webcams porno webcams porno webcams porno



Pulsa en la foto
Miriam - 19 anos
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real



Pulsa en la foto
Vanesa - 22 anos
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real"


Pulsa en la foto
Lorena - Edad 19
 
webcam amateur
Conexion desde su casa
"Imagen real"


Relato: Practicando el censo


 


Relato: Practicando el censo

  

-¡He dicho que no pienso seguir manteniéndote, parásita! Vas
a aprender lo que es trabajar.



Las palabras del coronel seguían resonando en mi cabeza, como
un mantra perpetuo. El coronel es mi padre, y su problema conmigo viene de años
atrás. Exactamente, desde hace 25 años atrás. Si quieren que les concrete
todavía más la fecha en que comenzaron sus problemas conmigo, les diré que desde
el día de mi nacimiento. El coronel estaba ansioso por ver nacer a su hijo
varón, destinado a continuar la saga militar de los Villaverde, que llevaban
seis generaciones sirviendo con honor al Ejército de España, bla bla bla. Lo
único malo, lo único que le estropeó ese día a mi padre fue que su anhelado
varón no tenía colita. De hecho, tenía una raja bastante bien marcada. Mi madre
pasó un embarazo muy angustioso, porque se hizo una ecografía a escondidas de él
y sabía de antemano que de varón nada, que yo era una niña. El coronel no quería
saber nada de ecografías. Él quería un machito y le parecía que desearlo era
suficiente para tenerlo. Pero la genética es puñetera. Y ya ven, aquí me planté
yo, para disgusto del coronel y toda su saga.



El coronel intentó concienzudamente volver a dejar embarazada
a mi madre, pero si la genética es puñetera, no se imaginan cómo lo es la
ginecología; mi madre no volvió a concebir jamás, a pesar del denuedo con que mi
padre trató de conseguirlo. Mi educación fue estricta y asfixiante. Supongo que
los colegios de monjas fueron la venganza de mi padre por no poder enseñarme la
disciplina castrense (no crean que un cuartel hubiese sido peor que aquel antro
de represión y ñoñería en el que me eduqué).



El único acercamiento que he tenido en toda mi vida con mi
padre se lo debo, curiosamente, al Partido Popular y su decisión de
profesionalizar el Ejército y abrir la entrada a él a las mujeres. Cuando mi
padre conoció la noticia, se pasó un mes siendo amable conmigo e intentando
convencerme inútilmente de que ingresara en las Fuerzas Armadas. Me costó unos
cuantos meses, pero finalmente entendió que yo no quería entrar en el Ejército,
que lo que quería era estudiar Historia del Arte y Restauración. Después de eso,
volvió a odiarme como de costumbre.



Terminé la carrera con notas muy altas, y un proyecto en el
que yo participaba fue el ganador del premio extraordinario de fin de carrera.
Era una alumna brillante, inteligente y aplicada, responsable pero no aburrida
(no se vayan a creer que vivía en una biblioteca, yo era titular en todas las
fiestas como lo es Ronaldinho en el Barcelona). Por eso me dolieron mucho las
palabras del coronel cuando les dije que quería hacer los dos años del doctorado
y preparar mi tesis.



El coronel montó en cólera. Que si iba a pasarme la vida sin
dar golpe, que si ya estaba bien de mamar de la teta, que si quería doctorarme
que me lo pagara yo. Y además me llamó parásita. Mi madre, que es una santa,
hizo todo lo humanamente posible por convencerle de que debía recapacitar y
apoyarme en mi decisión. Pero el coronel sólo sabe hacer dos cosas: obedecer a
los que están por arriba, y putear a base de bien a los que están por debajo. Y
yo estaba por debajo de todo el mundo.



A estas alturas de mi vida, y con lo que ha llovido, el
coronel no controla mi destino, ni yo dejo que lo haga. Así que si tenía que
trabajar para sacar el doctorado, iba a trabajar. No se me iban a caer los
anillos por eso. Conseguí un empleo en un restaurante de comida rápida para los
fines de semana (horario criminal, salarios asiáticos, y no japoneses
precisamente), y entre semana hacía cuanto podía: inventarios, repartos de
propaganda… cosas así. Lo que yo no sabía es que el empecinamiento del coronel
en verme trabajando me iba a deparar un encuentro erótico festivo irrepetible
que escandalizaría mucho a mi padre (si quieren saber lo que es un hombre
conservador, les recomiendo que vayan a conocerlo: todo lo que no sea el
misionero dentro del matrimonio es pura depravación moral).



Mi último trabajo de mierda, y el mejor pagado hasta el
momento, fue de encuestadora del censo. Nada cómodo, desde luego. Me tocó un
barrio de inmigrantes (ponte a censar en una zona de ésas sin hablar veinte
dialectos africanos y el quechua clásico, ahí les quiero ver), de casas viejas y
superpobladas, de una pobreza en ocasiones rozando con la miseria más
lamentable. Los bloques se alineaban unos con otros en una sucesión inacabable,
y los ascensores no existían ni como conceptos.



Pensaba en las palabras del coronel mientras subía las
escaleras camino del último piso del día. Estaba reventada de cansancio, pero
orgullosa por poder pagarme mi título de doctora (si no es por ese pensamiento,
no habría podido levantarme por la mañana). Toqué en la primera puerta y al cabo
de un minuto me abrió un negro alto, rapado, joven y con una gran sonrisa. Sólo
llevaba puestos unos desvaídos pantalones de chándal. Solté mi matraquilla con
el mismo entusiasmo con que la máquina te dice "su tabaco, gracias".




Buenas tardes, mi nombre es Angélica y soy agente censal.
¿Tiene unos minutos para rellenarme la ficha, por favor?




El negro no me contestó; siguió sonriendo y me hizo ademán de
que pasara. Ni siquiera lo analicé: me había encontrado con tantos problemas de
comunicación que simplemente pensé que me entendía pero no hablaba bien el
español.



El interior de la casa estaba en consonancia con lo que había
visto hasta el momento en el resto de los bloques: antes muertos que sencillos.
El mueble del comedor estaba sobrecargado de figuritas del todo a 1 euro, había
miles de tapetes sobre los sofás y (horror) no una sino dos gitanas sobre la
televisión. Boris Izaguirre habría dicho que aquello era un tremendo momento
kitsch. Para mí era el tremendo momento último-censo-del-día, así que ya podía
ir empezando para acabar cuanto antes.




Dígame su nombre, por favor.




El silencio.




Su nombre, por favor.




Más silencio.




¿Entiende usted el español?



No, no entiende una palabra. Hablamos en inglés,
normalmente.




La voz, profunda y ronca, brotaba de una mujer que se había
colocado a mis espaldas sin que yo la percibiera. Era una mujer esbelta, de unos
30 años, una morena de éstas que llamamos raciales, con la piel tostada y los
ojos oscuros. Me miraba apoyada en el quicio de la puerta que daba acceso al
pasillo. Me sobresalté un poco al oírla, pero recuperé el aplomo para explicarle
por qué estaba yo allí. Cuando lo supo, su expresión se volvió de incomodidad.




Ah, del censo… Bueno, verás, él no tiene papeles, así que
no creo que puedas censarlo. Y yo no vivo aquí. En realidad, heredé esta casa
de mi abuela, pero sólo la uso… sólo la usamos… para nuestros encuentros… ya
sabes…- y me guiñó un ojo con picardía.




Entonces entendí que yo y mi fichita censal acabábamos de
interrumpir un polvo. Al mismo tiempo, como una iluminación, comprendí por qué
aquel hombre llevaba el paquete tan suelto dentro de los pantalones (cuando lo
vi no reparé realmente en ello, inconscientemente archivé el dato pensando que
cada uno en su casa va como le da la gana). Y en el colmo de la perspicacia (a
veces tengo estos puntos), encajé en el puzzle el hecho de que la mujer llevara
una bata y, presumiblemente, nada debajo.




Oh, Dios, lo siento mucho. Si les parece, les pondré en la
ficha que la casa está vacía, ¿de acuerdo? Bueno, pues perdonen, que yo me voy
ya.




Sólo quería salir de allí a toda prisa, porque me sentía la
mayor pardilla del mundo, inoportuna y patosa. Me ponía en el lugar de la mujer
y me entraban ganas de abofetearme a mí misma. No di crédito cuando la oí:




¿A qué viene esa prisa? ¿No puedes quedarte un rato?




¿Que me quedara un rato? ¿Era eso lo que había dicho? Me di
la vuelta y la miré. Mi cara de alucine la estaba divirtiendo, sin duda, o eso
deduje de su sonrisa. Se acercó hasta mí y me acarició la cara.




Perdona que no me haya presentado. Mi nombre es Andrea, él
es Omar.




Cuando oyó su nombre, Omar se dirigió a mí y me besó muy
cortésmente la mano. Empezaba a parecerme que aquí el amigo entendía más español
del que yo pensaba. Andrea se fue hasta el sofá, bamboleándose y dando un rodeo
inútil alrededor de la mesa del salón, sólo para poder pasar por delante de la
ventana y demostrarme al trasluz que no llevaba nada debajo de la bata. Omar se
sentó a su lado en el sofá, dejando un hueco entre ambos. ¿Mi hueco?



Yo seguía petrificada, representando en medio del salón mi
papel de pardilla mayor del Reino elevada al cubo. Me estaba ocurriendo algo que
no pasa ni en el porno. Dudaba entre irme, o quedarme y despejar las
incertidumbres que siempre había tenido sobre las leyendas urbanas que rodean a
los negros. En todo caso, a una parte de mí (la que recordaba que no había
pegado un polvo desde que mi novio se fue de Erasmus y de Orgasmus a Francia, y
no volvió) la situación le parecía tremendamente estimulante. Y la mirada de
Andrea también me estaba empezando a calentar: me miraba con una mezcla de
expectación e impaciencia muy sugerente. Tras un par de minutos de silencio fue
ella quien habló:




Puedes irte si quieres. Lo entenderé. Y entenderé también
si quieres quedarte con nosotros. Donde caben dos, caben tres, ¿no?


Perdone… es que no sé si debo… En fin, ustedes estaban ahí,
a su rollo… y de repente aparezco yo… que siento de verdad haberles
interrumpido… en fin… que creo… que… que no hay motivos para que yo me quede
aquí, seguro que sólo iba a molestar – esbocé una sonrisa e hice el ademán
definitivo de irme. Pero siempre hay algo que te hace cambiar de opinión.


Omar, show her your tool, please.




O yo lo flipaba mucho, o Andrea le acababa de pedir a Omar
que "me enseñara la herramienta". Pero no, yo no lo estaba flipando. Omar se
puso de pie, se quitó el pantalón y lo que tenía debajo despejaba cuantas dudas
se tuviesen sobre los mitos acerca de los negros, y además anuló cualquier
intención por mi parte de abandonar la casa. No señor, yo no iba a irme de allí
ni que me nominaran. Que la Milá me sacara a rastras, si quería.



Aquella tranca no estaba erecta (la interrupción y el ajetreo
le había hecho perder vigor), pero aún así me parecía gloriosa. Unos 19
centímetros de un grosor más que aceptable para lo que es mi concepto de la
felicidad. Di gracias al Cielo por la existencia de los tópicos.




Jajaja, te estás relamiendo, Angélica – dijo Andrea. Era
cierto, lo había hecho sin darme cuenta. Me avergoncé un poco.




Andrea se quitó la bata e hizo sentar a Omar en el sofá para
empezar a comerle aquel nabo inacabable. Yo ya estaba más caliente y más húmeda
que los trópicos, y, tras haberme quedado en bragas y sujetador, me acerqué al
sofá con la firme intención de participar del espectáculo. Me puse de rodillas
frente a ellos; Andrea me miró feliz, y antes de que me pudiera dar cuenta me
había plantado un beso en la boca. Mis experiencias lésbicas hasta la fecha
habían consistido en un pico que le di una vez a una colega en mitad de un pedo
del quince. Andrea leyó en mi cara que aquel no era mi rollo, precisamente, pero
no perdió la sonrisa.




Si no te motiva, sólo déjate hacer y no hagas. Te prometo
que lo disfrutarás.




Estuve a punto de replicarle, pero antes de poder abrir la
boca pensé "estoy a punto de comerle la polla a un negro que no conozco, ¿quién
soy yo para remilgos?". Así que sonreí a mi vez y me centré en catar aquella
tranca de chocolate que tenía delante, visiblemente ansiosa por meterse en mi
boca. A Andrea la perdí de vista, mayormente porque se colocó detrás de mí
dispuesta a cumplir su promesa.



Le masajeé la polla a Omar antes de metérmela en la boca, y
reaccionó como se esperaba. "A la salud del coronel", me dije con la primera
lamida. Omar se había llevado las manos detrás de la nuca, asumiendo un
simpático papel de objeto sexual. Se le veía relajado. Claro que no era para
menos: yo no había tardado casi nada en empezar a afanarme. Hacía meses que no
me llevaba una polla a la boca, y le estaba poniendo una avidez al asunto de la
que hasta yo me sorprendía. Hice lo posible para refrenarme e ir algo más
despacio. Empecé por lamer con cuán larga era mi lengua, desde la base de aquel
fantástico rabo hasta el agujerito en el capullo; cuando me cansé de eso comencé
a chupar la punta, sacando todo el partido posible a mis labios, que no eran
excesivamente carnosos. Tan pronto vi que Omar se agitaba demasiado con eso, me
metí la verga en la boca por completo. Eso sólo pude hacerlo un par de veces,
porque me daban miedo las arcadas que me producía el roce del glande con la
campanilla. Vomitar en aquel momento podría haberle restado romanticismo a la
situación, ¿no? Así que opté por el clásico "mitad mamada, mitad paja", ideal
para pollas de aquel calibre. Y me dediqué a ello plenamente durante un buen
rato, en el que de cuando en cuando oía a Omar soltar algún sonido gutural
vagamente parecido a "yeah, baby".



Así contado suena a algo muy sencillo, pero lo cierto es que
me contó un esfuerzo de concentración bárbaro. Al principio fue fácil, pero
cuando Andrea comenzó a meterse realmente en faena conmigo, se me dispersó un
poco la mente, la verdad. Mientras yo estaba dando lo mejor de mí misma con
Omar, Andrea me había quitado las bragas y me había sacado los pechos por fuera
del sujetador. Tras masajeármelos un rato con aquellas manos asombrosamente
hábiles, había desplazado su atención a mi coño, que a esas alturas ya estaba
más que chorreante. La muy golfa no me tocó el clítoris para nada; palpó todo lo
demás hasta aburrirse, menos el clítoris. Me metió hasta tres dedos, pero el
botoncito siguió tan desamparado como desde el principio. No me paré a buscar
causas (para analizar opciones estaba yo), pero con su actitud me estaba creando
una ansiedad que multiplicaba por mil mis ganas de marcha. Sus caricias (tanto
las que me daba como las que no) me estaban volviendo loca, y llegó un punto en
el que tenía que soltarle el nabo a Omar para poder gemir un poco. Andrea me
estaba viendo la desesperación en la cara y se reía, como diciendo "para no ser
lo lésbico tu rollo, ahora mismo matarías porque te rematara la faena". Y
comprendí que tenía razón, que una vez te están acariciando, da igual a quién
pertenezcan las manos, hombre o mujer. Nunca te acostarás sin saber una cosa
más, que dicen.



Andrea se situó a mi altura. No puedo culparla por querer
compartir mi tarea; lo bueno de una tranca como la de Omar es que da para más de
una boca, y el interfecto parecía de lo más complacido con el programa de
cooperación que Andrea y yo desarrollábamos en su área genital. Estuvimos un
buen rato ensalivando a base de bien aquella verga regalo de la Naturaleza,
hasta que los ocasionales roces de nuestros labios se convirtieron en besos más
y más prolongados, y Omar comprendió que el trabajo oral se había terminado. El
sexo es un lenguaje universal.



A falta de palabras, Omar se decidió por la acción. Tumbó a
Andrea sobre el sofá y hundió su cabeza en su sexo de forma resuelta y decidida.
Apenas se le veía la lengua, que se movía a velocidad batidora por el coño de
una Andrea cuyos gemidos amenazaban con romper la barrera del sonido. En aquella
comida de coño todo era hiperbólico. Me dije que no era momento para quedarse de
brazos cruzados, así que me propuse probar algo nuevo y empecé a lamerle los
pechos a Andrea. Lo hice como siempre me hubiese gustado que me lo hicieran a
mí, con la presión justa para que el placer no cruzara al puerta que lleva a la
molestia. Mientras le chupaba un pezón le amasaba el otro; la cara de Andrea me
hizo saber que, al menos por su parte, la interrupción anterior estaba
perdonada.



Ah, la interrupción. Apenas me acordaba de que toda esta
escena se había iniciado cuando mi impertinencia y yo tocamos a la puerta. Me di
cuenta de que Omar se estaba desesperando por meterla en caliente. Sacó la cara,
bañada en flujos, del coño de Andrea, y ésta se colocó a cuatro patas,
indicándome a mí que ocupara la posición que ella tenía antes sobre el sofá.
Apenas pude creerme que fuera a ocurrir lo que iba a ocurrir: Andrea empezó a
lamerme directamente el clítoris, al mismo tiempo que Omar comenzaba un bombeo
perfecto, que se inició con unas embestidas suaves, pero que pronto adoptó un
ritmo poco menos que frenético. Al verlos, me comía la envidia por una parte, y
Andrea, por la parte de abajo. La cadencia de sus lengüetazos se acoplaba
divinamente con la que Omar le estaba imprimiendo a su cadera. Para mí, tener la
boca de una mujer enganchada al clítoris de aquella manera, compensándome por
aquel aparente desinterés anterior, hacía desaparecer de golpe todas las
penalidades del trabajo de mierda que me había llevado hasta allí aquella tarde,
y todas las lágrimas vertidas por causa del coronel y su afán en que trabajara
para pagarme mi doctorado, como una mujer decente. No podía pensar en nada que
no fuera el imparable ascenso hacia una cima superior del placer, hacia un
estadio desconocido de la consciencia que estalló de repente en una sensación
global y absoluta de abandono de mi cuerpo y mi mente. En aquellos cinco
segundos de orgasmo dejó de existir el universo, y a mi alrededor sólo veía
placer; no veía a Andrea ni a Omar, ni a las gitanas sobre la tele, ni las
figuritas del mueble: sólo orgasmo, placer y lo que me parecieron ríos de flujo
saliéndome de las piernas.



Cuando volví a la realidad, Omar había aminorado el ritmo y
Andrea se regodeaba de ello con un placer evidente. Quise incorporarme e
integrarme en la escena de alguna manera, aunque me fallaron las piernas cuando
traté de levantarme. Me sentí francamente ridícula, pero Andrea supo sacarle
partido a mi incapacidad para moverme. Permanecí allí, completamente abierta
sobre el sofá. Ella se levantó y se tumbó de espaldas sobre mí. Omar se acercó
hasta el borde del sofá y volvió a enchufarse a Andrea con total naturalidad. Yo
debí quedar como una atontada, ya que, dado que estaba un poco descolocada,
tardé tanto en reaccionar que tuvo que ser Andrea la que me llevara la mano a su
coño. De aquella manera los tres, Andrea se garantizaba un orgasmo de película:
Omar la taladraba a conciencia, yo la acariciaba el clítoris con la maestría que
dan años de masturbación y ella se tocaba los pechos o intentaba besarme de
cuando en cuando. Todo el bloque debió enterarse cuando Andrea se corrió; lo
hizo algo antes que Omar, que aún siguió dándole sin piedad durante unos minutos
antes de irse en su interior de forma más silenciosa que su compañera, pero
igualmente inequívoca. Cuando terminó, nos dio un beso en la frente a cada una y
se marchó por el pasillo.




Discúlpale, no pretende ser grosero. Es sólo que cuando
acaba necesita dormir inmediatamente. Además, está muy cansado. Hoy hemos
tenido mucho ajetreo antes de que llegaras tú – me dijo Andrea, captando el
desconcierto en mi cara cuando vi salir a Omar del comedor.


Ah – atiné a decir yo. Desde luego, no fue lo más
inteligente que podía haber dicho en aquel momento, pero que levante la mano
el que sepa algo ingenioso que decir justo después de tu primer trío con un
negro y su amante.




Me vestí y me despedí de Andrea. Bueno, fue ella la que se
despidió de mí con un beso en la boca que estuvo cerca de ponerme a tono otra
vez. Iba a abrir la puerta cuando me dijo lo siguiente:



Sé que te hubiera gustado probarla. Vi cómo se la mirabas,
es imposible mirarle la polla a Omar de otra manera. Que sepas que no tienes
que vivir con esa frustración siempre. Nos reunimos aquí todos los viernes a
partir de las 5 de la tarde, como has visto, sin drogas ni mierdas. Ni malos
rollos, de ésos ya hemos tenido los dos muchos en la vida. Cuídate, guapa. Y
vuelve cuando quieras.




Esas palabras me tranquilizaron, y me hicieron darme cuenta
de que aquellos dos seres humanos arrastraban una historia por separado y otra
de forma conjunta, a la que acababa de incorporarme yo. Me pregunté cómo se
habrían conocido. Haciendo cábalas sobre esa cuestión, salí de aquella casa, con
una sonrisa tan amplia que el Joker parecía un suicida a mi lado.



Llegué a casa un poco más tarde de lo habitual. Mi padre leía
el ABC y mi madre intentaba prestar atención al último escándalo de los famosos
en la televisión. En cuanto me vio, me preguntó dónde había estado hasta
aquellas horas. Mi padre la cortó de cuajo, como solía hacer:




¿Cómo que dónde ha estado? Ha estado sudando y trabajando
para ganarse su dinero, como tiene que ser.




Era la primera vez que le daba las gracias a mi padre por
algo desde hacía mil años.




Cierto, coronel. He estado sudando mucho hoy. Si no llega a
ser por tu empecinamiento, papá, me habría perdido cantidad de experiencias
que me han enriquecido mucho. Gracias.


 



 



Por favor vota el relato. Su autor estara encantado de recibir tu voto .



Número de votos: 0
Media de votos: 0


Relato: Practicando el censo
Leida: 20869veces
Tiempo de lectura: 14minuto/s

 





Documento sin título
Participa en la web
Envia tu relato
Los 50 Ultimos relatos
Los 50 mejores relatos del dia
Los 50 mejores relatos semana
Los 50 mejores relatos del mes
Foro porno
sexo
lesbianas
Contacto
 
Categorias
- Amor filial
- Autosatisfacción
- Bisexuales
- Confesiones
- Control Mental
- Dominación
- Entrevistas / Info
- Erotismo y Amor
- Fantasías Eróticas
- Fetichismo
- Gays
- Grandes Relatos
- Grandes Series
- Hetero: General
- Hetero: Infidelidad
- Hetero: Primera vez
- Intercambios
- Interracial
- Lésbicos
- MicroRelatos
- No Consentido
- Orgías
- Parodias
- Poesía Erótica
- Sadomaso
- Sexo Anal
- Sexo con maduras
- Sexo con maduros
- Sexo Oral
- Sexo Virtual
- Textos de risa
- Transexuales
- Trios
- Voyerismo
- Zoofilia


Afiliados
porno
peliculas porno gratis
videos porno gratis
telatos porno incesto
porno español
travestis
peliculas porno
zoofilia
sexo gratis
sexo madrid
chat porno
webcams porno
fotos de culos
juegos porno
tarot
juegos
peliculas online
travestis
Cocinar Recetas
bedava porno
Curso Doblaje
It developer
porno italiano 3G gratis
erotische geschichten



Webcams Chicas de Misrelatosporno.com
 
Todo sobre acuarios
 
Si te gustan los acuarios, suscribete a neustro canal de youtube !!!
Pulsa aqui abajo .