me miró directamente la boca, allí estaban los mayores
indicios de lo que había ocurrido, estaba complemente inflamada como mas tarde
comprobaría ante un espejo. Nuestro aspecto entero nos delataba. Carmen miró a
Diana desafiante y esta última optó por bajar los ojos y saludarla haciendo como
que no se daba cuenta de nada aunque evidentemente su corazón estaba destrozado.
Carmen no lo notó pero en ese momento algo se rompió dentro de Diana, no se dio
cuenta que había ido demasiado lejos con su juego de humillación, no se le pasó
por la cabeza que su muñeca de carne y hueso podía rebelarse, que podía pasar de
amarla a odiarla.


CONTINUARÁ…


 



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Relato: Perra obsesión (3)
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