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Relato: MANIPULADOR (PARTE I)


 


Relato: MANIPULADOR (PARTE I)

  MANIPULADOR (PARTE I)


Mis padres me criaron bajo los más estrictos preceptos de la religión cristiana, mamé en el seno de mi familia una cultura muy arraigada a la iglesia, todos los fines de semana asistíamos a misa y mi madre incluso fue por bastante tiempo colaboradora en la parroquia y solía ir en la semana alguna que otra vez a rezar el rosario.
Como imaginarán, y como consecuencia lógica, siempre fui una chica muy vergonzosa y timorata a la que le costó engranar en la vida y muchas veces mi inocencia me jugaba en contra.

El punto de quiebre fue a mis dieciocho, cuando quedé embarazada, Mario, o Marito como lo llamaban en casa, era mi noviecito en ese entonces, éramos demasiado jóvenes, inexpertos y con las hormonas fluyendo en nuestras venas, imposible de controlar.
No sabíamos nada, o casi nada, en mi casa jamás me habían hablado de sexo, tema tabú si lo había y otro tanto pasaba en lo de Mario, nos habíamos conocido en los encuentros dominicales de la parroquia.
Fue muy duro enfrentar a nuestras familias, en especial fue una decepción para mi padre quien jamás hubiera imaginado semejante noticia, el soñaba entregar a su hija vestida de blanco en el altar, de blanco impoluto, jamás tocada.

Pero la realidad fue otra y el tiempo curó las heridas, aunque a papá creo que siempre le quedó la espina clavada.
Dos años después papá falleció de un accidente cardiovascular, fue imprevisto, de golpe, lloré mucho, él era muy importante en mi vida, a tal punto que el dolor me llevó a alejarme de Dios, aún hoy no encuentro respuestas y dejé mi fe guardada en el cajón de los recuerdos.
Esa es la arcilla con la que fui moldeada, porque cada uno es una consecuencia de lo que fue, de lo que vivió, de lo que mamó.

Vamos a mi presente cercano, ya tengo veinticinco, vivo con Mario, mi esposo y Romina, mi beba que ya está por cumplir seis añitos, es mi razón de vivir.
Mario ocupa un alto cargo en una empresa de siderurgia, de servicios, no entiendo mucho del tema pero lo cierto es que se la pasa viajando demasiado por todo el país, supervisando montajes y no sé qué cosas más que siempre me cuenta, sus anécdotas son por demás de aburridas, al menos para lo que una mujer como yo pueda interesarle.
En los primeros tiempos mi espacio se llenó con la crianza de Romina, pero desde que había empezado el año inicial del colegio descubrí que tenía demasiado tiempo disponible y poco a poco comencé a sentirme desesperadamente sola e inútil, me di cuenta que me estaba deprimiendo en mi soledad y que si no hacía algo al respecto las cosas no caerían del cielo solo por arte de magia.

Los discutimos con Mario, y con mi madre, y con mis suegros, comencé a buscar un empleo a medio tiempo, si bien mi marido ganaba suficiente dinero para mantenernos, necesitaba sentir que estaba viva, que podía ganar mi propio dinero, necesitaba llenar mi espacio, ser alguien diferente a lo que era.

Así fue que luego de presentar algunos curriculum vitae, luego de tocar algunos contactos y conocidos, luego de algunas entrevistas y esperas, tuve la oportunidad de ingresar al estudio de Lozano-Gorostiaga.
La paga no era mucha, no se paga mucho por una simple secretaria, pero no estaba ahí por la paga, al menos no en ese momento, me convenía ingresar a las ocho de la mañana y salir a las doce del mediodía, el horario del colegio de Romina, sabiendo que ante cualquier imprevisto podría contar con la ayuda de mi madre, o de mis suegros.

El estudio jurídico contable no era muy grande, tampoco era chico para tres personas, ellos tenían la mayor porción del lugar y a un lateral estaba mi oficina, separadas por vidrios con cortinados que ellos abrían o cerraban cuando creían conveniente.
Llevaban el asesoramiento de algunas empresas de la zona que por razones confidenciales no nombraré, solo entre las más importantes una autopartista automotriz, una radiodifusora y un complejo hotelero.
Tenían buenos contactos, banqueros, judiciales, hasta políticos, sabían lo que hacían.
Y ellos poco a poco me fueron soltando la correa y dando más responsabilidades, de simple telefonista y recepcionista pasé a manejar balances, a hacer recorridas bancarias, a mover dinero, deambular por tribunales, pasaba mucho dinero delante de mis ojos, más de lo que a mí me sonaba lógico.

Gustavo Lozano es contado público, llegando a los cincuenta años, gusta de la buena vida, ostenta su coche importado, imponente, lustroso, ese, el de los cuatro círculos, un tipo de poco más un metro ochenta, bien mantenido a base de practicar deportes y gimnasio, de cabello corto, llamativamente canoso por su edad, de sugerente ojos verdes, perfectamente afeitado.
Usa finas ropas, invariablemente traje y pantalón de vestir, costosos perfumes importados, inteligente, rápido, vivo para los negocios, siempre un paso adelante, un ganador por naturaleza, siempre por sobre la media, no era de conformarse, llevaba el liderato en las venas.

María José Gorostiaga, su esposa, es abogada, delgada, alta, tan alta como el, cuando una tacos hasta lo pasa en altura, hago memoria y creo que jamás la he visto en pantalones, generalmente viste una incontable cantidad de trajes Chanel, exóticos y exclusivos.
De mirada penetrante, ojos negros y cabellos a los hombros, teñidos perfectamente a un negro azabache, envidiablemente brillantes, muy fina y delicada para hablar, aunque lo negara era evidente un lifting en su rostro y sus pechos artificiales, siempre maquillada a la perfección, con las uñas esculpidas pintadas en rojo sangre. Ella tiene un coche japonés de dimensiones modestas, pero no por ello privado de lujos.

El matrimonio forma un dúo impecable, socios, en un mundo de abogados y contadores, sé que tienen un hijo que podría ser mi hermano menor, un mocoso malcriado que tiene todo al alcance de la mano, fanfarrón en su moto de alta cilindrada que conduce de tal forma que el ruido de su escape hace temblar los vidrio del lugar.
Pero bien, vamos a centrarnos en el último año…

Como entenderán, la convivencia diaria entre tres personas, empiezan siendo laborales, pero es inevitable que poco a poco se mezclen temas personales, así fue que me enteré de las cosas narradas antes y ellos también se enteraron de mi vida personal.
Nadie tenía horarios fijos, como me tocaba recorrer bancos y clientes, ellos también iban y venían, a veces estaba sola, a veces ellos estaban solos, a veces compartía horas con María José y a veces con Gustavo.

Gustavo era un tipo con experiencia en la vida, y en mujeres, podía notarse fácilmente, y cuando estábamos a solas no dudaba en tratar de acercarse, modestia aparte, atraído por mi belleza y por mi juventud. Él fue el de la idea de que tuviera un uniforme de trabajo, camisa blanca, chaqueta negra y pollera ajustada del mismo tono y una delicada y femenina chalina violeta rodeando mi cuello. Pero la pollera era bastante corta y me hacía una cola demasiado provocativa y sugerente, no soy tonta…
Mi jefe me ‘coqueteaba’ cada vez que podía, se insinuaba, y sé que muchas veces me llamaba con cualquier pretexto solo para verme al volver, podía sentir su mirada quemando mi trasero.
Era recurrente con un tema, me preguntaba si usaba lencería erótica, me decía que me imaginaba con un corsé, medias y porta ligas blancas, a lo que yo me sonrojaba y me reía nerviosamente desviando la mirada, solo diciéndole que no moleste, a lo que el siempre retrucaba por la suerte que tenía mi marido.

Hablando de mi marido, no le ocultaba estas cosas, estas palabras con mi jefe, pero él nunca le daba demasiada importancia. También le decía a Gustavo que me preocupaba lo que su esposa pudiera pensar, pero el siempre reía a carcajadas y me decía que no me preocupara por la abogada…
Poco a poco me fui enredando como mosca en tela araña, Marito estaba lejos demasiado tiempo y la soledad no es buena consejera, Gustavo iba carcomiendo poco a poco mis cimientos y cada tanto me invitaba a tomar una copa, un café, lo que sea, en especial cuando visitábamos algún cliente, se ponía pesado y cada vez se me hacía más difícil darle un no como respuesta.
A todo esto no podía creer la pasividad de María José, o era ciega o era muy estúpida. Su esposo me trataba demasiado bien para ser solo una empleada, para el día de la secretaria me regaló un ramo de rosas con una caja de bombones y si bien la tarjeta decía ‘María José y Gustavo’, el me dejó bien en claro que era solo una formalidad y el obsequio corría solo por su cuenta.

Todo se desmoronó la última semana, el viernes se acercaba el fin de la jornada cuando Gustavo me contactó por chat, él estaba en la calle por lo que supuse que lo hacía desde su móvil

- Nora, necesito pedirte un favor grandísimo…
- Si, Gustavo, en que puedo ayudarte? – contesté mientras releía mis correos
- Sabes que estamos con el tema de los franceses, y estoy ultimando los detalles - Gustavo llamaba ‘los franceses’ a unos empresarios que estaban con temas de gastronomía, por cierto, ‘los franceses’ era en todo de sarcasmo.
- Sí, estoy al tanto…
- Bueno, esta noche tenemos una cena, y necesito que vengas…
- Esta noche? – escribí un tanto molesta, odiaba que me pidiera las cosas tan sobre la hora.
- Si, esta noche, es muy importante, lamento molestarte, sé que te incomodo pero sabes que María José viajó a Buenos Aires, y necesito quien me dés una mano…
- Dame un momento, en cinco te contesto…

En ese momento no me pareció nada raro, si bien no era habitual, cada tanto ellos cerraban sus negocios en una cena, o en un almuerzo, en algún lugar de etiqueta, fuera de la oficina.
Ya conocía de estas cosas y cuando me tocaba participar era quien iba anotando los detalles de la conversación, el primer problema era mi pequeña hija, así que llamé a mamá para que se llegara a casa a cumplir funciones de abuela y niñera.
Mi madre ya estaba acostumbrada a estas cosas y disfrutaba en su rol de abuela, así que no tuve inconvenientes en saltar el obstáculo.

Mi jefe es un tipo impaciente, y antes de los cinco minutos ya me llamaba directamente a mi celular

- Nora, y? tengo que cerrar la reserva y otras cosas…
- Pará Gustavo, las cosas no se resuelven en un abrir y cerrar de ojos – reclamé levantando la voz, olvidando con quien hablaba, cosa que hizo que el levantara el pie del acelerador y meditara sus pasos
- Lo siento, estoy con bastante presión…
- Bueno, así está mejor… no te preocupes, mi madre se quedará a dormir con Romi, así que tendré tiempo para ti, esto les saldrá caro… - sabía que esas reuniones empezaban y nunca terminaban, negocios son negocios, y sabía que le sacaría unos pesos extra por mis servicios.
- No te preocupes, serás recompensada como de costumbre… paso por tu casa? a las nueve?
- No Gustavo, por casa no, sabes que me incomoda, mejor pasá por el bar de Italia y Pellegrini, como de costumbre, te parece? te espero ahí - no me parecía apropiado que en la ausencia de mi marido pasara a buscarme por casa un tipo con un flamante coche importado, por el que dirán en el barrio y por las preguntas filosas de mi madre, por lo que buscaba un punto neutral de encuentro.
- Ok, como prefieras, no olvides de llevar tu notebook y todos los registros de los franceses…
- Si, si… conozco mi trabajo.
- Listo, cualquier problema nos hablamos
- Chau!
- Nora!
- Si?
- Gracias…


CONTINUARA
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Relato: MANIPULADOR (PARTE I)
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