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Relato: MARZO (1 DE 4)


 


Relato: MARZO (1 DE 4)

  MARZO
Parte 1 de 4


Enero, Febrero, terminado el año anterior, luego de un Diciembre de festejos, empiezan las ansiadas vacaciones, los niños no van al colegio, los adolescentes no van a la facultad, solo los que no se preocuparon deben rendir materias, entonces, todo se transforma…
Los centros turísticos se vuelven un caos, se reserva con antelación, los hoteles se ocupan rápidamente, y los que deben ser viajes de placer se transforman en viajes de locura, las rutas se saturan de coches, miles y miles de familias se trasladan como hormigas, como plagas, a paso de hombre, accidentes de tránsito, coches varados al costado del camino sufriendo recalentamientos...
Hay que hacer cola para comer, para bailar, para comprar en un negocio, para tomar un helado, para tomar un café, para hacer una excursión, los precios están por las nubes, todos quieren hacerse millonarios en dos meses, la gente se desespera, se arman tumultos, te pasan por arriba, como si en algo de todo esto se les fuera la vida…

Después de cinco años ininterrumpidos de trabajo forzado, convenimos con Mauro, mi esposo, que era hora de parar y tomar un merecido descanso. Tenía veinte cuando me casé con él, me lleva seis años, y todo se nos hizo cuesta arriba, arrancamos con lo puesto y tuvimos que forzarnos demasiado, casi sin descansar para poder estabilizarnos económicamente.
Había ido tres veces al mar, con mis padres, cuando era muy pequeña, no me quedan muchos recuerdos grabados de esa época, en mi adolescencia, con una grupo de amigas, donde la pasamos de boliche en boliche, viviendo de noche, durmiendo de día, y en mi luna de miel, con Mauro, el hombre de mi vida, creo que fue la primera vez que lo había disfrutado, playa y sexo, sexo y playa, en cualquier orden…
Al fin, con veinticinco iría al mar por cuarta vez, esta vez con un claro propósito, ir dos, volver tres, estábamos buscando nuestro primer hijo.

Lejos de la locura, elegimos Marzo, los días aún son cálidos, sin ser los primeros meses del año, aún se disfrutan bonitas jornadas de templada temperatura.
Viajamos cuatrocientos kilómetros de oeste a este, mi suegro nos había prestado su coche, ya que nosotros no podemos solventar uno, el armó solo un bolso de mano, en cambio mi equipaje constaba de dos bolsos y una pequeña valija, fue risueño ver su cara, pero había lugar de sobra.
Habíamos convenido no atarnos a un hotel, cosa que era sinónimo de atarse a horarios, preferimos en cambio alquilar alguna casita, donde poder desarrollar nuestras actividades a nuestro antojo, además Mauro suele distenderse cocinando y es excelente en ello, prepara unas salsas exquisitas!.

La pequeña ciudad costera estaba un tanto desierta, al menos para lo que recordaba de los meses pico, incluso varios negocios estaban cerrados ya que habían dado por terminada la temporada.
Nos tomamos un par de horas recorriendo lugares, era curioso, en Enero y Febrero uno es mendigo, no se consigue nada para alquilar y el poco remanente es la sobra por la que te cobran a precio de palacio, pero ahora éramos reyes, todo vacío y disponible a valores irrisorios, preferían casi regalarlo antes de perder los días sin alquilar.
Al fin conseguimos a orillas del mar, en la mejor zona, a una cuadra de la calle céntrica, un complejo de unos seis u ocho departamentos en propiedad horizontal, un bonito loft de dos plantas, con el comedor, cocina en planta baja y un amplio dormitorio en planta alta, con amplios ventanales, uno con vista directa al mar, todo en finos detalles, una construcción moderna de pocos años de fabricación, con muebles cromados, un tv led enorme en la pared, wi-fi, equipo de audio y hasta un jacuzzi en el baño.

Don Alberto era el dueño de todo el complejo, Mauro le discutió bastante el precio, hasta que al final decidió aceptar los míseros quinientos pesos por quince días, el tipo, frunciendo el ceño resignado al tiempo que contaba los billetes murmuró:

- Pensar que hace unos días me dieron setecientos por una semana…

Pero claro, Febrero era otra cosa…

Con el correr de los días nos enteramos algunas cosas, el viejo vivía contiguo a nosotros, en un departamento gemelo, separado por unos metros de distancia, era inmigrante italiano y estos departamentos eran para el su pasatiempo, su forma de mantenerse entretenido, siempre había algo que arreglar, que pintar, cortar el césped, nunca tendría para aburrirse.
Añoraba a su hija, quien luego de recibirse de contadora había partido a la gran ciudad a forjar su destino, apenas la veía un par de veces en el año, su única compañía era María, su esposa, o lo que quedaba de ella, su imagen daba pena, según nos confesó Alberto tenía una enfermedad terminal y los días contados, era solo un puñado de huesos y ropas holgadas, postrada en una silla de ruedas, nos dijo también que había perdido casi por completo la vista y la audición y que él la acompañaría hasta el día en que dejara este mundo.

A pesar de todo el viejo Alberto parecía un tipo bastante centrado, calculo unos sesenta años, de cabellos y bigotes blancos, alto y espigado lo que dejaba imaginar un joven apuesto en su juventud, de ojos celestes y tez un tanto cobriza, con las marcas que dejan años y años de haber recibido el calor del sol, con un abdomen incipiente propio de la edad, perfectamente afeitado, teñía la costumbre de tener algún verde tallo en la boca que arrancaba de uno de los árboles que adornaban la vereda, un gesto que con el correr de los días se me haría familiar.

Esos quince días fueron especiales, todo empezó de maravillas con mi esposo pero el poco a poco se fue poniendo denso, aquí creo conveniente aclarar que soy una mujer muy atractiva y no es por creérmela, es la realidad, mido casi un metro ochenta, tengo grandes pechos y gran cola, soy bastante corpulenta pero bien tallada, además uso el cabello moreno enrulado casi a la cintura y tengo dos enormes ojos verdes que resaltan como faroles. Y también es cierto que mi belleza es directamente proporcional a mi vergüenza, no me agrada sentirme observada por los hombres en forma lasciva, como un objeto, como un pedazo de carne, considero que tengo otras aptitudes por la que debo ser valorada.
Pero Mauro se excitaba luciéndome como su joya preciosa, él es así…

A la segunda noche descubrimos que el viejo Alberto salía al balcón antes de irse a dormir, seguramente después de cenar, se apoyaba en el borde y se quedaba pacientemente fumando su pipa, con la mirada perdida en el horizonte, solo perturbado por el ruido de las olas rompiendo en la orilla, bajo un telar oscuro cubierto por infinitos puntos plateados titilando sin cesar, apenas la luna naciente iluminaba su rostro.
Eso bastó para que mi esposo comenzara a jugar con la situación, la tercera noche antes de hacer el amor y luego de asegurarse que el viejo estaba ahí, no solo abrió las ventanas que daban al mar, también corrió los cortinados que daban al dúplex continuo

- Que haces? Estás loco? el viejo está ahí…- recriminé mientras señalaba con mi dedo índice
- Lo se mi amor, no te gustaría saber que él nos está mirando?- respondió con una sonrisa pecaminosa
- No, la verdad que no me gustaría que nos estuviera observando- no entendía que lo excitaba de la situación
- Por favor amor, cúmpleme el deseo, nunca te pido nada…

Solo por darle el gusto, pero la situación me incomodaba demasiado, estaba bastante oscuro y no sabía realmente si don Alberto podría vernos o no, pero si yo podía ver su silueta asumí que él podría ver las nuestras, por lo que no pude liberar mi mente y me sentí presa de la situación, no pude abstraerme del vejete observando nuestra sexualidad.
Pero Mauro se mostraba sumamente excitado, su miembro estaba tieso como una piedra, yo lo amo, siempre lo amé, y fui complaciente con él, bajé lentamente por su cuerpo, aún tenía el slip, di suaves y tiernos mordiscos sobre él, mi esposo estaba tan caliente que no pudo esperar a que yo se lo bajara, el mismo se los quitó con la rudeza típica de los hombres, y ahí lo tenía, frente a mis ojos, se lo besé y se lo acaricié, mientras lamía su glande acariciaba sus testículos, suaves, tiernos, subí un poco, solo para rodearlo con mis grandes pechos, lo puse al medio y lo moví lentamente, se sentía muy rico…

Mientras el pene de Mauro se mecía entre mis bubis, mi vista fue hacia la ventana, la silueta del viejo estaba aún ahí, imperturbable, incluso notaba el humo saliendo de su pipa, mi mente se llenó de preguntas, de incertidumbres, era una situación muy rara, muy loca.
Las contracciones de mi marido me trajeron a la realidad, estaba llegando y yo ni cuenta me había dado, otra vez lo llevé a mi boca y lo ayudé con mis manos, el gran chorro de su néctar llegando a mi garganta fue prueba suficiente de la excitación que tenía, disfruté de su amor en mi boca hasta el final, como hacía rato no lo sentía…
Después de beber hasta la última gota fui sobre sus labios para darle un profundo beso de lengua como hacía tiempo no le daba, la rutina de los días me había quitado esa espontaneidad de los días en que noviábamos, lo sentí excitarse por la pasión y profundidad de mi beso y por su sabor amargo, sabor a él…

Mauro buscó la forma de devolverme el favor, pero estaba incómoda, estaba molesta, por su proceder, me hacía sentir una mujerzuela, eso me irritaba, el anciano aún estaba en el balcón, le hice saber que no estaba de humor, el solo me dio un beso y pronto sus ronquidos llenaron el cuarto. Eso me molestó más todavía, tal vez si lo hubiera hecho por la fuerza, tal vez si me hubiera devuelto el favor, tan solo si se hubiera perdido entre mis piernas, pero él nunca haría eso, no le agradaba mi sabor, no estaba en sus genes, pero no podía culparlo del todo, no podía adivinar lo que estaba en mi cabeza… al fin, el sueño me venció.


CONTINUARA

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Relato: MARZO (1 DE 4)
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