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Relato: Un relato a la vez... (02)


 


Relato: Un relato a la vez... (02)

  

UN RELATO A LA VEZ: UNA MUJER BORRACHA.



Esta historia y la que sigue son dos distintas, pero con
algunas similitudes en los detalles. Si los nombres han sido o no cambiados, lo
dejo a criterio del autor. En cualquier caso, si bien el contenido no es algo
que me enorgullezca, reconozco que me libera un poco el contarlo.



MARIA


En mi centro de trabajo cada año llegan personas nuevas. En
cada ocasión llegan pocas mujeres y por eso recuerdo muy bien el momento que
conocí a Maria. Joven, sola e inexperta en tratos con hombres, según pude notar
casi desde el primer día. Algo que me fascina es conocer personas: su carácter,
su personalidad. Y con Maria no fue la excepción. Recuerdo que ella se aislaba y
en sus ratos libres se sentaba frente a la computadora, chateando con no se
quien. Un día, platicando con otros compañeros en el centro de cómputo, le
dirigí la palabra por primera vez, y pude notar su alegría al ser incluida en la
plática. Lo suyo era timidez, eso estaba claro.



Con el paso del tiempo rápidamente me gane su confianza. Algo
que siempre me gusta hacer es hablar con la verdad desde el principio. Creo que
así es mas fácil hacer lo que uno quiera. Y esto tomando en cuenta que a veces
la verdad no siempre suena creíble. Ironías de la vida, supongo.



El punto es que, fiel a mi costumbre e intereses, uno de los
temas que abordamos pronto fue lo referente al sexo. Ella no era virgen, según
me contó, aunque en toda su vida solo había tenido dos relaciones íntimas, con
el mismo hombre y no muy satisfactorias. Otra cosa que me dijo fue que se
masturbaba cuando estaba sola y siempre que tenía oportunidad. Algo muy simple:
se limitaba a pasar uno o dos dedos por su clítoris, hasta sentir lo que ella
reconocía como un orgasmo. En fin, que realmente tenia poca experiencia sexual,
pero mucha curiosidad e interés.



Yo le conté de algunas de mis vivencias, incluyendo el hecho
de que me fascinaba hacer sentir un orgasmo a una mujer antes de que yo
terminara y alcanzara el mío. Esto a ella la impresionó, aunque no me lo dijo
inmediatamente. De eso me di cuenta poco tiempo después.


Nuestras pláticas no siempre eran de sexo, pero aun así la
confianza aumentaba con el paso del tiempo.



Por otro lado, les diré que yo no soy experto conociendo los
licores y cervezas. De hecho, la cerveza la soporto muy poco si solo estoy
tomando eso. Por el contrario, desde muy joven me había dado cuenta que tengo
alta tolerancia a los vinos y licores. Mis sentidos se mantienen alerta aun con
una gran cantidad de alcohol ingerida. Esto no se por que es así.


A diferencia de mi, Maria es una mujer con mínima tolerancia
al alcohol. Uno o dos vasos de vino, aun con graduación baja, y ya no coordina
bien sus movimientos. Esto lo supe una tarde en la que estábamos solos en el
trabajo. Yo le había dicho que no conocía mucho de licores, pero que me gustaría
saber más. Ella me dio a entender que si conocía del tema, así que cuando le
pedí que me enseñara, sin problema alguno dijo que si.



Decidimos ir a comprar una botella de un vino blanco alemán
(no recuerdo el nombre). Regresamos al trabajo y abrimos la botella, la cual
acompañamos con unos quesos. Entre plática y plática, ella ya llevaba dos vasos
ingeridos y observe que a duras penas sostenía su cabeza y empezaba a hablar
cosas ininteligibles. En ese momento abrí la ventana del lugar donde estábamos
(la oficina de Maria que compartía con otro compañero), y le quite el vaso de su
mano. Prefería que se calmara ya que realmente yo la estaba pasando bien con la
plática. En la computadora puse algo de música, y ella poco a poco se calmo. La
invite a bailar una pieza tranquila, con la esperanza de que se le bajara lo
poco que había bebido. Y así fue. Pero esto fue contraproducente, ya que se le
antojo tomar más.



Yo tengo la filosofía de que cada quien puede hacer de su
vida lo que quiera siempre y cuando no dañe a terceros. Total, ella ya esta
grandecita para saber lo que hace.



Nos acabamos la botella y ella se quedo dormida en su silla.
En ese momento, aunque yo estaba muy sereno, reconozco que al verla ahí, tan
relajada y tranquila, me sentí algo excitado. Sin embargo, no quise hacer nada
sin su consentimiento. Me quede ahí, a su lado, escuchando música suave. Como a
la media hora ella medio despertó muy ansiosa con ganas de ir al baño. Este se
encuentra en la planta baja, y yo le dije que la esperaba ahí en la oficina. Sin
embargo, me di cuenta que ella no coordinaba ni lo que sentía ni lo que decía,
ya que me insistía con los ojos a medio cerrar y las manos puestas sobre su bajo
vientre que quería ir al baño.



Eso me puso en un predicamento. ¿Qué podía hacer yo? La tomé
bajo los brazos y la levanté. Recuerdo haber sentido sus senos, que admito son
muy grandes. El caso es que entre medio que la fui arrastrando y medio que ella
caminó, llegamos al baño de mujeres. Ahí le abrí la puerta y la solté
recargándola en el marco. Le dije que ahí la esperaba. Sin embargo, casi se cae.
La sostuve rápido al tiempo que la escuchaba de nuevo insistir en que tenía que
ir al baño. Observé que seguía sin darse cabal cuenta de la situación en la que
se encontraba.



¿Qué podía hacer yo? Realmente no me sentía cómodo. Yo había
tomado un poco más de la mitad de la botella, y aun así podía reconocer en ese
momento que lo que estaba pasando no estaba bien. Sin embargo, ella seguía
retorciéndose con verdaderas ganas de hacer sus necesidades fisiológicas.


Ya decidido, la volví a tomar en mis brazos, y la dirigí a
uno de los privados. Lo abrí y ahí se repitió la escena de la puerta del baño.



¡Ni siquiera ahí reaccionaba Maria!



Ella estaba a un lado de la taza del baño y no podía hacer
sus necesidades. Seguía moviéndose y sus manos las seguía teniendo en su
vientre. Imaginando que seria peor si se manchaba su ropa, decidí llegar hasta
el fondo del asunto.


Le baje primero su pantalón y después su pantaleta. Admito
que vi sus vellos pubicos en una fugaz mirada. Voltié hacia su cara y la senté
en la taza. Yo me quede en la puerta del privado, por si ella se caía,
impedírselo. Solo vi como se relajo al tiempo que orinaba. Y para colmo, no
podía vestirse cuanto terminó. La paré, la recargué contra la pared, y le subí
su pantaleta y su pantalón.



¡Vaya! Que momento. Acababa de quitarle una prenda íntima a
una mujer que tenia poco tiempo de conocer. ¿Qué si me había excitado? Claro que
si. A pesar de lo incómodo de la situación, el morbo ganó. En el camino de
regreso, mientras la ayudaba a caminar, con mi brazo le acariciaba un seno, pero
de ahí no pasé.



Regresamos a la oficina, y ella cayó de nuevo en su silla,
quedando esta vez profundamente dormida.


Se que pude haber hecho mas con ella en ese momento, pero en
verdad no quise abusar.



Preferí salir de ahí, y al día siguiente temprano, pase por
su oficina. Ella estaba muy triste y apenada por lo poco que alcanzaba a
recordar. Sin embargo la tranquilicé explicándole que no había sido culpa de
ella.



Le recomendé no tomar alcohol en una situación donde no
hubiera alguien de su confianza, quizás su hermana u otro familiar. Ella me
recordó que yo era alguien de su confianza y me agradeció lo que hice por ella.
¿Pero que hice sino solo excitarme al haberla ayudado? En ese momento pensé que
eso jamás se iba a repetir. ¡Que equivocado estaba!



Tan solo unos días después, hablando de nuevo sobre las
bebidas, le mencioné que yo había comprado un tequila muy fuerte. Ella quiso
probarlo.


Igualmente en su oficina, cuando ya todos se habían ido,
abrimos la botella. Esta vez tuvo un poco más de control sobre si misma, lo cual
me hizo pensar al principio que todo iba a estar bien. Entre plática y plática,
la botella se vació a la mitad. Aquí fue donde cambio todo.



- Maria, quiero darte un beso.


- Yo también deseo besarte.



La charla había sido muy tranquila, nada de temas sexuales,
así que me sorprendió notar desde el primer beso lo excitada que estaba. No fue
solo un beso, sino varios acompañados de caricias que poco a poco se hicieron
mas intensas.



Sin embargo, al poco tiempo, se quedo dormida en su silla.


Esta vez, ya con los besos y caricias, mi excitación era tal
que ya no me detuve a pensar en si estaba bien o no avanzar con ella en ese
estado.



La levanté y llevé a un sofá, y me di a la tarea de
desvestirla.



Su pantalón cayo, le siguió inmediatamente su pantaleta. La
blusa solo se la subí y el sostén se lo desabroche y se lo subí.



¡Vaya que si son grandes los senos de esta mujer! Los bese,
los estruje, los mordí. Los pezones le hicieron traición: ellos bien que
despertaron al contrario de ella.



Yo solo me bajé el pantalón (no traía ropa interior) y me
dispuse a satisfacer mis bajos instintos.


Entre paréntesis permítanme hacer un comentario: hay una
película en ingles llamada Basic Instincts. En español la titularon Bajos
Instintos. No es una traducción muy apropiada, ya que los llamados "bajos
instintos" (léase los instintos sexuales) no coinciden con los "instintos
básicos" (léase comer, respirar, o como en la película, el instinto de
supervivencia).



En este caso los míos eran muuuy bajos instintos, así que sin
pensar coloqué mi pene en la entrada de su vagina, que por cierto estaba
lubricada.


En ese momento ella despertó, y musitando incoherencias trató
de evitar la penetración.


Eso duro poco, ya que se calmo pronto.


Yo hice lo que tenia que hacer: la penetré, y empecé a
bombear.



Lo que pasó lo compararía con una relación animal:
satisfacción del instinto sexual sin que hubiera sentimiento alguno de por
medio. Para aquellos que se consideren muy puritanos les diré que ni siquiera
sentí vergüenza.



Lo único que si sentí fue aprehensión por dejarla embarazada,
ya que no suponía que tomara algo para protegerse si no acostumbraba tener sexo.
Yo no estaba usando condón, así que cuando sentí que iba a terminar, saque mi
pene de su vagina y lo puse en su mano. Ahí acabé.



Ya ni siquiera me molesté en limpiarle su mano.


Si al día siguiente se iba a sentir culpable de nuevo, el
semen en su mano le haría imaginar con lujo de detalles lo que había pasado.



Ya con un ligero grado de ebriedad y sin otra que me
interesara hacer ahí, me retire de la oficina.



Al día siguiente, sábado, yo tenía un compromiso en la tarde.
El caso es que cuando me desperté me di cuenta que había dejado mi cartera en la
oficina de Maria, así que después de arreglarme me fui a ver si aun estaban ahí
(la cartera y ella). Como era de esperar, ella estaba triste y preocupada por lo
que había pasado. Me di cuenta que se había bañado, así que no había rastro
alguno de semen en su cuerpo.



Tengo que reconocer que ella se veía muy linda, con su pelo
peinado de lado, su cara ya maquillada y sus ojos melancólicos.



Le dije que regresaba por mi cartera pero que mas tarde
hablábamos.



Me despedí de ella dándole un beso tierno en los labios, el
cual ella no puso reparos en aceptar.



Lo cierto es que tiempo después platicamos mas serenamente de
lo que había pasado esa noche. Eso nos llevo a hacer más cosas, que contare con
calma en otra ocasión.



Déjenme terminar este relato con una reflexión.



Si una mujer (y un hombre incluso) quiere satisfacer algún
deseo, pero siente que esta mal que lo haga, puede llegar a caer en un circulo
vicioso nada benéfico: buscará, tal vez inconscientemente, la manera de
satisfacer sus deseos, pero a su vez, esto la hará sentirse culpable, reforzando
su opinión de que hizo mal, pero cuando el deseo se imponga de nuevo, el ciclo
iniciará otra vez.


Si no haces daños a terceros ni a ti mismo, yo creo que se
debe marcar una línea de deseos que puedas satisfacer sin culpa alguna, y
hacerlos realidad.


 



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Relato: Un relato a la vez... (02)
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