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Relato: Ojos que no ven...


 


Relato: Ojos que no ven...

  

OJOS QUE NO VEN…


Llevaba más de una hora sentado en la misma mesa del bar. Los
hielos del vaso estaban casi derretidos. La bebida hacía tiempo que la había
terminado. Estaba solo en aquel lugar. Me encontraba en un estado de total
apatía, pasando el rato mirando por la ventana la gente que iba y venía de un
lado para otro, fijándome especialmente en las jovencitas que pasaban con sus
pantalones apretados y sus frescos y sensuales cuerpos siendo presa de mis
fantasías, con el brazo apoyado en la esquina del cristal y la cabeza apoyada en
la mano. Me encontraba tan absorto que no percibí que alguien se había sentado
en mi mesa hasta que la vi por el rabillo del ojo. Me quedé un tanto
impresionado al ver a aquella belleza desconocida: pelo oscuro, liso, con raya
en el lado izquierdo y flequillo a la derecha, bien vestida con un abrigo color
beige, una camisa malva con pañuelo anudado al cuello y una falda a juego,
combinado con unas gafas ray-ban estilos años 60 que me impedían ver sus ojos.



-Disculpe-dije-…esta mesa está ocupada.



-Oh, lo siento muchísimo-dijo totalmente trastocada-…Yo no me
di cuenta…lo siento…ahora me iré…



No entendía como no podía verme, hasta que vi el bastón
blanco apoyado en la mesa. ¡¡Era ciega!!.



-No por favor, discúlpeme usted a mí. No sabía que usted
era…era…



-¿Qué era qué?...¿guapa?, ¿morena?...¿ciega?...



Me quedé muy avergonzado por aquello. Ella, en lugar de irse,
se sentó.



-Por favor acepte mis disculpas-le volví a decir-. Estaba
absorto y…



-No, por favor. En todo caso soy yo quien debiera disculparse
por haberme sentado aquí sin permiso. No comprobé que pudiera haber alguien.



Me quedé un buen rato mirándola. Parecía joven, unos 25 años,
más o menos. En comparación con mis 36 primaveras, una niña.



-¿En que estaba absorto?.



-¿Cómo-pregunté, saliendo bruscamente de mis pensamientos-?.



-Le he preguntado que en qué estaba absorto.



-Ahh…pues en nada concreto. Estaba aquí dejándome llevar por
mis amarguras.



-Uuuuuh-negó con la cabeza-…eso no es bueno. No debería
dejarse abatir.



-Tampoco tengo otra opción. No es el mejor día de mi vida,
¿sabe?.



-¿Le importaría contármelo-me preguntó con total franqueza-?.



Normalmente no lo hubiera hecho, pero me encontraba tan mal
que me dije: "Bah, que diablos, ¿por qué no?".



-Puesssss-suspiré, buscando la forma de decirlo-…mi mujer me
ha dejado…me citó aquí hace hora y algo y me dijo que lo nuestro había
terminado…



-Ooooh dios mío….lamento haber preguntado...yo…



-Pero mujer, ¿usted que sabía-pregunté con una risita-?. No
se preocupe. Lo peor no ha sido eso, si no el saber que me dejaba por su
profesor de gimnasia y que se iba a vivir con él.



-Bueno, eso suele pasar-intentó consolarme-…



-Sí, pero sé si pasará tanto el que yo los presenté hace un
par de años para que ella se quitara esos kilos que ella decía que le
sobraban-dije con sarcasmo-.



La chica enmudeció. Evidentemente se había quedado sin
palabras. Yo tampoco sabía que decir. Me quedé embelesado mirando el fondo de mi
vaso.



-No parece muy afectado-me dijo-. El tono de su voz suena muy
tranquilo para un trauma tan grande como ese. ¿Llevaban muchos años casados?.



-Unos doce, pero hacía como siete que éramos más compañeros
que matrimonio.



-Es mucho tiempo. Creo que está reprimido por la sorpresa.
Debería llorar ó algo parecido para desahogarse, ó la pena puede acabar con su
salud.



Me extrañó el tono tan sincero, calmado y a la vez maduro con
el que me habló. Evidentemente era mucho más de lo que aparentaba.



-¿Cómo puede usted saber todo eso-pregunté gratamente
sorprendido-?.



-Cursé mis estudios en psicología aplicada. Trabajo en un
centro social con gente discapacitada y estoy acostumbrada a cosas como esa. Me
parece que aún está bloqueado por lo sucedido.



-No lo sé-contesté rascándome la nuca-. Lo cierto es que si
no lo lloro es porqué no sé si hay algo por lo que llorar. Hacía mucho que el
amor se había perdido entre ella y yo, y siendo totalmente sinceros diré que si
nos casamos fue más por los demás que por nosotros. Ya desde el colegio todos
nos decían que éramos la pareja perfecta, que nos llevábamos muy bien, que
deberíamos casarnos de mayores, y al crecer siguieron insistiéndonos. Todos nos
veían como la pareja ideal-dije en tono grandilocuente-.



-Todo, menos usted…



-Sí, es cierto-respondí en tono sombrío-.



En ese momento llegó la camarera para tomarnos nota. Yo pedí
una cerveza, ella prefirió un mosto. Cuando nos sirvió retomamos la
conversación.



-¿Me permite una pregunta?.



-Sí, claro-contestó-.



-¿Cómo…como perdió la vista?.



-¿Conoce esa leyenda urbana de que no debe mirarse al cielo
en plena tormenta por si te deslumbra un rayo?.



-Sí, claro.



-Pues es cierta. Yo soy la prueba.



Me quedé de una pieza al oírlo. A los pocos segundos ella
comenzó a reírse.



-Jajajajaajajajaja…lo siento, le he mentido-se disculpó entre
risas-. La perdí de niña debido a la difteria. Siempre gasto esta broma a los
desconocidos. Me gusta imaginar como se quedan de impresionados.



Me reí con ella. Lo cierto es que estar con aquella chica
estaba levantando mis decaídos ánimos.



-¿Cuántos años tenía cuando usted…?. Bueno, cuando eso-repuse
un poco incómodo-…



-Siete. Fue todo un trauma pero mis padres y mi hermano
estuvieron conmigo en todo momento y pude recuperarme. Luego aprendí a vivir con
esto-dijo pasándose la mano delante de los ojos-, y he podido hacer una vida más
ó menos normal.



-Realmente admirable. ¿Puedo pedirle algo un poco inusual?.



-Ummmm no sé-contestó confusa-.



-¿Podría quitarse las gafas para que pudiera verle los ojos?.



Noté en ella cierto rechazo por la idea cuando se echó
ligeramente hacia atrás, pero luego se quedó quieta, como pensando. Al final se
las quitó y contemplé los ojos azules más bellos que había visto en mi vida.
Mirarlos era como mirar al mar en un día soleado. Su rostro tenía una belleza
serena que pocas veces había conseguido encontrar. Luego, como intimidada, se
volvió a poner las gafas.



-¿Qué le parezco-me preguntó con mucha curiosidad-?.



-Que es usted bellísima. Se lo digo de corazón, es una mujer
realmente preciosa.



-Oh por favor, no me agasaje tanto-dijo llevándose las manos
a las mejillas haciendo mueca de timidez-. Seguro que eso se lo dice a todas las
chicas que conoce en los bares…



-No, para nada…es usted muy hermosa.



-Gracias-respondió algo ruborizada-.



Me quedé mirándola perplejo al darme cuenta de cierto
detalle. Me parecía increíble no haberme percatado de ello: ¡estaba contándole
mi vida a una desconocida y ni siquiera sabía su nombre!.



-¿Cómo se llama-pregunté con apremiante necesidad-?.



-Nuria, ¿y usted?.



-Me llamo Manuel, "Sonny" para los amigos.



-¿"Sonny"-preguntó sorprendida-?.



-Sí, por Sonny Crockett, el de "Miami Vice". "Corrupción en
Miami"-añadí-. Dicen que me parezco a él.



Ella no contestó, si no que le dio un sorbo a su mosto.
"Nuria", pensaba una y otra vez para mis adentros. Aquella hermosa joven estaba
devolviéndome una alegría que hacía tiempo había perdido. Pese a ser extraños,
me sentía muy cómodo en su presencia. Parecía que nos conociéramos desde hacía
años, pero aquella alegría no duró. "Manuel, viejo loco, deja de fantasear-me
dije-. ¿Cómo va a interesarse una chica como ella por un viejales como yo?".



-¿Puede inclinarse un poco-me preguntó-?.



-¿Cómo dice-preguntó volviendo a sacarme de mis
pensamientos-?.



-Incline un poco la cara hacia delante, y hable.



-De acuerdo, pero no sé que intenta. No sé que decir salvo
que ahora me siento muy a gusto con usted y…y…



Ella también se había inclinado hacia delante y su mano había
encontrado mi cara. Con los dedos la recorrió lentamente de lado a lado, usando
las yemas de los dedos para acariciarme: fue por las mejillas, subió a los ojos
y a la frente, bajó por la nariz y llegó a la barbilla pasando por los labios.
Luego, giró su mano y con la parte exterior de los nudillos de los dedos me
recorrió la cara de arriba abajo un par de veces.



-Por favor, sonría, pero que sea una sonrisa franca, no de
risa.



Obedecí sin rechistar y esbocé una sonrisa tierna. Ella pasó
sus dedos por mis labios. Luego me pidió que sonriera de felicidad y lo hice.
Comprendí que estaba dibujando mi cara en su mente, y al terminar me dio dos
toques cariñosos en la mejilla y me sonrió. Juro por dios que fue la experiencia
más intensa y emotiva de toda mi vida. Estaba estremecido hasta la fibra más
recóndita de mi ser.



-¿Nos tuteamos-me preguntó-?.



-¿Eh?...sí claro, naturalmente.



-Gracias. Pues, Sonny, que sepas que eres un hombre muy
guapo. ¿Pelo castaño largo y liso?.



-Sí, ¿cómo lo sabes?.



-Porqué veía de niña "Miami Vice" cuando la reponían por TV.
Recuerdo bien a Sonny Crockett.



De nuevo me había sorprendido. Quise decirle algo pero estaba
tan azorado por aquella experiencia que me quedé sin palabras.



-Oh dios mío…¿Cómo puedes estar tan necesitado de
cariño-preguntó muy sorprendida-?. Créeme, he notado como tu corazón se
desbocaba cuando te tocaba la cara. Y no solo tu corazón si no también tus
temblores. Debes sentirte muy solo si con algo tan simple, que ni siquiera era
una caricia, reaccionas de ese modo.



-¿Y tú-repliqué, queriendo eludir la respuesta-?. ¿Cómo es
que una chica tan guapa e inteligente está aquí perdiendo el tiempo con un
carcamal como yo?. ¿No tienes un novio con el que debas volver?.



-No, no tengo novio. Los chicos con los que he estado nunca
han sabido ver más allá de esto-dijo cogiendo su bastón-. Por cierto, ¿cómo
puedes decir que eres un carcamal a tus 30ytantos que debes tener?, ¿y quién
dice que pierda el tiempo-me preguntó con tono de sorpresa al ver mi
derrotismo-?.



Me sentí algo halagado y envalentonado por su pregunta. Aquel
encuentro casual estaba tomando un cariz muy interesante.



-Tengo 36 años. Cumplo 37 dentro de dos semanas.



-Pues felicidades por adelantado. ¿Qué edad crees que tengo
yo?.



-Uuuuummm…no lo sé…¿25, 27 años quizá?.



-Oooooooohh dios mío-bromeó-…¿tan vieja parezco?.
Jajajaja…tengo 21.



-Pues tienes unos maravillosos 21 años que ya me gustaría a
mí volver a ellos. Y si los chicos solo han visto tu bastón es que no te han
visto, porqué eres lista, inteligente, perspicaz, y por supuesto guapísima.



No sé el tiempo que pasé con ella en el bar, pero las horas
se esfumaron como si fueran segundos. Antes de darnos cuenta ya era noche
cerrada, y los dos seguíamos hablando de nuestras vidas como si nos conociéramos
desde la infancia. Teníamos una afinidad que muy pocas veces había sentido en mi
vida. Conectábamos a todos los niveles. Charlábamos sobre filosofía, política,
deportes…era una fuente inagotable de placeres y una sorpresa constante. Me
sentí rejuvenecer a su lado y poco faltó para dejar escapar una lágrima de
emoción. En algún punto indeterminado de nuestro encuentro noté que sus
movimientos se hicieron más finos, incluso algo más sensuales. No estaba seguro
de si estaba coqueteando conmigo ó era su manera de ser, pero su sensualidad y
ternura estaban haciendo revivir al niño alocado que vez fui. Cuando decidimos
irnos, los dos nos levantamos a la barra para ir a pagar. Ella insistió varias
veces, pero al final fui yo quien pagó. En el instante de dar el billete a la
camarera miré a Nuria y al verla de perfil advertí que no llevaba sujetador bajo
su camisa malva, lo que hacía resaltar ligeramente sus pezones, que estaban algo
tiesos.



-Nuria, no llevas sujetador-le susurré sorprendido-.



-Ni tampoco bragas-me dijo con una confianza arrolladora-.



-¿Y no crees que deberías llevarlas como las demás chicas?,
¿no tienes frío?.



-Por suerte no, y como decía mi madre "en el tiempo que
tardas en quitártelas, puedes perder una buena ocasión".



-Jaaajajajajajajaajaa-me reí-…eso no lo sabía…realmente
bueno…pues que sepas que conmigo la ocasión es siempre lo primero-dije en un
arranque de valor que incluso a mí me cogió por sorpresa-.



En lugar de montar un escándalo, como pensé que haría, Nuria
me sonrió.



-¿Dónde te llevo-pregunté-?.



Nuria se me acercó acariciándome por el brazo con la mano
derecha, y me rozó el paquete con la izquierda, para luego subirla a mi pecho.



-A tu casa-susurró-.



Entre el momento de escuchar su respuesta y el de abrir la
puerta de mi casa me pasó todo como si fuera un segundo. Los dos estábamos
besándonos profundamente, enzarzados en una maravillosa lucha de lenguas. No
podía creerme que aquella chica a la que había conocido hacía tan solo unas
horas estuviera rendida en mis brazos. Me entregué a ella totalmente. En cuanto
cerramos la puerta fuimos desplazándonos hacia el dormitorio mientras la ropa
volaba de un lado para otro. Nos quedamos desnudos en seguida, o casi, ya que
ella no sé quitó el pañuelo anudado al cuello. En cuanto llegamos a la cama me
eché a la larga sobre ella con Nuria sobre mí, piel con piel. El roce de sus
tetas contra mi pecho me excitó muchísimo. Su mano se deslizaba lenta pero sin
pausa por mi cuerpo hasta notar mi endurecido miembro. Mientras admiraba su
cuerpo desnudo Nuria se quitó el pañuelo y con él me vendó los ojos.



-¿Pero que haces-protesté un poco-?. Así no veo…



-Así estaremos en igualdad de condiciones, y ya verás-me dijo
con voz melosa-, te enseñaré placeres que te harán subir al cielo mi amor.



Bufffff como me puso aquello. Acepté su propuesta de buen
grado y la abracé para volver a besarnos. Su boca era muy cálida y jugosa, su
lengua me parecía un festín. Me sentía en la gloria. Las manos de Nuria me
recorrían de lado a lado, iban como locas por mi cuerpo, llenándolo de caricias
e incitándome más a la lujuria. Llevado por mis deseos desplacé mis manos por su
espalda, recorriendo la fina línea de su columna hasta llegar a sus nalgas
firmes y tersas. Se las cogí bien y las masajeé haciéndola gemir. En ese momento
ella se deslizó por mi cuerpo hasta mis pies y entre sus manos acogió mi pene
erecto. Echó sobre él su cálido aliento varias veces y perdí la noción de la
realidad. El estar con los ojos vendados me producía un morbo especial,
aumentaba mis sensaciones a un nivel superior a lo normal.


Segundos después percibí como su jugosa boca engullía todo mi
miembro y comenzaba a chuparlo con glotonería. Su mano derecha envolvió mis
testículos para acariciarlos y masajearlos, y con la izquierda se agarró con
firmeza a mi miembro. Se tomaba su tiempo para saborearme en su boca, su cabeza
iba arriba y abajo como un ascensor, sacándose todo mi pene y luego volviendo a
engullirlo. Mis gemidos eran tremendos, que forma de mamar tenía. Nunca había
conocido a alguien que conociera tan bien todos los secretos de la felación. Lo
hacía de manera magistral, arrebatadora. Encogí los dedos de las manos de tanto
placer como si estuviese arañando la cama. Apreté los dientes para aguantar el
mayor tiempo posible aquella felación que me estaba volviendo loco. Tenía un
calor tremendo por todo mi cuerpo. El trato que estaban dando a mi pene era
digno de reyes.


Coloqué mis manos en sus hombros y la hice dejar de chupar
para devolverle el favor. Al no verla, me guiaba por el tacto para llegar a
donde quería. En cuanto sentí en mis manos sus pequeñas pero bien erguidas tetas
pegué mi boca a su cuerpo, que fui recorriéndolo hasta probar la dulzura y
rugosidad de sus pezones. Se los besé, se los lamí, se los amasé y mimé largo
tiempo, saltando de uno a otro, escuchando encantado sus jadeos de goce.


Mi mano derecha viajó por su vientre y su ombligo hasta su
entrepierna, descubriendo una calidez y una humedad que ansiaba paladear. Hice
voltear a Nuria para dejarla sobre la cama y yo sobre ella. Su cuerpo temblaba
al roce de mis caricias. Sin despegar mi boca de ella bajé por su vientre tal y
como antes lo había hecho con la mano. Al tener mi cabeza entre sus piernas
saqué la lengua y con ella la penetré, haciéndole todo un señor cunnilingus. Su
maravillosa juventud era un diamante en bruto. Se humedecía deliciosamente, olía
a dulce y almizcle. Me encontraba perdido en un mar sensaciones completamente
nuevas mientras seguía dándola placer. Puso sus manos en mi nuca para guiar mis
movimientos, y manejó la situación como una experta. Las mías subieron a sus
tetas y pellizcaron sus pezones. Estábamos al rojo vivo, a punto de estallar.
Nuria me gritaba que no podía esperar, que no aguantaba más. Me dijo que me
sentara sobre la cama con las piernas cruzadas como hacían los budistas al
meditar, de forma que al hacerlo, Nuria se sentó sobre mi regazo penetrándose
ella misma y lanzando un largo suspiro al sentir mi miembro en su interior.
Cruzó sus piernas por mi cintura y sus brazos me rodearon. Jamás en toda mi vida
había hecho el amor en aquella posición y de aquella manera. Su calidez me
quemaba. La cogí de las caderas para empezar a movernos. ¡¡Aquello era de
locos!!. La atraía desesperadamente hacía mí para sentirla lo más posible al
tiempo que mis manos en sus caderas ayudaban al bombeo. Por un momento sentí que
éramos Jeremy Irons y ella Juliette Binoche en Herida(curiosamente mi
película favorita).


El calor de Nuria me rodeaba, me envolvía como una
confortable manta. Nuestros movimientos se hacían algo más fuertes, nuestros
jadeos más intensos y los dos supimos que se avecinaba la ansiada liberación. Me
arañó la espalda, me abrazó con todas sus fuerzas, me pidió a gritos que la
hiciera gozar. En respuesta a eso pasé las manos por sus nalgas, las apreté con
fuerza y los dos empujamos uno hacia el otro hasta que en crecientes y
paroxísticas oleadas ambos reventamos en un millón de pedazos entre espasmos y
gritos de placer. Nos fundimos en un largo beso de tornillo, fuertemente
abrazados. Que yo recordase, nunca me había durado tanto la sensación de un
orgasmo. Nuria reclinó su cabeza en mi hombro unos segundos, aún sentada sobre
mí y con mi miembro dentro suyo. Volvimos a la calma lentamente, deleitándonos
con cada segundo que pasaba. Entonces Nuria me susurró al oído con dulzura "Otra
vez mi amor".


Me hizo echar a la larga sobre la cama, pero ella no se
movió. Lentamente volvía a moverse, pero esta vez me montó como si estuviese
montando a caballo. Se echó hacia delante para apoyar sus manos en mis hombros,
pero solo duró un momento, ya que luego se fue hacia atrás. Noté como sus manos
agarraban mis tobillos y un movimiento de onda que me tenía en éxtasis. Llevado
por la curiosidad tuve que deslizar un poco el pañuelo para ver: ¡¡Nuria estaba
haciendo la danza del vientre!!. Con movimientos pélvicos y vaginales engullía
mi miembro en sus entrañas, atrapándolo y moviéndolo con un ritmo casi
diabólico, infernal. No sabía que una mujer pudiera hacer…eso. Verla con la
espalda arqueada jadeando, con mi pene dentro de ella haciéndolo retorcer, fue
algo que no olvidaría jamás. Volví a echar el pañuelo y me dejé llevar por el
momento, quería disfrutarlo al máximo. Su juego era demencial.


Casi podía ir el chapoteo de sus jugos con los míos, lo que
elevó mi excitación a cotas nunca antes alcanzadas. Nuria me mostraba todo un
mundo de placeres que no sabía que existieran, me llevaba a la locura. Empecé a
dar empujones con las caderas para ayudar, y entre sus contoneos y mis
acometidas volvimos a explotar en las llamas en la pasión. Mi semen subió como
una flecha y volvió a inundarla mientras mi pene fue bañado por sus jugos.
Permanecimos quietos unos minutos disfrutando de aquel exultante momento, antes
de echarnos abrazados y sellar aquella noche con un mar de caricias y el beso
más largo, profundo y sensual que recordaba haber dado jamás.



Al despertar con las primeras luces de la mañana, vi a Nuria
aún abrazada a mí, dormida, con su calidez rodeándome. Mientras la miraba
embelesado, esbocé una sonrisa tierna, y lloré. No pude evitar llorar como un
niño de la emoción. Me dio la impresión de haber despertado de un largo sueño.
No sabía lo vacío que estaba mi espíritu, hasta que Nuria vino a llenarlo.
Gracias a ella me sentía joven de nuevo. Había recuperado la ilusión de vivir,
la alegría de estar vivo, la ilusión de amar, de ser amado. Había recuperado…la
esperanza.


Nuria despertó súbitamente, pero aún debía estar medio
dormida, pues enjuagó mis lágrimas como si en sueños me hubiera oído llorar y
luego volvió a dormirse plácidamente. Mientras la miraba, di gracias al cielo
por enviarme semejante ángel de gloria, por recibir tan maravilloso regalo de
amor y vida, por bendecirme con aquella mujer de la que ya nunca me separaría…


 



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Relato: Ojos que no ven...
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