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Relato: Mi vecina: 13 años y su primera mamada


 


Relato: Mi vecina: 13 años y su primera mamada

  Mi vecina: 13 años y su primera mamada
Mi nombre es Juan Carlos, tengo 31 años, casado, abogado, vivo en Montevideo, Uruguay. La historia que voy a contar, y que aun continúa, es totalmente real. La protagonista de este relato es mi vecina Lucía, que al momento de comenzar con esta “hermosa locura sexual” contaba con tan sólo 13 años de edad. Lucía es una joven que actualmente tiene 16 años, es de estatura mediana, cabello castaño claro, ojos color miel, delgada, tiene poco pecho pero tiene un culito paradito y respingón. Si bien no es una chica muy atractiva de cara, su culito hace que tenga un cierto atractivo, el cual hace lucir muy bien con unos jeans ajustados. Obviamente, a los 13 años no tenía su culo formado como ahora, supongo que con el correr de nuestras prácticas sexuales tal vez haya tomado esa hermosa forma que hoy tiene. Lucía era una chica muy madura para tener 13 años. Solíamos tener charlas con ella sobre política, por ejemplo, donde nunca ocultó sino que mostró con orgullo su afinidad al socialismo. Charlas que incluso en varias ocasiones incluían a mi esposa, ya que ella también solía salir conmigo (cuando no trabajaba) por las tardes al jardín de nuestra casa donde desde allí conversábamos con Lucía, quien se encontraba en el jardín de la suya. Mi esposa trabaja hasta tarde, y a veces llega a casa entrada la noche, por lo cual era frecuente que tres o cuatro veces por semana charlara yo solamente con Lucía. Ella sí salía todos los días al jardín de su casa donde se encontraba con una amiga con quien también ella solía charlar sobre chicos, del liceo (o secundario como se le dice en algunos países), o de algunos programas de televisión. Esa amiga no era tan madura como ella, más bien era una chica que si bien creo que también tenía 13 años representaba dicha edad por el tipo de conversación semi infantil que mantenía. Lucía tenía muchos roces con sus padres pues a la edad de 13 años estaba con ganas de salir a bailar, a discotecas, y los padres no la dejaban porque es una joven aun muy chica para eso. Y en verdad, a pesar de la madurez de Lucía, los padres tenían razón. Hoy día, y con 16 años, ya sale con sus amigos los sábados por las noches. Las charlas con ella eran tan frecuentes que a veces se tornaban en confesiones de su parte. Un día, por ejemplo, hablando sobre sus posibles candidatos me dijo que le gustaban los hombres afeitados, que usan traje, camisa, y corbata, y que se peinan con gel el pelo corto. Casualmente, ése es mi perfil ya que por mi profesión me veo obligado a utilizar ese vestuario, además de que uso lentes que de alguna forma me dan un aspecto intelectual que considero interesante. Ese comentario me hizo preguntarle enseguida (y medio en broma y medio en serio) si yo le gustaba, y me dijo entre sonrisas tímidas y cómplices que sí, aunque sabido es que nunca prosperaría una relación entre un chico de 28 años y una chica de 13, por lo tanto, esa confesión quedó en eso, pues nunca más se volvió a tocar el tema. Además, y con lo enamoradizas que son a veces las chicas de la edad de Lucía, era probable que el gusto que sentía por mí rápidamente se le esfumara al conocer a otro chico. Lucía se fijaba siempre en chicos mayores que ella, quizás producto de su propia madurez que hacía que descartara casi de plano los chicos de su misma edad o de algunos pocos años mayores. Además de no perder de vista que ya de por sí las mujeres maduran antes que los hombres y por lo común suelen enamorarse de chicos más grandes. Lucía siempre decía que los chicos de su edad estaban para la estupidez, que no se podía charlar de cosas serias con ellos, que sólo piensan en los juegos electrónicos, en las computadoras, en fumar, o emborracharse, sin preocuparse por tener alguien al lado ni de cuidar a su novia. Luego de toda esta introducción hecha a los efectos de que conozcan mejor a Lucía, paso ahora a relatarles cómo se fue dando esta locura que estamos viviendo. Como aquí en Uruguay hasta hace tres o cuatro años no era muy frecuente que la gente contara con un acceso ilimitado a internet desde su casa, Lucía solía ir al cybercafé del barrio unas tres a cuatro veces por semana con una o dos amigas más, a divertirse. Las veía allí porque a veces tenía que ir al cybercafé a imprimir algún documento de mi profesión ya que de vez en cuando mi impresora se atascaba y no me lo permitía. También la escuchaba pedirle plata a su mamá para ir al cybercafé con las amigas, lo cual hacía que yo supiera que estaba por ir allí. Nunca supe qué es lo que buscaba en el cybercafé, es decir, a qué páginas web entraba a navegar. Ni tampoco me importaba. Además, es imposible ver si no te paras de frente al monitor qué es lo que está haciendo el usuario en ese momento porque las computadoras en ese cyber están (si bien una al lado de la otra) separadas en cabinas por unas tablas de madera que hace imposible que quien está al lado o en diagonal a la máquina sepa en qué página está navegando el usuario porque no se ve la pantalla. Las veces que la veía allí la saludaba con un beso en la mejilla (lógicamente, yo quedaba de frente a la pantalla) pero no miraba la pantalla. De hecho, no soy un tipo curioso. Un cierto día como tantos en los cuáles charlábamos un rato por las tardes, Lucía vino hacía mí y me dijo lo siguiente (trataré de reproducir el diálogo lo más fiel posible, aunque obviamente no recuerdo las palabras textuales):
Lucía: ¿viste ayer en el cyber qué era lo que estaba viendo?
Yo: No, nunca miro lo que hacen los demás.
Lucía: Ok. Menos mal.
Y Lucía se fue. Me quedé pensando, ¿qué estaría viendo esta chica por internet?. Al otro día la volví a ver, pero esta vez en la carnicería. Y no me pude contener preguntarle por qué me preguntó si yo había observado lo que ella estaba mirando en el monitor del cyber. El diálogo fue más o menos así:
Yo: ¿Por qué me preguntaste ayer si yo había visto lo que vos estabas viendo en el cyber?
Lucía: Porque ... lo que estábamos mirando no está bueno que lo sepa todo el mundo. Y conste que entramos allí por decisión de Carolina (su amiga).
Yo: Ok, está bien.
Como les dije, no soy un tipo muy curioso ni ando encima de la gente para que me cuente qué hace. Pero, inesperadamente, ella me dijo.
Lucía: Está bien, a vos te voy a contar, pero no le digas a mis papás ni a nadie, ni siquiera a tu esposa, tiene que quedar entre vos y yo porque si se entera alguien más me van a matar.
Yo: Ok, escucho.
Y me contó nomás. Estaban viendo fotos y videos cortos (de esos de 1 a 2 minutos) pornográficos. Y que desde hacía unos pocos meses iban al cyber con Carolina y otra amiga a ver eso. Por ello es que iban tan seguido al cyber a divertirse que, como les dije, debían ser unas tres a cuatro veces por semana. Lucía me contó que todo comenzó cuando Carolina revisó su correo y uno de los mails que le envió un amigo de ella (o compañero del secundario, no sé bien quién fue) le mandó una foto de una chica chupando una pija. Esa foto tenía en su parte inferior una dirección web. Cuando vieron eso quedaron petrificadas, aunque a Lucía no le causó sensación de asco, sino de curiosidad. Obviamente, a pesar de tener 13 años sabía bien que a los niños no los trae la cigüeña de París, y que la práctica de sexo oral existe y es real. De hecho, en los primeros años de liceo o secundario (en los comienzos de la adolescencia) existe una materia denominada Educación Sexual y Reproductiva que tiende a informar a los jóvenes sobre las prácticas sexuales y sus riesgos, y ni que hablar que el sexo oral tiene sus riesgos. Esa fue su primer foto porno que vio. Y decidieron entrar a esa dirección web que lucía debajo de la foto aprovechando la privacidad de la estructura del cyber. Y me contó que vieron de todo. Incluso videos caseros en youtube. La consecuencia de todo esto (pensaba yo para mis adentros) no podía ser otra que el llegar a su casa y aguardar el momento ideal para pegarse una flor de masturbada. A los 13 años ya muchas niñas empiezan a explorarse, y a veces antes aun. Y se lo pregunté. La conversación fue más o menos así:
Yo: ¿Te masturbás luego de ver las fotos?
Lucía: Sí, a veces, ¿está mal eso? Todas las chicas de mi edad lo hacen. ¿Vos no te masturbaste alguna vez?
Me dio esa respuesta intentando convencerse ella misma de que lo que hacía era lo más normal del mundo entre chicas como ella, e incluso me preguntó si alguna vez yo no me masturbé, como queriéndome decir que si no lo había hecho yo no era normal o era un extraterrestre.
Yo: Claro. Alguna vez lo hice. Todos los hombres lo hacemos.
La conversación terminó cuando ambos doblamos la esquina y cada uno fue a su casa con la compra de la carnicería.
Pasaron unos días donde estuvimos conversando nuevamente, inclusive con mi esposa, aunque, lógicamente, nada de pornografía. Sólo conversación normal, incluyendo fútbol (somos hinchas del mismo equipo) y algo de política y de los vecinos ya que por aquél entonces se avecinaban unas elecciones de Concejal de Barrio. Hasta que unas semanas más tarde nos volvimos a ver, pero esta vez solos. Mi esposa llegaría unas dos o tres horas después. Y en el medio de la charla, mientras yo aprovechaba la caída del sol para cortar el pasto, se aproxima hacia la reja perimetral de mi casa y me llama a que vaya a su lado pues quiere decirme algo confidencial. El diálogo fue algo así (insisto en intentar repetir lo mejor posible la conversación, a fin de que pueda traducir la fidelidad de lo sucedido):
Lucía - ¿Ése líquido blanco y medio espeso que les sale a ustedes de la pija, es el semen?
Yo: Sí –contesté, un tanto sorprendido por la pregunta- ¿Estuviste viendo porno de nuevo? ¡Je!
Lucía: Sí –entre sonrisas cómplices y tímidas- Me imaginé que era eso porque fue lo que aprendimos el año anterior en el liceo. ¿Y tu esposa se lo bebe?
Yo: ¿Eh...? –contesté yo, ya más que sorprendido- ¿Por qué me preguntás eso?
Lucía: Porque la mayoría de las veces las chicas que veo se tragan el semen, o se lo ponen en la boca y lo escupen.
Yo: No te voy a contestar si mi esposa hace eso –le contesté, un tanto enojado por el atrevimiento de su pregunta- Pero muchas mujeres sí lo hacen.
Lucia: entonces, si no me querés decir si tu esposa hace eso, es porque se la bebe, sino no tendrías por qué ocultármelo.
Yo: ok, tú ganas, se lo bebe. Pero no le digas esto a nadie, ni menos a ella, porque me va a matar.
Lucía: ok, trato hecho, dime, ¿es rico el semen y por eso se lo tragan?
Yo: no sé. Yo nunca probé semen. Eso de que las chicas traguen semen es un morbo de los hombres. A algunas les gusta, otras lo hacen sólo por satisfacer a sus parejas. Yo nunca recibí quejas de que mi semen fuera feo, presumo que el semen de nadie es feo. ¿Ese tipo de fotos y videos es lo que más te gusta ver en el cyber?
Lucía: sí, y otros también, pero después te digo. Gracias, Juanchi (así me llama ella a veces).
Y se despidió de mí con un beso. La verdad, estaba yendo un poco lejos este asunto de ver porno en el cyber.
Pasados unos días nos volvimos a ver, esta vez en el supermercado. A la salida del supermercado nos pusimos a conversar nuevamente sobre pornografía. Me contó que estaba muy curiosa por seguir investigando sobre sexo y pornografía, y que se masturbaba cada vez más seguido. Parecía evidente que se le estaba tornando una adicción. Le dije casi con voz paternal que lo mejor que podía hacer era ponerse de novia con algún chico que le gustara, y con el tiempo comenzar a probar ella misma por sus propios medios lo que se siente. Ella me dijo, inmediatamente y como algo que tenía muy asumido y no pensaba modificar, que quería llegar virgen al matrimonio. Lo cual, a mi criterio y por obvios motivos, es más que lógico. Le dije que eso hoy en día ya no es tan así, que la práctica del sexo es una actividad cada vez más liberal, que no está mal visto tener relaciones antes de casarse, todo ello en un tono no de imposición, sino de sano consejo. Me puse como ejemplo diciéndole que yo tuve varias novias antes de mi esposa, que con todas ellas tuve relaciones y nuca me casé con ninguna, y que con mi esposa había mantenido relaciones sexuales infinidad de veces antes de casarnos. Además, le dije como sugerencia que podía perfectamente mamársela a su novio, probar su semen si es que tanta curiosidad le daba, y llegar virgen al matrimonio pues no había necesidad alguna de invadir la vagina para hacer sexo oral.
Volvieron a pasar unas semanas, cuando comenzó la locura que hoy día seguimos viviendo. Lucia seguía yendo al cyber con la misma frecuencia que antes. Y uno de esos días la volví a ver ya que fui al mismo a imprimir una demanda que tenía que presentar al día siguiente en el juzgado, pues mi impresora había terminado de romperse. La ví y la saludé, cuando escuchó que la saludaba de lejos y me acercaba a darle un beso en su mejilla, me di cuenta que minimizó la ventana que tenía abierta. Me hice el desentendido, la saludé, y nada más. A los pocos días le pregunté (ya con más confianza) qué estaba viendo ese día que minimizó la ventana. Me dijo que eran una serie de fotos de una jovencita que se la metían por el ano y le daban en semen en la lengua. Y ahora viene lo que resulta interesante, y que fue puntapié inicial de toda la locura sexual que llevamos (como siempre, trataré de repetirlo lo más fiel posible):
Lucía - ¿puedo pedirte algo sin que te enojes? Pero es sólo entre vos y yo, por favor que no salga de acá.
Yo: ok, dale.
Lucia: estuve pensando eso que me dijiste de que puedo llegar virgen al matrimonio pero darme algunos gustos antes. ¿Me dejarías probar tu pija y tu semen?
Yo no sabía qué contestar. No esperaba esa pregunta. Quedé perplejo. No esperaba que se hubiera decidido a realizar lo que siempre acostumbraba ver por internet. Y menos que el afortunado sería yo.
Yo: dejame pensar, mañana te contesto. No es fácil para mí. Imaginate que estoy casado, me conoce todo el barrio, y si alguien se enterase de esto no sólo me divorciaría, sino que además me mandarían a la cárcel, no olvides que sos menor. Y todo esto, además, implicaría que pierda mi trabajo en el buffet y que todo el ambiente de abogados y quizás escribanos se enterasen de esto.
Lucía: ok, te lo pido a vos porque te tengo confianza y sé que no hay riesgos. Estoy curiosa y tengo ganas de saber qué se siente. Ya no quiero verlo más en fotos o videos, quiero saber qué se siente. No se me ocurre a qué otra persona pedirle. ¡Porfi, no te enojes!
Yo: no me enojo, lo pienso y mañana te contesto, pero ¿por qué no te empeñás en conocer algún chico y hacerlo vos por las tuyas? No lo tomes a mal. No te estoy rechazando, pero no me parece bien lo que me pedís. Lo pienso bien y mañana te contesto.
Lucía: pero quiero probar ahora, me da mucha curiosidad. No quiero esperar a enamorarme de alguien para recién después probar. Las ganas las tengo ahora, mañana no sé qué pueda pasar. Además sé que vos no le dirías nada a nadie porque sos el primero en perjudicarse.
Y bien, al otro día, volví a ver a Lucía. Ese día mi esposa llegaría tarde en la noche, y estuve charlando en Lucía un rato. También con su madre quien se asomó a conversar con nosotros. La madre es una excelente persona, y muy buena vecina, pero justo en ese momento estaba estorbando conversando de cosas que no nos importaban, como por ejemplo, que andaba un gato metido en el fondo de su casa y no lo podía sacar porque se le subía al limonero. Luego que la madre se fue (pasó como una media hora para que se fuera) Lucía me miraba y no me decía nada. Estaba esperando la respuesta. La noche anterior yo ya había pensado todo. Y se lo dije.
Yo: ok, Lucía. Te voy a dar a probar lo que me pedís. Pero por favor que esto sea un pacto de sangre. No digas nada a nadie porque me puede costar muy caro.
Lucía: ok, ¿y cómo hacemos?
Yo: Mañana mi esposa llega más tarde, así que decile a tu madre que a la tardecita vas a ir al cyber. En realidad, nos vamos a encontrar en la esquina y vamos a ir al fondo de la casa que está deshabitada, a dos cuadras de acá. ¿Te parece bien?
Lucía: ok, ¿demoraremos mucho?
Yo: Presumo que una media hora, más o menos. Eso sí, yo entro primero, y vos después a los pocos minutos, porque si nos ve algún vecino entrando juntos a ese lugar va a pensar que es para hacer lo que realmente vamos a hacer, y eso es lo que no puede pasar.
Lucía: ok, buenísimo.
Y se despidió de mí con un beso en mi mejilla.
Llegó la hora pactada y ya estábamos en la esquina. Entonces, yo comencé a caminar hacia la casa deshabitada, que queda a una cuadra de esa esquina: Comencé a caminar adelantándome a ella para que no pareciera que íbamos juntos. Entré a la casa mirando a los cuatro lados que nadie me viera, y a los pocos minutos entró ella. Entramos por una ventana rota que está semi abierta. Nos fuimos para una de las habitaciones del fondo. Aun había luz solar a pesar de ser tarde (era verano, y aquí en Uruguay se adelanta el uso horario una hora en esa estación, lo cual hace que el día rinda más en cuanto a la luz solar). Ya estábamos allí, prontos para nuestra primera experiencia juntos. La conversación se fue desarrollando más o menos de la siguiente forma:
Yo: ¿estás pronta?
Lucía: Sí, estoy nerviosa, pero me gusta la idea de esconderme para esto.
Yo: ahora yo me quito el pantalón, el calzoncillo, y vas a ver mi verga. Vos ponete de rodillas, y te aconsejo que primero empieces por acariciarla, tocarla, y luego que sientas cómo es al tacto, seguí por darle unos besitos en la punta y en el costado, lamela un poco, así te vas acostumbrando al gusto. Y cuanto te sientas con suficiente coraje, abrí la boca lo más grande que puedas y metete la cabeza de la pija adentro, ¿ok? Jugá con tu lengua en la cabeza. Yo sé que son muchas cosas y capaz que no te acordás, pero a medida que vaya pasando todo yo te voy repitiendo. No tomes a mal que yo te diga cómo hacerlo, lo que pasa es que si vos lo hacés como a vos te parezca te puede dar arcadas, horcajadas, y tal vez te resulte todo desagradable. La idea es que te guste, ¿no es así?
Lucía: sí, gracias por explicarme, no creo que me acuerde de todo, pero vos guiame, yo después me manejo sola.
Y así empezó Lucía. Arrodillada frente a mí con su cara de colegiala (mitad niña, mitad adolescente) comenzó a acariciarme la pija, la tocaba, le dije que si quería podía tocarla con las dos manos. Ella estaba temerosa y hacía todo con una mano sola. Le dije que se relajara y que usara sus dos manos. Luego empezó a depositar suavemente sus jóvenes labios en la cabeza de mi pija, y en el costado de la misma. Me la besó unas cuantas veces. Le dije que sacara la lengua un poco y que la lamiera, para acostumbrarse al gusto. Lo hizo, y lamió mi pija desde el tronco hasta la cabeza, porque me dijo que así había visto hacerlo a una chica en un video en internet. Siguió unos segundos, hasta que en un momento se escondió la cabeza de mi pija en su boca. Abrió grande su boquita juvenil y se engulló un poco más allá de la cabeza de mi verga. Así, empezó a chupar. Empezó con un mete y saca suave, despacio, como tratando de conocer un territorio que por primera vez estaba explorando, con la temerosidad y respeto que se tiene a lo desconocido. Trató de ir más al fondo (seguramente ya empezando a enviciarse con la pija) pero se la sacó de la boca y empezó a toser. Había hecho una arcada por haberse atorado o atragantado. Le dije:
Yo: tranquila, no te apures. Lo estás haciendo muy bien. No tenías necesidad de engullirla toda. Dale más despacio.
Lucía: ok, disculpa, me perdí. ¡Je!
Era obvio que le estaba gustando. Ella misma estaba siendo la protagonista de aquellos videos tan excitantes que veía en el cyber. Me moría de ganas por decirle que me lamiera las bolas, pero no quería que hiciera demasiadas cosas ya que era su primera vez y tampoco quería que se estresara demasiado. Con lo que estaba haciendo era más que suficiente para su primera vez. Además, capaz que ella no quería hacer eso y tal vez me tratara como un pervertido, o pensara que me quería abusar de ella y su curiosidad. A medida que seguía chupando, se la metía cada vez un poco más adentro, y más rápido. También note cómo se la sacaba de la boca y la lamía, y la volvía a besar, seguramente imitando a alguna de las actrices porno que vio, o por qué no a alguna chica amateur. Así estuvimos unos 5 a 10 minutos, que para mí fueron súper excitantes. Entonces, le dije:
Yo: estoy por acabar, ¿cómo querés probar el semen?
Lucía: dámelo en la lengua, ¿te parece bien?
Yo: ok, pero sólo te voy a dar el primer chorro. La idea es que pruebes semen, no que te embarre la boca con él.
Lucía: no, embarrame, llename la lengua de semen.
Yo: mirá que te podés atragantar.
Lucía: no importa, lo quiero todo.
Yo: ok, pero no lo bebas hasta que yo no haya derramado hasta la última gota.
Yo estaba muy excitado y no me resistí a su pedido, aunque estando en mis cabales le hubiera derramado en su lengua nada más que el primer chorro porque lo que importaba era eso, que probara semen y no que la embarrara. Evidentemente, Lucía estaba poseída por la calentura extrema que debía tener debajo de sus jeans ajustados (que por otra parte me encantan cómo le quedan porque le marcan bien su culito paradito y respingón) y quería toda la leche, igual que lo que veía en los videos. Y así fue. Le avisé que estaba por acabar, sacó su boca de mi pija y sacó la lengua al máximo. Yo empecé a pajearme mi verga mojada por la saliva de la colegiala. Y el semen empezó a salir a borbotones. Cinco chorros de semen bien blanco, espeso, viscoso, y caliente fueron a dar directamente a la lengua de Lucía, el resto fue lo que caía desde mi pija hacia abajo, y que quedaba colgando de la cabeza; todo ello también fue a descansar a su lengua. Una vez que todo el semen cayó en su lengua, le dije que podía beberlo. Metió su lengua dentro de su boca y tragó la leche, auque creo que antes de tragarla hizo un gesto como de haberla saboreado en la boca. Luego que tragó el semen, le pregunté:
Yo: ¿y? ¿qué te pareció?
Lucía: está riquísimo todo esto de chupar la verga y tragar el semen. Tengo una calentura que no aguanto más. Llego a casa y me hago una paja aunque esté mi madre adelante.
Yo: ¡Je! Vamos rápido, antes de que alguien nos vea. Primero salí vos, y esperame en la esquina, en unos minutos salgo yo.
Lucía: ok, dale. Te espero.
Y así salimos, ella antes que yo (mirando previamente que nadie nos viera) adelantándome ella en la caminata de dos cuadras hasta casa. Nos despedimos desde lejos con una leve levantada de brazo. Ella entró a su casa, y a los pocos segundos, yo en la mía. La historia había empezado. Y no terminaría allí porque no solamente hasta el día de hoy sigue chupándome la pija y tragándose mi leche, (y en algunas ocasiones lo hizo más de una vez en el día) sino que además mantenemos encuentros donde la ayudo a masturbarse metiéndole un dedo en el ano. Estas historias las contaré en otros relatos, depende de la aceptación que tenga éste, pues de nada sirve confesarse uno mismo si termino aburriendo a los lectores.
Agradezco comentarios, tanto de chicos como de chicas.
Saludos a todos los lectores.
Juan Carlos
juancaralb@hotmail.com
 

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